miércoles, 1 de diciembre de 2010

PERFUME RIVER. NAVEGANDO EN MEDIO DE LA JUNGLA













 








Hola, mis pacientes amigos.
Rompo hoy mi largo silencio para empezar a hablaros sobre una de las maravillas de este país, la excursión a Perfume River y Perfume pagoda.


Perfume pagoda es un conjunto de templos a unos 50 km al Sur de Ha Noi, en una zona montañosa sumida -como la mayor parte del país- en exorbitante jungla. Algunos de estos templos están cavados en la roca o aprovechan cuevas naturales de la misma, y la más famosa de las leyendas cuenta que hace unos 2000 años, un moje budista descubrió una cueva cuya entrada tiene forma de boca de dragón, y se mudó a vivir a ella, convirtiéndola en centro de culto que originaría el resto de actuaciones religiosas que se llevaron a cabo desde el siglo XVII en la zona.

En los últimos siglos, este área ha sido objeto de constantes peregrinaciones, ya que se crearon decenas de leyendas relativas a los favores que podían obtenerse de las distintas visitas y los corresondientes ritos.

Hoy, aún destino religioso, su potencial es ampliamente aprovechado por las agencias de viajes, que nos llevan a los guiris a reproducir algunas de las típicas peregrinaciones, quitándole la paz y el sosiego a la zona, pero añadiéndole millones de Dongs que. supongo, le otorgarán algún encanto desde el punto de vista local.


El viaje hasta el punto donde se comienza la excursión se hace penosamente largo. Una vez fuera de Ha Noi, las típicas estrechas e inseguras carreteras esperan al microbús para ponerte los pelos de punta en cada adelantamiento, incorporación de los variopintos vehículos de los que ya os he hablado o, y esto es la primera vez que lo cuento, paciente espera mientras búfalos u otros animales enormes cruzan la calzada causando atascos y accidentes...

Es a falta de unos 15 km cuando empiezas a advertir que el paisaje a tu alrededor es fantástico. En el horizonte, montañas de abrupto perfil y singular estrechez -similares a las islas de Ha long Bay- arrancan tonalidades verdes al azul del cielo. Al llegar, la consabida tienda de compras para turistas ya te ofrece crema antisolar a precio de oro, antimosquitos y agua para los despistados. Una mochilita con algunos de estos útiles traídos desde la ciudad es de gran ayuda, especialmente para el bolsillo...
El embarcadero se llena en seguida de gorras, gafas de sol, pantalones cortos y caras ilusionadas ante la perspectiva: decenas de canoas metálicas -calientes como una olla cuando te sientas en ellas- esperan al pasaje, comandadas por un o una vietnamita que remará río arriba durante una hora.
Una vez acoplados, comienza el viaje. Al fondo, las montañas que antes cubrían el horizonte te esperan para engullirte en una masa de jungla que yo nunca había visto antes. El batir de los remos en el agua acompaña rítimicamente a los millones de insectos, pájaros y otros animales que inundan la zona con sus respectivos sonidos.

La paz es casi como la vivida en Ha Long Bay.

En seguida os daréis cuenta de que el río es una especie de autopista por la que se mueven decenas de pequeñas embarcaciones acarreando material con el que negociar: cemento, armaduras y otros materiales de construcción, madera, huevos de pato y, por supuesto, pesca. Pero el tránsito no disturba la paz que te rodea. Antes al contrario, los vietnamitas remando en sus barcas recortan bonitas siluetas en el paisaje, a la vez que propician bonitas fotografías en la simetría de su reflejo en el agua.

Fijaos en este paisano, que transporta... ¡otra canoa!
Se tarda alrededor de una hora en llegar al embarcadero. un antiguo y enorme anuncio de Pepsi-Cola destroza la visión y hiere la vista como un dedo metido en el ojo... Se nota que por aquí pasan turistas...



Aparte la lesión publicitaria, el entorno no puede ser más alucinante. Tras el trayecto en barca, te encuentras sumido en medio de montañas, jungla, sonidos sin igual y un entorno histórico que te hace pensar en lo difícil del trayecto que durante años han recorrido tantos vietnamitas en peregrinación.
El embarcadero no es el Puerto de Sotogrande ... haciendo equilibrios sobre unas maderas consigues no meterte en agua hasta la rodilla, y pasas entonces a una zona donde unos cuantos restaurantes (por l
lamarlos de alguna manera) ofrecen un tentenpié o la comida previamente acordada con la agencia, y donde los vendedores empiezan ya su ataque a la caza del turista desprevenido.


Al loro con el colega haciendo equilibrios por la pasarela...

La excursión probablemente incluirá la comida, que se hace aquí. Debajo de unos toldos o chamizos de bambú, típica comida vietnamita es servida en típicos utensilios de dudosa limpieza, pero qué caramba, estamos en Vietnam, no el Sheraton. En seguida, la charla que probablemente empezó durante la travesía en barca continúa, y la comida se hace muy agradable compartiendo experiencias con visitantes que cuentan su periplo por le país o por el Sureste Asiático.




Tras la comida, se presenta el gran dilema de la excursión: la pagoda a visitar se encuentra a unos kilómetros montaña arriba, y aunque el camino está pavimentado y no es excesivamente abrupto, el calor, la humedad y los insectos son factores a tomar en cuenta antes de lanzarse... ¿caminata o teleférico?
Hay de todo, pero la mayoría optamos por subir en teleférico y hacer el camino de vuelta a pie, que cuesta abajo se hace más llevadero.

EL TELEFÉRICO. VOLAR SOBRE LOS ÁRBOLES.

La subida en el teleférico es una explosión de colores. Parece increíble que la tierra pueda ser aprovechada de tal manera por la vegetación. No queda un centímetro cuadrado sin algo verde creciendo sobre él, y el verdor sin fin que se aprecia desde el aire se torna noche cuando te adentras en la espesura, entre sombras, sonidos, coloridos -y terroríficos- insectos y un juego de asimetrías en la imparable lucha de ramas que buscan con denuedo un hueco por el que asomar sus hojas al sol subtropical.

En los diez minutos que dura la subida, todos nos quedamos pasmados mirando a través del cristal. Las cámaras echan humo, y sólo se escuchan frases de admiración (y alguno que suspira aliviado por no haber decidido subir andando)

Una vez desembarcamos, un camino de unos metros nos lleva a la entrada de la cueva en la que este señor decidió quedarse a vivir para convertirla en un centro de peregrinación y, probablemente de forma involuntaria, pasar a la historia como el descubridor de un bellísimo rincón que hace a diario las delicias de cientos de fieles y turistas, a la vez que supone un próspero negocio para las necesitadas economías familiares de los que se han instalado en la zona.
   No me dejaron tomar fotos en el interior, así que sólo esta
   con zoom puede serviros de referencia. Disculpad la baja calidad. 
LA BAJADA A PIE. SOMBRAS, SONIDOS E INSECTOS VENENOSOS


Una foto del camino de descenso. un pequeño sendero pavimentado entre
las sombras y los sonidos de la jungla.

Creedme: no estoy intentando dramatizar la narración: lo que escribo, y lo veréis en las fotos, no es más que la realidad: el camino pavimentado que baja hacia el embarcadero se convierte enseguida en un paisaje sombrío en el que aves y pájaros de lo más variopinto atraviesan el entramado de ramas a toda velocidad, emitiendo cantos y sonidos que a veces te pillan desprevenido y te dan un buen susto; vegetación de todo tipo te rodea y -de lo más impactante- arañas venenosas y otros insectos de aspecto espantoso se mueven sigilosamente por doquier...
En más de una ocasión escuché a turistas aterrorizadas gritando ante la presencia de una de estas arañas de unos veinte centímetros de diámetro y telas de uno a dos metros de largo (aquí caen hasta los buitres, decía un simpático turista Español que conocí en la cima y vino conmigo en el viaje de vuelta)
En ese momento me acordé de los soldados norteamericanos que participaron en la Guerra de Vietnam. Debió ser un auténtico infierno. Me imaginé joven e inexperto, asustado, lejos de casa, con uniforme de camuflaje y cargando 20 kg de equipo, hundiéndome en el barro y contemplando con horror cómo viet congs salidos de la nada mataban a mis compañeros, cómo terribles trampas mutilaban a otros o cómo arañas o tarántulas podían envenenarte durante la noche, si es que el dengue o la malaria no llegaban a través de las picaduras de los mosquitos... Y problemas digestivos en un sitio donde el agua potable es aún en el 2011 un privilegio, o las pirañas, los cocodrilos, las serpientes... los sonidos de una jungla plagada de desagradables sorpresas.

Tras unos cuarenta y cinco minutos o una hora, se llega a la zona llana que precede al embarcadero, y ahí te vuelven a atacar ofreciéndote recuerdos de lo más variado. Yo no compré nada, pero el consejo es el mismo: regatead. Estos sitios de turistas tienen precios que doblan los de las tiendas locales. No os dejéis engañar y pasad un buen rato diciendo en Vietnamita que es muy caro (dát quá) y obteniendo un precio razonable.
Bueno, espero que hayáis pasado un buen rato con esta excursión que hice hace ya más de un año, pero de la que no había tenido oportunidad de hablaros hasta ahora.