martes, 26 de mayo de 2009

MI CASA. UN POCO DE VOYEURISMO.

Por aclamación popular, me rindo hoy a vuestros cotillas deseos y os habaré di mi casa. Es más, os la enseñaré (la casa), para que os quedéis contentos.


En Ho Chi Minh City tienes infinidad de opciones a la hora de elegir alojamiento. En los barrios de lujo (báiscamente, distrito 1, An Phu y distrito7, también conocido como Phu My Hung) puedes encontrar apartamentos y villas con una calidad excepcional y precios escandalosos (un apartamento de 3 dormitorios en el centro, si tiene incluido el servicio, no te cuesta menos de 1500 dólares al mes).




Especialmente en el D.1, el centro, abundan los "Serviced Apartments", que suelen pertenecer a un edificio de apartamentos en el que con el alquiler pagas una serie de servicios comunes -piscina, gimnasio, vigilancia 24 horas, servicios de transporte al aeropuerto, internet- además de lavandería, limpieza y algo de orden. Es la opción más cara con diferencia.
La siguiente elección puede ser alquilarte algo por tu cuenta. Si te vas al centro, no hay más remedio que buscar un apartamento. Vivirás en la zona más movida, rodeado de rascacielos y guiris en pantalón corto. Menos cara que la opción anterior, pero, siguiendo con la referencia de los tres dormitorios, no es fácil encontrar algo por menos de 1000 dólares al mes.

Si no te importa vivir un poco más lejos a cambio de codearte con la beautiful people, lo suyo es una villa (un chalé de to la vida, que aquí lo llaman así) en An Phu. Piscina, diseño, tu parcelita... molan. Entre 2000 y 5000 dólares al mes. Lo que leéis. Saben que los extranjeros tienen dinero para gastar o que sus empresas les pagan el alquiler, así que han subido el mercado hasta estos niveles de locura.

Después está el Distrito 7, Phu My Hung. Está a tomar por saco. Es una zona nueva, y se construye como en cualquier barrio buenecito de una ciudad europea o nortemaericana: calles principales con cuatro carriles, medianera con plantitas, arbolitos en sus alcorques, y bloques de pisitos monísimos o villas muy coquetas. La verdad, si tienes la paciencia de pasarte la hora y pico en taxi hasta llegar allí desde donde yo vivo, te parece que te has salido de Vietnam (de hecho, casi te sales). Cómo será el contraste, que vietnamitas de provincias y del propio HCMC organizan excursiones de día completo para visitar Phu My Hung y ver cómo viven los extranjeros. La verdad es que cuando llegas a la ciudad por primera vez, desconociéndolo todo, con miedo a una inseguridad que no existe, a la suciedad, al tráfico, a las ratas, a las cucarachas y tó lo que se mueve, tu tendencia es irte a uno de estos barrios "Al menos, algo me recuerda a casa" "Por lo menos, esto parece civilizado" ...


Yo también me sentí tentado de ir a "donde va Vicente" (muchos Vicentes no hay; digamos... "a donde va Matthieu, o Mike, o Pierre", por poné un poné)

La opción de alquilarme una habitación no la consideré en ningún momento, aunque si vas corto de presupuesto puede suponer una solución bastante práctica.

Ya desde mis vacaciones forzosas -desde aquí, gracias a mis antiguos jefes por brindarme esta oportunidad- empecé a pensar que quizás sería una buena idea no vivir demasiado lejos de la oficina. Pero el Google Earth me desanimaba: alrededor de la oficina todo me parecía horrible. Sin embargo, los testimonios de atascos de hora y media hasta llegar al curro me devolvían al punto inicial... así las cosas, decidí vivir en un hotel junto al trabajo para conocer de verdad el barrio y tomar la decisión más tarde.

Y así lo hice. Me vine a un hotel a 300 m de la ofi. Bastante primario, pero limpio y tranquilo, durante dos meses me sirvió de atalaya para encontrar la casa que, en mi opinión, ha sido uno de los grandes aciertos desde que vine.

Ubicación.

A ver, cotillas del mundo, trabajo en un complejo de oficinas llamado e.town. Lo forman cuatro edificios de 10 plantas muy agradables. Está en



la zona noroeste de la ciudad (los del Google Earth: muy cerca del aeropuerto)


Justo detrás, en una pequeña calle llamada Tan Hai, entre casas vietnamitas donde sólo viven vientamitas que se comportan como vietnamitas, allí, a un señor se le ocurrió construir una casa muy estilosa para probar si podría alquilársela a algún guiri de los que trabajan en e.town.
Y di con él . Y cuando vi que desde todas las ventanas de la parte trasera se veía mi oficina, me convencí de que me quedaría aquí.

Mi calle.

Al principio, me pareció feílla. Bueno, no, quizás me pareció fea.

En realidad... me pareció horrible.







Y es que vivo en una calle típica de Tan Binh district. Aceras en mal estado, talleres, tiendas cuya especialidad desconoces, un par de restaurantes donde no te atreves a comer, un taller de confección de ropa donde se trabaja las 24 horas, vecinos sin camiseta sentados en la acera... Una calle de Saigón de las de verdad.

A día de hoy no me imagino viviendo en otro sitio. Para mis vecinos, compartir calle con un extranjero es todo un lujo, y me tratan como a un rey. Me saludan, me sonríen, me ofrecen cenar con ellos en la acera (algo que haré cualquier día de estos). Cómo serán, que os voy a contar algo que no os vais a creer: Aquí no se domicilian los recibos. Personal de las autoridades se pasa por tu casa, te mira el contador y te cobra sobre la marcha. Yo no lo sabía, como puede ser normal. Pensaba que a final de mes le pagaría los gastos al dueño. Pero no. Resulta que el cobrador estuvo dos veces a buscarme. la primera estaba en el trabajo, y la segunda en Hanoi. Como a la tercera vez aún no estaba, para evitar que me cortaran los servicios, mi vecino de enfrente CON EL QUE NO HABÍA HABLADO NUNCA, pagó todos los recibos (internet, agua y luz), y le pidió a mi limpiadora que me cobrara cuando pudiera.

En una ciudad de 8 millones de habitantes, te pasa esto. ¿Cómo serán en los pueblos? ¿se imagina alguien esto en Madrid, con la mitad de habitantes?

Bueno, pues después descubrí que, en realidad, mi calle no es tan mala. Resulta que hay tres o cuatro casas "buenas". ¡Y DOS DE MIS VECINOS TIENEN COCHE! Si hay un indicativo de alta posición social en este sitio, es tener un coche. Os enseño las casas de mis vecinos (espero que no se enfaden si las ven...)





La limpieza, la plancha, el fragado...

Feministas del mundo, en España me acostumbraron muy bien, pero... aquí no hago ni el huevo. Contraté a una de las limpiadoras de e.town, en concreto, la que limpia mi despacho a diario. Por 1.300.000 VND al mes (55 euros) va a las 7:30 de la mañana todos los días a mi casa (estoy desayunando, por lo general) y friega, recoge, plancha, lava y cuelga la ropa en los armarios. A las cinco horas, más o menos, se va a e.town, porque tiene turno de tarde, y allí me devuelve la llave.

Eso sí, el concepto de limpieza que tienen aquí es distinto al nuestro. De vez en cuando tengo que darle un toque de atención, porque se deja ir...

Como anécdota, contaros que antes tenía otra limpiadora, cuyos resultados eran bastante aceptables, pero un día me la encontré durmiendo en una de las camas. La tía se había puesto el aire acondicionado, se había tumbado y se había quedado frita. ¡Y HABÍA CERRADO LA HABITACIÓN POR DENTRO! Tras llamar a la puerta un rato, me abrió con ojos somnolientos y expresión de culpabilidad, mientras decía Xin Loi, Anh, Xin Loi (lo siento, lo siento). En fin, menos mal que por lo menos estaba sola. Un francés que vive aquí desde hace un año me contó que se iba a Hanoi por tres días, pero tuvo que cancelar el vuelo cuando estaba ya en el aeropuerto. Cuando volvió, la chica de la limpieza estaba con unas amigas viendo la tele, comiendo en su sofá y... ¡lavando la ropa de todas en la lavadora! Claro, muchas no tienen lavadora, y oye, ahora que no está el guiri... ¿por qué no probar el DIXAN? jua, jua... Pues bien, justo cuando estaba montando en cólera, llamaron a la puerta, abrió, y aparecieron los novios de las chicas...

Está er servicio fatá.

La casa en cuestión. Mi casa.

La casa tiene cuatro plantas (baja + 3 + ático terraza), seis dormitorios, un aseo, tres baños y una buena terraza. En total creo que son 248 m2, pero la verdad es que yo voy de la cocina al dormitorio, con paradas técnicas en el baño o el aseo. Como veréis, el estilo es moderno, y se mueve en esa frontera tan delgada entre lo moderno y lo hortera en la que hacen equilibrios la mayoría de las creaciones autóctonas. Lo del ático es muy chulo, sí, (en la última planta sólo hay un dormitorio, un baño y una terraza de unos 30 m2), pero hace un calor que te mueres. De hecho, la señora de la limpieza utiliza el dormitorio -que está sin amueblar- como tendedero.









DETALLES PSICODÉLICOS...


Ya os lo he dicho antes. Entre lo moderno y lo hortera, en esta ciudad mola mucho esto del disño, y aquellos que se lo pueden permitir llenan sus casas de extraños detalles que, aunque en ocasiones originales e interesantes, la mayoría de las veces son más bien un poco catetillos.



Ejemplo de original e interesante, el salón de la planta primera. Si os fijáis, este pequeño salón "se asoma" a la planta baja a través de una separación de lamas de cristal. Resulta muy útil por el aprovechamiento de la luz, y le da un toquecillo tipo "Casa de Corrupción en Miami", que a mí me gusta.






Ejemplo de detalle catetillo... esta lámpara que está en el techo del hall-salón de la planta baja: tiene un conmutador, y cada vez que lo pulsas opera con una función diferente. Así, una de las opciones es el cambio de colores. Decenas de lucecitas pequeñitas, intercaladas entre las bombillas propiamente dichas, cambian de color, pasando del azul al violeta, al rosa, al rojo y al blanco. Y vuelta a empezar.

Jamás me ha dado por fumar, y menos aún drogas, pero si algún día me decido a disfrutar de un "porrito", prometo que será debajo de esta lámpara. Un día me acosté a dormir la siesta mirándola y me levanté a medio camino entre Bob Marley y el Travolta de Fiebre del Sábado Noche.



Y es que lo de la iluminación es algo que pone, aquí en Saigón. No me ha dado por contar cuántas luces tiene la casa, pero al lado de la luz de mis dormitorios, un quirófano parecería un cuarto para revelar fotrografías... Foseados con fluorescentes, lámparas convencionales, luces halógenas en una especie de pérgolas de colores...

En fin, comprobad por vosotros mismos...


Aviso a los gorrones.

De los seis dormitorios, sólo dos están habilitados como tal. Uno es gimnasio, otro es tendedero y dos están completamente vacíos. Lo digo para que nadie piense traerse
a la familia entera, que los hay mú listos...

Los baños y mi dormitorio no os los enseño, que eso ya es exhibicionismo.

lunes, 18 de mayo de 2009

HANOI. LA CIUDAD DE LOS LAGOS.


Como ya os comentara, han sido varias las veces que he venido a la capital, pero hasta semana pasada no pude regalarme unos días de asueto para conocer algunos de los secretos de esta maravillosa y cautivadora ciudad, llena de rincones encantadores y un ambiente único, creado por las reminiscencias de más de mil años de historia ostentando -interrumpidamente- la capitalía del país.

Franceses, chinos, dinastías de reyes, el peculiar clima conformado por los Monzones y una compleja red natural de acuíferos (Hà Nội, en vietnamita, significa aguas subterráneas) sorprenden al visitante con una ciudad repleta de sorpresas, historias y pequeñas leyendas que te hacen caer presa de su encanto.

Hace una semana, como os he dicho, tuve la ocasión de visitar la ciudad de la mano de una buena amiga, natural de la Capital. Ayudada por una guía de la ciudad -que compró en Cambridge, lo que son las cosas-, me citó junto a la puerta de la Ópera para inciar así una visita de dos días, durante los cuales tuve la oportunidad de conocer mil detalles encantadores, mil vestigios del paso de años en los que guerras, religión, mezcla de culturas y belleza natural han originado ese conglomerado de edificicaciones variopintas intercaladas destartaladamente entre parques y lagos. Un resultado que devora mi atención cada vez que tengo la suerte de perderme entre sus calles.


Intentaré acercaros un poco a algunos de esos rincones encantadores. Comeremos Cha Cá al estilo Hanoi, caminaremos por el "Old Qarter", el "casco viejo", y sus estrechas y ruidosas calles. Nos sorprenderemos ante la inmensidad del Thay lake, o lago del oeste, visitaremos el mausoleo de Ho Chi Minh y nos sentaremos a descansar bajo las ramas de algunos de los hermosos árboles que rodean el Hoan Kiem Lake, una invitación al relax en medio de la urbe. Tras rezar en una pagoda, iremos a cenar y tomar unas copas en sitios de moda.


Caminar por sus calles, empaparse de sus sonidos y enloquecer en su bullicio son paradas obligadas en una visita al país. Coged el mapa y la botella de agua, que nos disponemos a pasear por la capital de Vietnam.


LA LLEGADA. EL AEROPUERTO DE NOI BAI.

Si venís en una excursión desde el sur, como las muchas que se ofrecen en varios paquetes turísticos, es probable que toméis un autobús desde Hué. De otra manera, casi con seguridad llegaréis por avión; el método más rápido y seguro.

El aeropuerto de Hanoi se encuentra a unos 50 km de la capital, y se viene a tardar unos 45 minutos en recorrer esa distancia. QUE NADIE TIRE LOS RESGUARDOS DEL EQUIPAJE. Los comprueban antes de dejarte salir para asegurarse de que no te llevas las maletas de otro.

El segundo asunto es el de los taxis. Aquí sí intentan timarte. Tomad uno de los "Airport Taxi", que son recomendables para este trayecto, pero no olvidéis pactar el precio antes. unos 230.000 VND (10 €) para el trayecto Aeropuerto-Hanoi, y unos 180.000 VND (unos 8 €) para el viaje inverso, son adecuados.

HANOI's OLD QUARTER. EL ENCANTO DEL BULLICIO.


El "Old Quarter" es el casco viejo de la ciudad. Según me cuentan, en su día estaba inundado por las aguas del cercano lago Hoan Kiem, pero fue desecado y convenientemente aislado para convertirse en habitable.


Inicialmente era un mercado que se generó en torno a las residencias reales. Para cobrar fuerza en sus respectivos negocios, los mercaderes se asociaron en "coumnidades" para comprar mayor volumen de mercancías de la misma naturaleza, a menor precio. Hoy día queda un vestigio de aquella época: los comercios se ordenaron en hileras en función de los productos que vendían, y hoy en día sigue igual en un alto porcentaje. Así, la mayoría de las calles empiezan por "Hàng" que significa producto, y continúan con el nombre del artículo que se vende. Como es lógico, el intrusismo ha hecho mella en esta característica, y casi en todas las calles puedes comprar de todo; pero sí es cierto que en muchas de ellas sólo encuentras las mismas cosas. A continuación veis el nombre de la calle de las cestas de bambú y otros artículos hechos del mismo material.




Como veis en la foto anterior, las calles son una eterna sucesión de tiendas que se apelotonan en torno a los cientos de peatones que, caminando por la calzada -normalmente las aceras están ocupadas por trastos, sillitas, mini talleres o millones de motos aparcadas- intentan no ser atropellados por las motos, los taxis y otros vehículos de lo más variopinto, a la vez que esquivan como pueden las cestas que llevan las vendedoras ambulantes colgando de los balancines sobre los hombros. Podéis comprar lo más insospechable. Fijaos en el tío de la bici: o que lleva en las bolsas son... peces de colores.

La calle de la foto siguiente, por ejemplo, está dedicada íntegramente a objetos de metal, desde menaje de cocina hasta carpintería metálica. Paso tras paso, se suceden los puestos en los que cientos objetos metálicos cuelgan de todos lados. Pero lo curioso es que no sólo son tiendas, sino también talleres, con lo que a cada momento tienes que apartarte para que no te martilleen el pie mientras enderezan un bastidor de aluminio o acoplan las piezas de una olla.









¿Y dónde está esta zona? pues si ampliáis el mapa, veréis más o menos en el centro el lago Hoan Kiem (Hoan Kiem District). Sobre él, veréis una serie de calles coloreadas en amarillo. Ésas son las calles del Old Hanoi. Yo siempre me quedo en alguno de sus hoteles, pero he de haceros una advertencia: no hay fastuosos hoteles en el Old Quarter. De tres estrellas no pasan, pero merece la pena despertar, abrir la ventana y encontrarte este panorama. No dejéis de hacerlo.

Comiendo en el old quarter:

Es una zona turística, y por lo tanto, plagada de cafés y restaurantes. Os encontraréis todo tipo de posibilidades. Para no arriesgar vuestro estómago, no es recomendable que comáis nada de los puestos ambulantes, pero alguno de los pequeños restaurantes locales en los que has de sentarte en pequeñas sillitas en la acera pueden ofrecerte deliciosos platos locales a base de noodles con ternera o pollo, o arroz frito con verduras. Mi sugerencia, si no sois lo suficientemente atrevidos, son los restaurantes medianos. No os doy direcciones porque hay uno en cada calle, prácticamente.
Ahora bien: si alguien viene a la capital es imprescindible que vaya a cenar al Cha Cá La Vong. (14 Phò Cha Cá, tf. 38253929) El restaurante data de 1871, y aparentemente no ha sufrido ninguna reforma desde su inauguración. Su aspecto descuidado, sus peligrosas e inclinadísimas escaleras y la humareda de sus mal ventilados comedores te dan la sensación de estar entrando en una tasca, pero entonces... te das cuenta de que hay una cola enorme. Locales y turistas bien informados esperan pacientemente su turno para sentarse en uno de los estrechos espacios entre comensal y comensal (no es extraño que se te siente al lado un local que no conozcas de nada). Y hay una sorpresa más: no hay carta. ¿Cómo? Eso es lo que hay. El que entre en este sitio tendrá la oportunidad de comer el plato más típico de Ha Noi entre cuatro paredes que llevan casi 140 años viendo preparar el mismo plato, que da nombre al restaurante ¡y a la calle!: el Cha Cá Ha Noi.
El Cha Cá Ha Noi (pescado al grill, al estilo Hanoi), te lo sirven en una especie de sartén sobre un hornillo. Aceite, trozos de pescado pelado y sin espinas y algunas plantas aromáticas ya llegan hirviendo a la mesa. Junto con ellos, noodles (Bun) y muchas, muchas hierbas. Te sirves en el cuenco unos cuantos noodles mientras las hierbas que has puesto en la sartén se hacen un poco. Te sirves algo de pescado y lo cubres con algunas de éstas, bien refritas... una exquisitez. Cómo será, que si os metéis en youtube, encontráis videos grabados por turistas.

¡Que nadie se lo pierda!


EL HOAN KIEM LAKE.





Sin duda, otra de las razones de que el centro de Ha Noi sea tan especial es la presencia de este lago. Leyendas sobre enormes tortugas que traen buena suerte a los que las ven, y que sólo parecen haber visto quienes hace siglos escribieron tales historias, rodean a este lago de la misma manera que lo hace un pequeño parque a modo de cinturón verde con árboles centenarios.








En uno de sus extremos, un puente conduce a una pagoda en la que rezar, si eres creyente, o hacerte unas bonitas fotos si eres turista.




El teatro de las marionetas de agua.



El "Water Puppet Theater" es una antigua y muy reconocida representación llevada a cabo con marionetas en un teatro junto al Hoan Kiem Lake. Las marionetas en sí no pasan de ser una atracción de discreto interés, pero representan escenas típicas del pasado vietnamita, y su combinación con múcica tradicional en directo, junto con el hecho de que es un icono de la ciudad, hacen que merezca la pena ir a verlo. Con dos representaciones diarias (creo que a las 18:30 y a las 20:30 horas), y un precio de un aproximadamente 65.000 VND (no llega a los 3€, aunque no lo recuerdo con exactitud) es fácil ir a pasar la hora y media que dura. Está en la zona noreste del lago.

A la salida, ya de noche, se puede observar cómo las parejitas han tomado por completo el perímetro del parque. La noche, el parque, las parejitas... al final todos somos iguales. Me ahorro las previsibles y conocidas descripciones.



EL TAY LAKE, O LAGO DEL OESTE




Más que un lago, parece un pequeño mar. Situado en una zona más moderna, cambia el encanto del casco antiguo por la exclusividad, y es que en sus alrededores se encuentran las más caras zonas residenciales, las embajadas de varios países (no la española) y el mayor icono del país: el mausoleo de Ho Chi Minh.

Atracciones tenéis todas las que queráis: barres-terraza, tiendas de helados, alquiler de hidropedales y, por supuesto, los omnipresentes vendedores ambulantes (casi siempre mujeres)

También posee una pagoda situada en un itsmo en su interior. Ésta es algo mayor que la del Hoan Kiem Lake, y dentro pude oír rezos budhistas acompañados por toques de Gong. Una experiencia impactante.

En las zonas que en las que estuve, vi a gente pescando (ay, recuerdos de la Alameda Apodaca y esa muralla de Cái...), haciendo ejercicio y paseando (algo nada típico en el país, sólo al alcance de ciertas minorías con tiempo, energías y residencia en las cercanías de zonas propicias para ello, nada abundantes en lo que conozco de Vietnam)


Si os encontráis aquí a la hora de comer, un restaurante bufet llamado "Marina Hanoi" a buen seguro os dejará satisfechos. Por 150.000 VND (aproximadamente 7 €, lo cual lo sitúa como restaurante bastante caro) podéis disfrutar de todo tipo de vegetales preparados de varias formas, más de 10 variedades de mariscos y pescados y los socorridos noodles, y platos varios de arroz. Los helados caseros son especialmente buenos.




HACIENDO EJERCICIO EN LA CALLE



He aquí una diferencia notable entre HCMC y Ha Noi: en la capital, se ve a gente haciendo ejercicio en los parques y alrededor de los lagos, lo cual, por el momento, apenas he visto en HCMC. A la cabeza me vienen rápidamente dos explicaciones: Desde el otoño hasta la primavera, en Hanoi las temperaturas son más suaves, mientras que mi querido Saigón te achicharra con sus 27 º de media anual. Por otro lado, en Saigón no hay lagos, y el número de parques es notablemente menor (justo lo contrario que ocurre con el tráfico).



¿Y qué deportes practican? pues fundamentalmente los he visto paseando, ocasionalmente corriendo (pero no es de lo más común) y en gran cantidad jugando al badminton (sí, sí, badminton; en Vietnam...) y a un sucedáneo del badminton bastante más apropiado para gente joven y activa: es igual que el susodicho juego pero en vez de raqueta se usan los pies. La red es sustituida por cualquier cosa que pueda alcanzar un metro y medio de alto, como dos motos cubiertas con un plástico (véase la foto adjunta...)




Algunos de ellos son auténticos ases.


EL MAUSOLEO DE HO CHI MINH


De Ho Chi Minh, de su importancia en la historia reciente de este país y de cómo el culto a la personalidad que el Gobierno hace de él rebasa el paroxismo hablaremos otro día. Baste decir que este líder comunista vivió en Inglaterra y Francia mientras la Penísula Indochina era Colonia Francesa. Allí se hizo de cierto prestigio y fundó movimientos comunistas de liberación de las Colonias. Vivió en China y Rusia, y regresó a Vietnam para luchar contra Japoneses primero, Franceses después y Vietnamitas del Sur junto a norteamericanos por último. Fue presidente de un gobierno socilista (no democrático) en Vietnam del norte, y su afianzamiento como tal produjo el apoyo de los EEUU a Vietnam del Sur para evitar la expansión del bloque comunista.

En este país, ya os digo, es un Dios. El Mausoleo en el que se encuentra enterrado, en la Plaza Ba Dinh, es un bonito espacio abierto rodeado de edificios oficiales y zonas verdes. Cientos de personas pasean en los fines de semana entre la cuidada jardinería, siempre bajo la atenta mirada de guardias que patrullan la zona escrupulosamente. En el interior, donde no se pueden tomar fotos, descansa embalsamado el que en repetidas ocasiones reclamara ser incinerado tras su muerte, alegando que esa práctica debería ser llevada a cabo por todos los campesinos para ahorrar espacio para el cultivo y por razones higiénicas.

No le sirvió de mucho...


¿UNA VUELTECITA POR LA NOCHE?


Sobre la oferta nocturna no puedo dar opiniones de experto, puesto que, a pesar de que han sido seis las veces que he estado en la ciudad en estos cuatro meses, las reuniones matutinas y el cansancio de viajes y estrés no me han permitido trasnochar demasiado. No obstante, sí que me he escapado algunas veces. Las suficientes como para daros alguna indicación sobre dónde ir tras la cena.

Locales vietnamitas. Ruido y chicas bonitas:



El esquema se repite invariablemente: sumidas en una música techno que te revienta los tímpanos, decenas de guapísimas y jovencísimas vietnamitas vistiendo mínimas falditas y shorts -cuyo recuerdo me hace desconcentrarme a la hora de escribir esto-, llenan el local a la espera de que lleguen los clientes. En ese momento, a razón de una o dos por varón, se acercan para sonreírte y preguntarte qué quieres tomar. Se trata de darte charla y gusto a la vista para que bebas y bebas, las invites, te gastes los dólares como si fueran VND y te vayas sin comerte nada (claro, no son restaurantes, cómo te vas a comer nada...)



Uno, que ya tiene unos años, se las arregla para tomarse un refresco o una cervecita (ya me conocéis, poco alcohol), darles cháchara a las niñas para que no se vayan a por uno que las invite, y disfrutar de las vistas.


Algunos de estos locales incluyen música en directo, normalmente a cargo de grupos filipinos, muy aficionados a esto del cante y el baile. Uno de los más aconsejables es el Seventeen Saloon Ha Noi, en Tran Hung Dao street. Un amigo lo definió como "Un bosque de piernas bonitas en el que la música te deja sordo" (Feministas susceptibles -valga la redundancia-, por favor, tapaos la nariz; yo me limito a hacer una narración objetiva de lo que veo



Los hoteles. Otro rollo.


Si lo que queréis es relajaros en un ambiente exclusivo sin reparar en gastos, o habéis quedado con vuestro jefe y os da cosa llevarlo al bosque de piernas, los hoteles de lujo son una buena opción, pues casi todos tienen bares o salones en los que escuchar jazz, piano o swing en directo, y tomar un cóctel por 9 dólares.


En el Meliá Hanoi, que véis en la foto a la izquierda y junto al cual están mis oficinas de la capital (no hace falta dirección, todos los taxistas lo conocen), podréis encontrar el latino bar, con bailarinas filipinas (feministas, la nariz otra vez) que se mueven al ritmo de salsa, chá, chá, chá y merengue, entre otros.




Pero desde luego, si queréis sentiros especiales, tenéis que ir al Metropol (muy cerca del Hoan Kiem Lake). En un entorno que sólo las fotos pueden describir, te puedes tomar lo que quieras (te cobrarán lo que quieran) escuchando jazz en directo. El ambiente es inmejorable, la exclusividad, absoluta. La clavada, segura. Pero merece la pena.


El templo de la literatura.


Este lugar, cuyo nombre no puede ser más bonito, fue fundado en el año 1070 como colegio de élite por el rey Ly Thai Tong. Nació para formar a los futuros mandarines, con el grado de exigencia más alto de la época.

Tras tres años estudiando poesía, historia de la literatura, composición y los más importantes textos del Confucianismo, un difícil examen daba acceso al ansiado título.

A principios del siglo XVIII, cuando la capitalía fue trasladada a la ciudad de Hué, este ya antiguo colegio pasó a tener el nombre con el que actualmente lo conocemos. Se conservan rocas en las que los profesores grababan sus nombres en caracteres chinos. Sus amplios jardines, los pequeños estanques y sus edificaciones de arquitectura china hacen de él un conjunto digno de visitar.



Espero que os haya gustado conocer Ha Noi. La ciudad de los parques y los lagos. Sirva de última indicación el siguiente consejo: es mejor ir a la capital en primavera. Antes, las constantes lluvias te ponen difícil la visita; después, el calor y la humedad son inaguantables.

Comed su comida, perdeos por el centro, comprad algunos regalos y divertíos como me divierto yo.





Saludos.






domingo, 3 de mayo de 2009

LA GUERRA DE VIETNAM II. EL AGENTE NARANJA


Queridos todos, permitidme que hoy me salte el orden lógico de la narración. Permitidme que empiece la casa por el tejado y dé salida a las palabras que llevan toda la tarde hirviendo en mi cabeza. Dejadme prescindir de la lógica en esta noche en la que esa palabra ha perdido el significado.

Llevo unos días leyendo la historia del agente naranja. Quería hacerlo desde hacía varias semanas, desde la primera vez que vi por la calle a una de las víctimas de este horrible producto. Al fin, hace unos días, pude iniciar un viaje por la red con paradas en todas las estaciones de información aparentemente fidedigna. Intentaba así componer una historia coherente, y explicaros cómo el uso de un producto desfoliante para arrasar las junglas que proporcionaban escondite a los Viet-Cong, se convirtió en una de las atrocidades más grandes cometidas en la historia de las guerras. Un capítulo que sigue vivo. Un horror que sigue creando víctimas más de treinta años después de la retirada de los americanos. Ésa que vi celebrar antes de ayer, en Hanoi, ante las luces y espectáculos callejeros que nos recordaban que el día 30 de abril de 1975 el todopoderoso ejército de los EEUU abandonó el país. Perdiendo la guerra y dejando tras de sí un rastro de horrores.

El porqué de no empezar desde el principio es muy sencillo: hoy he estado en el hospital Tu Dú, en Ho Chi Minh City. En concreto, en la Peace Village (aldea de la paz). Donde recogen a los niños que aún nacen con terribles deformaciones como consecuencia de la exposición de sus padres a la tetraclorodibenzodioxina.

Disculpad, pues, el desorden, pero la experiencia de hoy ha pasado por mi mente como una apisonadora. Derribando paredes, rompiendo muebles, arrasando con todo. Tal ha sido el destrozo, que por varias de las paredes destruidas se puede ver ahora el exterior con más claridad. Una claridad cegadora. Una claridad de esas que, aunque cierres los ojos, sigue marcada en tu retina.

Una claridad que produce lágrimas.

Los niños del agente naranja. Los renglones torcidos de nuestra historia.

Llegué sin avisar, y no había nadie esperándome. Tras preguntar cortésmente, me indicaron cómo llegar, bordeando el hospital, al pequeño edificio en el que, con mucha voluntad y quizás no todos los medios, se intenta hacer menos dura la infancia de unos niños codenados a ser monstruos antes de nacer. Caminé solo durante unos minutos, sin que nadie me preguntara ni me impidiera el paso -cosas de ser extanjero en Vietnam-, hasta que un pórtico con banderas de colores, tal y como me habían descrito, me situó ante unas escaleras que me dio vértigo subir.



Fuera del edificio vi al primero de ellos. Mientras titubeaba antes de subir, unos golpes a mi izquierda me hicieron girarme para a ver a un chaval de unos ocho años al que llamaré Paul. Su extraña figura se recortaba en el contraluz del pasillo, dando una pincelada más de irrealidad a su castigada genética. Paul tiene una pierna más corta que otra, y unos hombros estrechísimos que dan paso a unos brazos delgados y de una longitud inferior a la mitad de la que sería normal. Tenía prisa, y su caminar era una combinación de desequilibrios que le hacían zig zaguear en el plano horizontal y ondular su perfil en el plano vertical. Parecía divertido cuando pasó frente a mí para meterse a toda prisa en el ascensor. Justo en ese momento, otra entristecedora figura hizo disminuir la luz del pasillo, aunque a menor altura. Un sonriente chaval de aproximadamente la misma edad corría tras él. Lo llamaremos Jimmy. Sus piernas terminaban unos cinco cm más abajo de las rodillas, sin pies ni tobillos; la velocidad con la que se desplazaba sobre ellas me sorprendió. También reía y gritaba algo a Paul.

Estaban jugando.

Tras subir un par de plantas, y preguntar de nuevo a unas amables enfermeras, caminé por unos pasillos en los que los colores pastel y la presencia de juguetes intentaban compensar el gris de mi ánimo. Allí estaban.

El primero en verme, y en venir hacia mí, fue Jimmy. Con sus cortas pero rápidas zancadas llegó corriendo para regalarme una encantadora sonrisa. Me tendió una mano que estreché gustosamente, a pesar de que sólo tenía dos dedos, pulgar e índice, que sólo le permiten hacer pinza. Me había prometido a mí mismo guardar mis sentimientos para después, y no ser uno más de los que seguramente les hacen sentir como miembros de una galería de monstruos; así pues, le sonreí y le dije, en mi báisco vietnamita "Hola, jovencito" (jovencito, sobrino... es una palabra que se emplea cuando se habla con chavales, suena así como "chau", aunque no sé cómo se escribe) Pareció gustarle, y de repente alzó la otra mano y, haciendo pinzas con las dos, me dio a entender que quería que lo abrazara. Y lo hice. Le di el abrazo más profundo que he dado en mucho tiempo. Me olvidé de la suciedad de su camiseta, de la incertidumbre sobre sus posibles reacciones y de los pequeños golpes que me daba en la cintura con los muñones. Sencillamente me abracé a él, lo alcé hasta mi altura y sentí su calor hasta que, bastantes segundos después, volví a dejarlo en el suelo. Me cogió de la mano y, sin perder la sonrisa, me llevó por el pasillo hasta una habitación llena de cunitas. Lo primero que vi en ella fue a Cindy.

De espaldas, Cindy puede parecer una niña normal, de unos cinco años y algo delgada. Cuando se giró, una sacudida puso a prueba mis propósitos de mantener la serenidad: Su cara era una amalgama de deformidades que le confieren perfil de pescado. La nariz y la boca se alejan en exceso del plano de su frente, dejando atrás unos ojos que en principio me contemplaban con inexpresividad. Se acercó lentamente y, con un aire frágil, alzó una de sus delgaditas manos hacia mi cara. Me agaché y la dejé que alcanzara su objetivo: me acarició la barba. De todos es sabido que los asiáticos, por lo general, no son muy barbudos. y yo, tras cuatro días de vacaciones, luzco ya una considerable sombra oscura con algunas manchas plateadas en mi cara.

Probablemente, era la primera vez que veía o tocaba una barba. Después, sus distantes ojos se volvieron a fijar en los míos, e intenté pensar a toda prisa antes de sentir la presión de las preguntas incontestables que me bombardeaban junto con su mirada. Junto a nosotros había una cortina a la que le habían hecho un nudo para que se mantuviera plegada. Le di un ligero golpe y se balanceó hasta ella. Entonces, la palmeó y la cortina volvió hacia mí. Cuando la palmeé de vuelta hice un sonido con la boca, imitando un impacto, y Cindy soltó una carcajada. Así jugamos unos minutos, hasta que una de las cuidadoras me miró con ternura, la cogió de la mano y se la llevó a uno de los cuartos junto al pasillo.


Por el camino, Cindy miró hacia atrás y su deforme rostro volvió a contraerse en lo que me pareció la sonrisa más delicada que jamás haya visto.




Entonces apareció John. Estaba amarrado a una silla por las muñecas y los tobillos, y el cien por cien de su cuerpo está cubierto de una especie de escamas, como quemaduras. Probablemente le producen algún tipo de picor y por eso ha de permanecer atado, aunque no lo pregunté. Apretando el suelo con las puntas de los pies consigue rotar la silla e ir avanzando lentamente. También él quería ver al recién llegado. Tragándome estupor, compasión, aprehensión y lágrimas conseguí esbozar una sonrisa que fue inmediatamente correspondida. Me aparté de él para fijarme en las cunitas que había visto antes de jugar con Cindy. Por detrás, Paul caminaba con su peculiar juego de balanceos y equilibrios.

En las cunitas descansaban pequeños cuerpos con todo tipo de malformaciones. Ajenos a su cruel realidad, una decena de bebés dormía tranquilamente. Vi algunos miembros más pequeños de lo normal, y adiviné algún rostro horriblemente constituido, pero no quise someterme a más presión y volví a salir al pasillo.


Allí estaban Mike y Allan, dos chicos de unos seis años que mostraban una de las aterradoras características de muchos de estos pobres chavales: unos ojos del tamaño de pelotas de ping pong asoman grotescamente, confiriéndoles un aspecto de criaturas permanentemente asustadas. Ambos mantuvieron la distancia, pero levantaron las manos y me saludaron. Probablemente no vean a extranjeros barbudos todos los días, y el terror de sus rostros adquirió cierto aire de curiosidad.

Jimmy me pellizacaba el muslo derecho para llamar mi atención cuando me dijeron que era la hora de la cena y que debían llevárselos al comedor. Una simpática señora vestida de uniforme blanco me dio un papel con un número de teléfono y, en un inglés suficiente, me explicó que era el número del director, y que si quería volver podía llamarlo para concertar una cita y conocer a más chavales.

En cuanto tenga tiempo libre llamaré, y si me lo permiten, apareceré por allí cargado de dulces, juguetes y golosinas, con una nariz de payaso y un saco lleno de ternura para dar toda la que necesiten a estos hijos de la sinrazón que pagan hoy los pecados que otros cometieron hace cuarenta años.

Mirad a través de estas palabras para que entre todos evitemos que atrocidades como ésta vuelvan a cometerse.

Esta noche, antes de acostarme, me acordaré del casi inmóvil John, de la frágil y juguetona Cindy, del oscilante Paul, de los aparentemente asustados Mike y Allan y del simpático y cariñoso Jimmy. Y de sus padres, y de sus familias, y de sus cuidadores, y de todos los que comparten con ellos esta maldición que alguien esparció alguna vez desde las bodegas de un avión cuando el mundo era aún en blanco y negro, convirtiendo sus vidas en una escala de grises.

Pensemos en ellos. Deseémosles lo mejor. Quizás parte de esa energía cruce el mundo y les aporte algo de ganas de vivir.



Destruir las junglas, el primer objetivo.


En internet podéis encontrar de todo. Desde disertaciones con aparente rigor técnico hasta narraciones afectadas con todo tipo de conclusiones. Yo me limitaré a haceros un resumen de lo que he ido viendo. Cada cual halle su moraleja.

El agente naranja (A.N), llamado así por el color de las etiquetas con el que se marcaban las bombonas que lo contenían, fue concebido como herbicida allá por los años 40, sin embargo, no empezó a utilizarse con fines militares hasta los sesenta. Este herbicida se mostró especialmente efectivo en la destrucción de vegetación de hojas anchas, tales como las típicas junglas que se dan en el Sureste Asiático. De ahí su uso durante la guerra de Vietnam. Se usaron varios tipos de herbicidas durante la guerra (unos 15), conocidos, por idénticas razones, como Agente Blanco, Agente Púrpura, Agente Rosa, Agente Verde... (los Herbicidas del Arco Iris) Pero ninguno de ellos fue tan nocivo como el A.N.

Sin entrar en demasiados detalles técnicos, el A.N. está formado por dos agentes químicos conocidos convencionalmente como D.4.D y D.2.4.5.D, pero, inexplicablemente -algunos dicen que, por error humano-, en las panzas de aquellos aviones también se alojaba un terrible producto conocido como TCDD, o TetraCloroDibenzoDioxina (o Dioxina, sin más) La Dioxina, tras ensayos realizados en laboratorios con animales, resultó ser altamente peligrosa, generando diversos cuadros de cáncer y notables malformaciones y procesos tumorales en la descendencia de los individuos expuestos a sus efectos. Un nanogramo (mil-millonésima parte de un gramo) es suficiente para causar cáncer y deformidades congénitas hereditarias; con poco más de 80 gramos podría exterminarse a más de 8 millones de personas.

En Vietnam, entre 1962 y 1971 se rociaron unos 80 millones de litros de A.N. equivalentes a 400 kilos de Dioxina. Alrededor de 24.000 km cuadrados de superficie del país fueron devastados. En el mapa, las zonas más afectadas pueden verse en gris oscuro.

Arrasar las cosechas, ¿segundo objetivo?




Se dice de todo. Lo único que sé con certeza es que, con las técnicas de camuflaje de la época, se me antoja muy difícil que los campos de arroz puedan servir para esconder personas, armamento u otras utilidades bélicas. Cuando los ves desde la carretera, se presentan como inmensas superficies de un verde brillante que no ofrecen cobijo a nada cuya altura sea mayor que aproximadamente medio metro. Cualquier obstáculo, cualquier objeto, es un blanco perfecto. De ahí que resulten tan bellas las imágenes de agricultores recolectando arroz, vistiendo sus Non Lá en medio del manto que les cubre hasta la cintura.



Sin embargo, también se rociaron grandes superficies de arrozal, destruyendo cosechas que mataron de hambre a miles de vietnamitas.



¿Otro error humano?




El agravio comparativo judicial.



La diversidad de fechas y de nombres me han confundido un poco, por lo tanto, abreviaré esta parte ante el riesgo de dar demasiados datos erróneos. A finales de los setenta comenzó un proceso judicial en el que veteranos norteamericanos de la Guerra de Vietnam, terriblemente afectados por los efectos del A.N., demandaron a las empresas fabricantes de los herbicidas. A mediados de los ochenta, un juez Norteamericano les dio la razón, obligando a las industrias responsables a indemnizar con 93 millones de dólares a los demandantes.

Hace un mes, leyendo el Vietnam News, me enteré de que una demanda similar, hecha en los mismos términos, por enfermos con idénticos síntomas, con el mismo objetivo y ¡a el mismo juez!, fue rechazada.

¿La diferencia? Que yo sepa, que los demandantes eran vietnamitas, y no norteamericanos.

Cada cual que concluya lo que quiera.

Saludos.