domingo, 12 de abril de 2009

HA LONG BAY, O LA BELLEZA.


Cuenta la leyenda que los Dioses enviaron a los dragones desde el cielo para ayudar a los vietnamitas frente a los invasores. Descendieron arrojando por la boca joyas y jade, formando una cadena de islas que impidieron que el enemigo accediera a la costa. Tras ello, se dieron cuenta de que las vistas que las islas habían generado eran muy atractivas, y decidieron en las tranquilas aguas de la bahía.





Desde entonces, sus formaciones dorsales pueden apreciarse desde la costa, emergiendo entre la bruma de la mañana...





Me reultaría imposible resumir en una frase todo lo que se percibe cuando se visita Ha Long Bay, pero podríais haceros una idea si os dijera que para mí este viaje ha sido un derroche de relax. Es, probablemente, uno de los lugares cuya contemplación me ha transmitido más bienestar. Al principio es como todas las atracciones turísiticas: está lleno de guiris (yo, uno más). Tras dos horas de autobús desde Ha Noi, llegas a un puerto abarrotado de pequeños cruceros de madera que atracan y parten con asombrosa rapidez, engullendo nuevos cargamentos de turistas que se quedarán pasmados ante lo que les espera. Hace calor, la humedad es tremenda y montones de personas, muestrario de lo más variopinto en lo que a razas, estaturas, vestimentas y tonalidades de piel respecta, se agolpan a las puertas del control de entrada. Al fondo, los lomos de los dragones se dejan entrever.

Pasa una hora hasta que te ordenan en grupos de unas quince personas y, por fin, te asignan un barco (consejo: hacedle una foto al nombre; después es muy fácil confundirse porque todos son casi iguales) De entrada, ya resulta acogedor. Ante una sonriente tripulación, entras en la mayor estancia del barco: el comedor/salón de estar. Maderas brillantes y un providencial fresco te llevan, casi sin darte cuenta, a sentarte en el primer sitio libre que ves y ponerte a mirar por la ventana cómo otros barcos ya zarpan y cómo otros turistas bajan de sus autobuses para proceder a la espera que, afortunadamente, tú acabas de terminar.


Empieza el viaje.

Tipos de viaje.

Hagamos un poco de publicidad: la agencia más reconocida y extendida del país -también presente en Camboya y Tailandia- es el Sinh-Cafe. No ponen a tu disposición hoteles de súper lujo; tampoco te llevan a los mejores restaurantes de cada población, pero han encontrado el virtuoso equilibrio entre la economía y la calidad mínima que un turista concienciado de que está en Vietnam puede exigir. El resultado es una baratísima gama de excursiones por todo el país, entre ellas, distintas duraciones para la visita a Ha Lon Bay. He aquí algunas de las combinaciones que ofrecen (puedes hacer cambios y diseñar un poco a tu medida la excursión)



Viaje de un día: Sales por la mañana, almuerzas en el barco -la comida, al estilo vietnamita a base de pesacado, marisco, noodles y arroz, es muy, muy buena- visitas la gruta Thien Cung y vuelves para la hora de la cena. Seguramente sabe a poco, porque la mejor experiencia -a mi juicio- fue poder pasar la noche en el barco, ver las estrellas desde la cubierta y dejarme saludar por el nuevo día a través de la ventana de mi camarote.

Viaje de dos días: Éste lo hace mucha gente, sobre todo por cuestiones de tiempo (las económicas son ridículas). Duermes en el barco y al día siguiente te llevan a otro para volver. En el camino, creo, se vuelve a parar a hacer piragüismo. Con éste ya puedes decir que has estado en Ha Long Bay.

Viaje de tres días: El que yo hice (caballo grande...) Despides a tus compañeros de barco que eligieron dos jornadas, y pones rumbo hacia la isla de Cat Ba (isla de las mujeres). Visitarás esta isla, la más grande del conjunto, y tendrás la oportunidad de recorrer a pie uno de los parques naturales más frondosos y espectaculares que se pueden ver. Esa noche la pasas en un hotel modesto pero aceptable (estamos en Vietnam, que nadie lo olvide). Al día siguiente, si lo elegiste, haces una excursión en canoa y visitas los mercados flotantes, auténtica demostración de la capacidad de adaptación del ser humano al medio. El precio, incluido crucero, comidas, cenas, excursiones, entrada a la gruta, barco, hotel y seguro... unos 59 euros. Si pagas en VND y evitas los redondeos, te sale por unos 55 € (1.150.000 VND)

Zarpamos.

Por fin, notas que el barco empieza a deslizarse suavemente mientras, ya acomodado, intercambias las primeras sonrisas con los que tienes sentados en frente. Pasarás dos otres días con ellos; ¿por qué no ser simpático desde el principio?

En cinco minutos el puerto ha quedado atrás, y las lejanas figuras de las islas se van convirtiendo en hermosas formaciones de roca cubiertas de un manto de jungla tropical. La verticalidad de sus laterales desnudos contrasta con el intenso verdor allí donde las plantas han encontrado apoyo suficiente para no precipitarse al vacío. Sólo te despegas de la ventana cuando te das cuenta de que unos fantásticos olores a pescado y marisco empiezan a despertar tu estómago. Son las doce y están sirviendo el almuerzo.

La comida en Vietnam es la absoluta materialización del "Cucharada y paso atrás", con lo cual la convivencia con los compañeros de viaje empieza a ser más intensa. En cinco minutos, todos estamos contando nuestra procedencia, cuánto tiempo llevamos en el país y lo que nos gustan los vegetales, los productos del mar y la fruta. Tras el café, la mayoría nos apresuramos a subir a la cubierta, y allí... el espectáculo. Sobre unas tranquilas aguas abrigadas por las 1.969 islas que las adornan, puedes ver cómo a tu alrededor se deslizan bloques de roca maltratada por millones de años de erosión, disolución y empujes tectónicos. Algunos son pequeños islotes que no se alzan mucho más arriba de la cubierta del barco. Otros son imponentes formaciones con la altura de rascacielos.

El sonido del motor se pierde en la inmensidad de la belleza. Algunas aves revolotean junto a las laderas. La brisa te acaricia. La bruma te hipnotiza. El agua murmulla juguetona al abrirse en torno al barco.

No puedes creerte que estés ahí.

Así, ora hablando con tus nuevos amigos, ora embriagándote de paz, pasas las horas hasta que el barco se detiene ante un pequeño puerto. Empieza la visita a Hang Đầu Gỗ (cueva de las estacas de madera). Como os contaré más adelante, la composición de estas islas es en gran parte Kars (materiales solubles en agua que, debido a las corrientes subterráneas y a la acción marina, crean las hoquedades y las estalactitas y estalagmitas que todos conocemos), por lo que muchas de ellas están huecas, y ésta, la única oficialmente visitada por turistas, es la más grande de ellas. 800 m de galerías y enormes salas de 30 metros de altura te hacen sentir insignificante. Que no os pase inadvertido el techo de la foto que os pongo a continuación. ¿No os recuerda a la superficie del mar encrespado? Pues es exactamente eso. Un día, ese alto techo estuvo en contacto con la superficie del agua, y en los momentos de agitación ésta iba arrebatando a la roca infinitesimales fragmentos de material soluble. Desde luego, la obra ha durado miles de años, pero el resultado es espectacular.




Al salir de allí, las pupilas aún adaptándose a la luz natural, te preguntas si habrá sorpresas todavía más atractivas e interesantes. Y las hay.


Los mercados flotantes. Primero, negocios. Después, pueblo.


Ya os adelanté que en estos días en Ha Long Bay descubrí un fantástico ejemplo de adaptación al medio: los pueblos flotantes. La secuencia es muy sencilla (imagino): En un principio, a alguien se le ocurriría que sería una buena idea montar un puestecillo flotante para vender desde él productos a los ocupantes de las embarcaciones de todo tipo que circulan por este paraíso. Una vez establecido, y en tanto que productivo, empezaron a aflorar más construcciones del mismo tipo, constituyendo pequeñas islas hechas con rudimentarios elementos flotantes y unas tablas de madera para refugiarse y guardar el género. Entonces, a alguien se le ocurriría establecer una pequeña casita junto al almacén, para no tener que recorrer el camino de ida y vuelta.


Y nacieron pequeños grupos de viviendas. Y con ellas, las necesidades de abastecimiento de productos a los que las habitaban, y con éstas, las primeras tiendas que no vendían exclusivamente pescado y... al final, resultaron pueblos flotantes.
Su visión es tan pintoresca como intrigante: pequeños pasillos de madera sobre barriles vacíos que hacen las veces de flotadores, conducen a las diferentes tiendas o viviendas. Techos de chapas de metal o amianto, paredes a todas luces permeables, ropas tendidas a un metro del agua... ¿cómo pueden vivir aquí todo el año?


Después llegaron los turistas. Y con ellos, el negocio se vio ampliado. No tuve a mano la cámara en las dos o tres ocasiones en que lo vi, pero la escena es encantadora: cuando los barcos se detienen, pequeños botes a remo comandados por un solitario vendedor (o vendedora) se acercan lentamente y ofrecen una gran variedad de productos típicos (frutas tropicales, collares de coral, prendas...) y otros más prosaicos (bolsas de patatas fritas, cerveza, coca cola...). Si algunos viajeros están interesados, desde una altura de unos dos metros se procede al regateo, y tras el acuerdo, a la venta. Imaginaos la escena: gorda norteamericana de 100 kg y metro setenta y cinco comprando papas fritas y coca cola por la borda del barco. Con medio cuerpo suspendido en el vacío, los dos brazos se alargan para, respectivamente, entregar el dinero y recoger la preciada mercancía. Por supuesto, al otro lado, el -o la- sonriente vietnamita hace equilibrios de puntillas para llevar a cabo el intercambio. Y todo ello, depués de haber negociado el precio a gritos y en un inglés que sonaba a anuncio de "Fritos" por un lado, y a rollito de primavera por el otro.

Todo un acontecimiento.




Anochece en el paraíso


No has tenido tiempo de olvidar los vivos colores de los mercados flotantes y la agitación en torno a ellos cuando el sol cierra la puerta del horizonte y se retira hasta el día siguiente. En la calidez de la luz decreciente, la sensación de paz se incrementa. En el barco, todos parecen contagiarse de este sentimiento, y la exquisita cena dicurre entre risas y agradables conversaciones. Tras ella, saboreando un aromático café, algunos nos asomamos a la cubierta a contemplar las últimas luces del día. Sólo las fotos pueden ayudaros a entenderme.

Desde la cubierta comtemplas cómo una hilera de barcos, convertidos ahora en luces que el agua refleja sobre las islas, se desplaza a idéntica velocidad hacia el mismo punto: un área estratégicamente situada entre una decena de islas que le confieren a la zona una calma absoulta. Allí echamos el ancla y nos disponemos a pasar la noche.

Sobre lo de hacer noche en el barco, he de destacar tres cosas que, si venís, seguro disfrutaréis: Bañarte mientras aún se puede ver, charlar con tus compañeros a la vez que miras las estrellas acomodado en una de las tumbonas de la cubierta, y dormir en un acogedor camarote de madera.

El nuevo día.

Éste fue, quizás, el mejor momento de la excursión. Algo cansado, y empachado de paz tras la charla nocturna bajo el cielo estrellado, me fui a dormir sobre las 22 h, y a las 6:30 me desperté completamente despejado, a más de mil kilómetros de cualquier traza del trabajo, la oficina y los papeles. Tras ello, me incorporé y vi que la mañana me daba la bienvenida al nuevo día a través de la ventana. Una visión que quiero compartir con vosotros en la foto siguiente.


En dos minutos estaba en la cubierta, escuchando el silencio de la bahía que aún no había despertado. Una decena de cruceros inmóviles rodeaban mi posición, y algunos barcos pesqueros, trabajando desde Dios sabe qué hora, completaban la postal del amanecer. Me pedí un café y me abandoné a la mañana.


La isla de Cat Ba.

Esta es la isla más grande de todas, y la única habitada. En el barco, todos teníamos una curiosidad enorme por poner pie en tierra y adentrarnos en una de esas moles de roca y jungla. Se nos notaba en la cara cuando desembarcamos y entramos en el microbús que nos llevaría hasta el parque natural objeto de la primera visita.

Tres o cuatro minutos de conducción bastaron para que nos adentráramos en la mayor masa de vegetación que haya visto jamás. Mientras miraba boquiabierto a través de la ventana alguien dijo por detrás "Ey, dude!, This is the Jurassic Park!" algo así como: "¡tío!, ¡esto es el Parque Jurásico!"

Exacto. El Parque Jurásico. ¿Recordáis las vistas desde el helicóptero cuando llegan a la isla? pues lo mismo, pero desde un microbús vietnamita. Parece que alguien hubiera colocado una manta verde sobre la isla. Prácticamente no se veía nada que no fuera de un verde casi irreal. En el autobús, todos nos pegábamos a los cristales con curiosidad y estupefacción infantiles.
En quince minutos llegamos a la entrada del parque natural, donde te dan unas sencillas recomendaciones -intenta no caerte, intenta no tropezarte, intenta no resbalarte- y empieza una ascensión de una hora por resbaladizos senderos tapizados de vegetación salvaje. La pendiente es tan grande que muchas veces tienes que utilizar pies y manos. En tres minutos la selva te ha tragado. Alrededor de ti se ha hecho de noche, y el sonido es ensordecedor. Más de 2000 especies de "bichos" se hacen notar a tu alrededor. Los más ruidosos suenan de forma parecida a nuestras españolas y queridas "chicharras", pero con un tono algo más agudo y un volumen mucho más alto. Sólo el ruidoso concierto de la naturaleza y la contemplación de una vegetación enmarañada, retorcida en su eterna lucha por conseguir unos rayos de sol, te hacen olvidar en parte el esfuerzo físico al que te están sometiendo.
Lo dije al principio: una hora de subida, y otra de bajada, y con una pendiente que a veces te hace escalar. A la mitad del recorrido empiezas a rebasar a turistas entrados en años y kilos, que de repente prefieren que les cuenten cuáles son las vistas desde arriba, en vez de comprobarlo por sí mismos.

Como acompaño fotos, no voy a malgastar palabras intentando retratar lo que se ve cuando se sube al punto más alto del recorrido. Sí insistiré en algo muy importante: aún es más espectacular bajo el concierto de sonidos que lo invade todo.


Dinosarios, no vi ninguno, pero no me extrañaría que, de haberlos, estén en sitios como éste.

Del resto de la excursión, comentaros que merece la pena hacer el esfuerzo y remar con la canoa entre las islas. Te llevan a una de ellas, conocida como la isla de los monos, donde puedes descansar en una playa de arenas blancas y miles de fragmentos de coral.

En definitiva, un capricho que hay que permitirse. Algunos de mis compañeros de excursión habían recorrido el mundo entero, y según su opinión, pocos lugares les habían impactado tanto como la Bahía de Ha Long.

Espero haberos arrancado de vuestros asientos y haberos hecho volar de nuevo a Vietnam. Me encanta recibir vuestros correos en los que me decís que os abstraigo de la realidad y que viajáis gratis. Ojalá sea capaz de seguir manteniendo vuestro interés.

Saludos a todos.

miércoles, 1 de abril de 2009

SAIGÓN Y EL TRÁFICO.







Os escribo hoy sobre una de las características más acusadas de Vietnam, y en especial, de Ho Chi Minh City. Sabéis los que me leéis que poco a poco me voy convirtiendo en un enamorado del país, pero al César lo que es del César: aquí hay mucho, muchísimo que mejorar, y el tema que leeréis hoy ocupa un puesto destacado en la lista de los cambios que necesitan estas ciudades: El tráfico.







El tráfico en Saigón no se puede definir. No se puede narrar. No se puede fotografiar. Si grabara un video y os lo pusiera, no podríais ver lo que pasa a los lados, que seguro sería igual o peor. Es increible. Una miríada de motos lo invade todo, rebasando los obstáculos de forma inverosímil, rodeando todo lo que encuentran a su paso, invadiendo el aire con ruidos de motores, claxons y gases de escape. Cada vez que un semáforo se pone en verde tienes la sensación de que se han abierto las compuertas de un embalse: miles de motos se precipitan en cascada formando un pelotón que lo devora todo en su arbitrario discurrir sobre el asfalto. Durante los primeros días, sólo puedes mirar y sorprenderte, escuchar y asustarte, intentar cruzar y morirte de miedo.

Meses después, ya no me sorprende, ni me asusta, pero me sigo muriendo de miedo al intentar pasar al otro lado. El bordillo es como la frontera hacia el infierno.

Cruzar la calle.


Recuerdo la primera vez que intenté cruzar Cong Hoa Street: me pasé varios minutos esperando, titubeante ante la posibilidad de que se hiciera un hueco por el que colarme. Me habría pasado horas así de no haber sido por una chiquilla de unos doce o trece años que, divertida ante la visión del patoso extranjero que no se atrevía a abandonar el resguardo de la acera, me tomó de la mano y, a la vez que me decía "Di, Di" (vamos, vamos) me sumergió en la corriente de motos, carros y algunos coches y camionetas que se movían sin orden aparente.


Esa es la única forma. Te adentras en la calle y, andando muy despacio, pero con decisión, vas avanzando a la vez que miras horrorizado lo que se te viene encima... Pero te esquivan. Están acostumbrados a ello, y ningún conductor se molesta contigo porque intentes cruzar en cualquier sitio. Simplemente, intentarán intuir tu trayectoria (de ahí que haya que ir despacio y no cambiar el ritmo de la marcha) y evitarán la colisión. Eso sí, martillearán tus tímpanos hasta el paroxismo a base de pitidos. Si tienes demasiadas dudas, o te asustas, te quedas parado y te convertirás en algo similar a una de esas rocas que asoman en medio de los ríos. El flujo incesante discurrirá en torno a ti, pero te respetará (de todas formas, mucho ojito, sobre todo con los coches y camiones, que tienen preferencia absoluta)




Las normas de circulación.


Ése es el problema: aquí no hay normas de circulación. Podríamos definir la única regla como la ley del más fuerte. Si vas en un camión por una avenida de cuatro carriles, y quieres hacer una pirula, sencillamente, hazla. Todos los que vienen de frente se pararán, asustados ante la
perspectiva de estamparse contra ti. Y nadie dirá nada. Nadie se bajará del coche acordándose de tus familiares difuntos o sugiriendo la profesión de tu madre. Fijaos en esta foto que tomé hace dos días en Hanoi: delante de las narices de un policía, la familia completa viaja en la moto, en sentido contrario al de la circulación, y sin casco...


La mayoría del tráfico lo componen motos, y como todos sabemos, es más fácil saltarse determinadas reglas cuando vas en moto. ¿Qué el pavimento está atascado? Vete por la acera y asunto solucionado. Ya se apartarán los peatones, por la cuenta que les trae (la ley del más fuerte, ya sabéis...) Y nadie grita ni se rasga las vestiduras. Son normas comúnmente aceptadas, y como tal, son respetadas.


Pitidos infernales.


Es imposible que a un occidental no le resulte inexplicable el uso del claxon que se hace en Vietnam. A simple vista, los oyes tocar el claxon continuamente, sin aparente motivo, sin cara de enfado o de alarma... simplemente, van por ahí pitando como locos. Y éso es precisamente lo primero que piensas "¿Están locos?"



No. No lo están.



Me costó semanas descubrirlo, pero al final me di cuenta del porqué de tan desagradable concierto urbano: se mueven como los murciélagos. Tal y como suena. Con tanta moto cargada hasta los topes, motocarros destartalados, taxis irrespetuosos y todopoderosos camiones, las calles quedan tapizadas de vehículos, y es imposible intentar saber en todo momento quién está a tu alrededor: si tuvieras que vigilarlos continuamente, no pararías de mirar por los retrovisores, y al final acabarías sin mirar hacia adelante (pequeño inconveniente...) Tenemos, por lo tanto, un factor definido: es muy difícil saber en todo momento qué conductores y qué tipo de vehículo te rodea.


Añadamos otro factor: como sabemos, no hay demasiadas normas, por lo tanto, el conductor que tienes delante, por ejemplo, puede en cualquier momento hacer una maniobra inesperada y peligrosa. Así pues, si vas en tu coche, tienes delante a un millón de motos -que sabes que no te están buscando por el retrovisor- y temes que cualquiera de ellas pueda hacer una maniobra peligrosa... le pitas por si acaso. Así saben que estás ahí, aunque no quieran mirar por el retrovisor. Y si hacen la maniobra, allá ellos.


Sé que el razonamiento parece excesivamente simple, pero es así. Se pitan para avisarse mútuamente de su presencia. Por lo tanto, a más vehículos, más pitidos. A más atascos, más maniobras raras, a más maniobras raras, más pitidos avisando de que se está allí...



Una auténtica locura. Buscad en youtube cualquier entrada que contenga "saigon traffic" y sabréis lo que os digo.




Las incorporaciones.



Hace varias semanas me falló la combinación de aviones, y tuve que regresar a HCMC desde una ciudad distinta (Da Nang) a aquella en la que había estado todo el día (Hué). Para ello tuve que pasar dos horas de taxi circulando por carreteras de juguete con vehículos de verdad. Y noté una cosa: los motociclistas, por lentos que circularan, iban por el centro del carril, con los consiguientes pitidos de todo el que se acercaba por detrás. Pregunté a mi compañero de viaje, vietnamita, y me lo explicó rápidamente; la gente se incorpora sin mirar, especialmente los que llevan moto, así que ir por el arcén supone exponerte a darle un leñazo al primero que se incorpore. Sí, sí, no me leáis con esa cara que estoy diciendo la verdad. Tan temeraria y suicida costumbre es práctica habitual en estas tierras, y lo he comprobado con mis propios ojos.



Cómo cargar tu vehículo y no morir en el intento.



La explicación para las enormes cargas a las que motos, bicis, camionetas y otros artilugios son sometidos es bien sencilla: tener coche es algo al alcance de muy, muy pocos, y los taxis son un lujo del que no se puede abusar, así que si tienes que transportar "algo", lo has de subir a la moto ( o bici, o motocarro, o lo que sea).

¿Y qué es "algo"? Pues he visto de todo. Frigoríficos, motos estropeadas, armarios, bañeras, colchones, cerdos, patos, árboles... si en todo momento llevara la cámara conmigo estaríais alucinando. Por supuesto, en el plano no profesional también existe "algo" que montar en la moto: la compra del día (o de la semana, o del mes), la mesa camilla para la abuela o la famila completa, con suegra y perro incluida.





Los taxis

Por último, quiero hacer una rápida referencia a los taxis. En comparación con las tarifas a las que estamos acostumbrados, no son caros, pero los hay que intentan dártela, como ya os conté que me pasó en mi primer viaje a Hanoi.

Si os quieren timar, os timarán, que de todo hay, pero mi experiencia en Ho Chi Minh es bastante positiva. sobre todo si escoges bien la compañía:

No toméis taxis que no tengan un número de teléfono claramente visible sobre el coche. Los hay pintados en colores, pero sin el número.

No toméis taxis sin identificación alguna (se te acerca un tio y te dice que te lleva en su coche a donde le digas)

Intentad usar la compañía MaiLinh. Hay muchísimos en todas las ciudades del país, y son los más fiables. Te esperan unos 5 minutos sin cargar importe por ello, llegan a recogerte sin bajar la bandera, y no hay tarifas trampa como el levar maletas en el aeropuerto (taxistas de Madrid, se sobrevive sin hacer esas cosas...). En HCMC, Taxi Vinasum y Vina Taxi tampoco están mal, pero la primera opción debería ser Mailinh, cuyo teléfono (en Saigón) veis en el costado del coche (08 38 26 26 26)



Bueno, hasta la próxima, y mirad hacia los lados antes de cruzar.