viernes, 20 de marzo de 2009

EL DELTA DEL MEKONG


Hola a todos.

El domingo pasado volví a irme al Delta del Mekong. La visita que hice durante el mes de noviembre me supo a poco, especialmente porque la lluvia me privó de disfrutar de algunas de las actividades más representativas, como el crucero en botes de remo o los paseos por la jungla. La repetición ha merecido la pena. Por apenas siete euros al cambio haces una excursión de día completo con transporte, comidas, bebidas, actividades, y cruceros incluidos. Esta vez, el cielo quiso darme lo que la estación lluviosa me hurtó en la ocasión anterior, y un sol brillante se encargó de dibujar el fondo azul profundo en las fotos que os enseño a continuación.

No os voy a aburrir; ya escribí suficientes cursiladas en la primera entrada. Aquellos que queráis leer la narración que entonces hice sobre esta famosa región de Vietnam podéis ir al final -en realidad, el principio- del blog. Allí, bajo el título "la excursión al Delta del Mekong" encontraréis epítetos, subordinaciones y figuras descriptivas para hartaros. Nada comparado con experimentarlo en primera persona y surcar estas aguas que han recorrido parte de China, Laos, Camboya, Tailandia y Vietnam antes de abrirse en torno a islas alargadas de una belleza indescriptible.

Dejemos hoy las mil palabras y disfrutemos de aquello que, al menos cuando soy yo el que escribe, vale mucho más.


Barcos de pesca en los que vive toda la familia. La única manera de tener trabajo y casa.


Otros, menos afortunados, tienen que hacerse al río con sólo una pequeña barca. Con suerte, a motor.



Chavales juegan en las turbias aguas del Delta ante la indiscreta mirada de los turistas.





Los colores, la vegetación, los sonidos... hay que venir. No se puede contar...








La fruta del Ojo de Dragón. Una delicia salida de estas húmedas tierras.



























Abrazos.


sábado, 14 de marzo de 2009

LA GUERRA DE VIETNAM, I: LOS TÚNELES DE CU CHI


Con vuestro permiso, hoy voy a aventurarme por primera vez a escribir sobre el polémico y manido tema que ha hecho tristemente famoso a este carismático país: La Guerra de Vietnam. Con bastante prudencia, durante estos dos meses he ido indagando opiniones entre aquellos con los que ya tengo algo de confianza; jóvenes y viejos, del sur y del norte, interesados y pasotas. Sin familiares implicados y con seres queridos asesinados.

Desde que sales del Museo de los Restos de la Guerra, en el Distrito 1 de HCMC, hasta que hablas con alguno de los ex-combatientes (que hay un montón, puesto que la guerra terminó hace poco más de 30 años), pasando por la horrible visión de las víctimas del Agente Naranja, te das cuenta de que, a pesar del afán por olvidar y perdonar, la Guerra de Vietnam está aún muy presente en este país. Otro ejemplo: antes de iniciar una excavación, hay que llamar al ejército para que hagan un examen en busca de bombas o minas sin explotar. En determinadas zonas no falla: obra que empiezan, bomba o mina que encuentran. Es curioso; por lo visto el servicio es carísimo, pero una vez que analizan y desactivan la bomba, la mandan al Promotor o al Constructor, según quién pague. Me están preparando unos correos con fotos de unas que aparecieron hace poco en las afueras de Hanoi. Ya os las enseñaré.

La historia de los túneles de Cu Chi, ( 11° 3'39.60"N ; 106°31'33.60"E) empieza a mediados de los años 60, y se extiende hasta la retirada de los americanos, allá por el 73. Los túneles fueron excavados durante unos diez años, usando medios artesanales, paciencia, inteligencia y mucha, mucha mano de obra. La zona de los túneles se encuentra a unos pocos kilómetros al norte de Ho Chi Min City, por entonces Saigón. En medio de una frondosa jungla, poder esconderse a tiro de piedra de la capital del país enemigo era una jugada vital, y así lo hicieron los soldados del Viet Cong. Cavaron una red de túneles a tres alturas (a unos 5, 8 y 10 metros de media). En los túneles había de todo lo que podían necesitar las tropas para subsistir en la guerra de guerrillas que se desarrolló en la zona: almacenes, salas de reuniones, dormitorios, hospitales de campaña, cocinas... y todo convenientemente dotado de una red de pozos y huecos de ventilación para permitir la vida en el interior. Además de ello, miles de trampas a cual más horrible esperaban a cualquier intruso.

Durante años, los Viet Cong hicieron de esta zona la peor pesadilla para los soldados estadounidenses. Con cañas de bambú, cuerdas, madera e hierro fundido construyeron trampas cuya sola visión resulta estremecedora. A cada paso podía aparecer un hueco cuidadosamente cubierto con hojas secas que al ser pisado... girara y condujera a un foso lleno de puntas de lanza de unos 20 cm de largo (en ocasiones envenendas) Algunas de las trampas conseguían que el enemigo cayera de cuerpo entero sobre las afiladas hojas de hierro. En otros casos, la pierna se introducía en un hueco de unos 30 cm de diámetro con cañas de bambú que se cerraban en torno al miembro atrapado conforme éste descendía. Ganchos, pinchos, veneno... miles de desagradables sorpresas que eran sembradas de noche en las inmediaciones de los campamentos estadounidenses sin que sus soldados pudieran entenderlo. Durante un tiempo incluso hubo una base norteamericana establecida sobre los túneles. Se cuenta que, de noche, los norvietnamitas salían a la superficie a robarles, sin que nadie lo advirtiera.

Los tramos de túnel que se pueden visitar han sido agrandados para que resulten menos incómodos, pero aún así, recorres unos veinte o treinta metros agachado, con una humedad altísima y un calor apabullante. Resulta bastante agobiante, y eso que no hay que arrastrarse, como ellos hacían, y la iluminación es muchísimo mejor.

En total, en torno a 200 km (no me quivoco: 200 km) de túneles fueron excavados a pico y pala durante una década. Resultaron tremendamente efectivos, pero la vida en ellos no era nada fácil. Los túneles, aparte de acoger un grado de humedad aún más alto que el de la superficie, estaban llenos de mosquitos, ratas, tarántulas, escorpiones, serpientes y todo lo que puede esperarse en una jungla. La malaria, el paludismo y otras muchas enfermedades acompañaron a los miles de combatientes que usaron estos inóspitos pasadizos subterráneos.

El 7 de enero de 1966, el teniente Robert Haldane, al mando de un contingente de infantería, aterrizó en medio de la vegetación, a unos 40 km al noroeste de Saigón. Nada más desembarcar, un terrible fuego cruzado sorprendió a sus soldados, que intentaron repeler y resistir lo que a todas luces era el ataque de varios centenares de tiradores. Tras el fuego, todos quedaron sorprendidos por la súbita desaparición de los soldados que acababan de atacarlos desde varias posiciones. Durante tres días se peinó la zona, en búsqueda de posibles cuarteles o escondites: descubrieron trincheras, campos de minas, puntos de artillería antiaérea, una tienda que hacía las veces de clase para unos 100 hombres y muchas, muchas raciones de arroz y sal. Aquella infraestructura era fruto del trabajo permanente de un regimiento pero... ¿dónde se habían metido?

No fue hasta que el sargento Stewart L. Green se sentó en un clavo sujeto a una trampilla de madera ingeniosamente camuflada que se descubrió que aquello era una especie de entrada.
Se introdujeron granadas de señalización de humo rojo y, en cuestión de minutos, decenas de columnas rojizas empezaron a ascender provinientes de diversos puntos entre la maleza.


Los túneles habían sido descubiertos.


Entonces comenzó una irracional e infructuosa misión para destruir la red subterránea: la Operación Crimp (rizo) acababa de empezar. Bombarderos B-52 sobrevolaron la zona arrojando miles de bombas de 30 toneladas de explosivos que convirtieron la hasta entonces frondosa y espectacular jungla en un devastado paisaje lunar. A continuación, 8000 hombres pertenecientes a diversas brigadas peinaron la zona en busca de restos de los túneles y de los combatientes que hubieran tenido que escapar. Pero el ingenioso diseño del trazado subterráneo, que retorcía los túneles en continuo zig zag, se mostró muy efectivo en la minimización de los efectos de las explosiones, con lo que la inmensa operación Crimp se convirtió en un monumental fracaso.

Se intentó enviar a perros para sacar a los soldados de sus escondrijos, pero las trampas colocadas los mataban o los mutilaban. Se dice que, tras ello, los soldados los utilizaban como improvisado abastecimiento de comida. También se probó con agua, gas y lanzallamas, pero los sistemas de evacuación de aire y las múltiples salidas dieron al traste con estos intentos. Fue entonces cuando se recurrió a la lucha cuerpo a cuerpo: se formó a un grupo de especialistas que entraría en los túneles y lucharía en la oscuridad contra trampas, enfermedades, insectos venenosos y soldados acostumbrados a aquel entorno.

Nacieron las "Ratas de túnel". Estos soldados, cuidadosamente elegidos y adiestrados para ser capaces de emprender tan tremenda misión, se adentraban en los oscuros túneles equipados con una linterna, una pistola, un cuchillo y un trozo de cuerda. Habían de abrirse camino en la más absoluta oscuridad, y exponerse a las bombas estratégicamente escondidas, a las temidas trampas de cañas de bambú, que los dejaban empalados a varios metros bajo tierra, o a los ataques de Viet Congs que los esperaban escondidos. Resulta inimaginable que alguien pueda llegar a afrontar situaciones de ese tipo. Se cuenta que muchos de ellos salían de los túneles llorando, víctimas de ataques de ansiedad y pidiendo ser relevados. El nombre clave que dieron a los túneles habla por sí solo: "Black Ecco" (Eco en la oscuridad, Eco negro) He sacado de la red el testimonio de un tal Harold Roper, ex "Rata de Túnel":

"Sentí más miedo del que jamás he sentido, antes o después de aquello. Los del Vietcong llevaban a sus muertos a los túneles después de una batalla porque sabían que hacíamos recuento de cadáveres. Encontrarse con uno no era nada agradable. Era peor que si hubieran estado allí una semana… ¡apestaban! Todo se descomponía rápidamente a causa de la humedad. Pasé junto a cuerpos descompuestos varias veces. No me produjo náuseas. Yo era un animal… los seres humanos no hacen las cosas que nosotros hacíamos. Estaba entrenado para matar o morir. Al recordarlo parece irreal. Ni siquiera se me ocurriría hacer algo semejante de nuevo."

En 1967, el General Wiliam Westmoreland lanzó la operación"Cedar Falls" (algo así como "otoño de los cedros" o "caída -de las hojas- de los cedros") con 30.000 soldados encargados de destruir las galerías. Tras algún que otro logro en la obtención de documentos militares, la operación "Cedar Falls" también se demostró un fracaso. De hecho, en 1968, la famosa "Ofensiva del TET" utilizó los túneles como cuarteles generales.

Fue a finales de 1969 cuando se envió de nuevo a los B 52 a realizar el "Carpet Bombing" (bombardeo en alfombra, llamado así por el rastro que podía verse desde el cielo tras el ataque) con bombas de explosión retardada, que penetraban varios metros bajo tierra antes de explotar. La mayoría de la red fue destrida, pero para entonces, el daño que su uso había supuesto para el ejército estadounidense ya la había convertido en uno de los más espectaculares episodios de esa guerra en la que la astucia pudo contra la prepotencia, la audacia contra la maquiaria bélica y la persistencia contra los presupuestos multimillonarios.

sábado, 7 de marzo de 2009

EXCURSIÓN DE NEGOCIOS


Hola a todos.

Aunque alguno de vosotros me dice que no se lo cree, venir a Vietnam a trabajar tiene poco que ver con hacerlo por vacaciones. No sólo porque el desayuno bufet, la piscina y el periódico a las 10:30 son sustituidos por los cereales de las 7:15, el ruido del tráfico y un rápido y legañoso vistazo al diariodejerez.com, sino porque muchas veces la insuficiencia de las infraestructuras -o incluso la total carencia de ellas-, las distancias y la propia filosofía de vida de los vietnamitas (poco proactivos, por lo general) te lo ponen ciertamente difícil. Aunque a veces resulta divertido, especialmente si intentas vivirlo como una aventura, en vez de obsesionarte con los inconvenientes del país.

Os voy a contar lo que me pasó hace una semana.

Los caprichos de los clientes, las estrecheces de mi agenda y la dispersión geográfica de las obras por todo el país quisieron que, la semana pasada, tuviera que hacerme una maratoniana ruta de miércoles a viernes. Iría a reunirme con unos clientes para firmar un contrato en Hanoi, visitaría una obra para verme allí con mi personal y conocer a otro propietario, y al día siguiente iría a Nha Trang, un pueblo costero en el sureste del país, cerca del cual estamos supervisando una importante obra civil e industrial. El plan era: miércoles por la tarde, HCMC-Hanoi, Jueves por la mañana de reuniones y por la tarde de placer, Viernes por la mañana, Hanoi-Nha Tran, otra reunión en obra y, por la noche, Nha Tran-HCMC. Antes de vivirlo, ya sonaba algo agitado.

De la visita a Ha Noi tengo poco que decir. Ya he estado allí dos veces y aún no conozco ni "la plaza del pueblo" (a pesar de lo cual, os dejo algunas fotos tomadas desde el taxi) Llegué al aeropuerto a las 22:00 h, más o menos, y allí me esperaba la primera sorpresa: una hora de taxi hasta la capital. Me habían dicho que la tarifa era fija, pero cuando me monté en el vehículo, y tras explicar mi destino, vi cómo el taxista manipulaba el taxímetro para empezar a medir la carrera. Pasaron unos minutos, y enseguida la cantidad marcada empezó a exceder lo que me habían dicho era la tarifa normal. La carretera era un agujero negro en medio del cual aparecía de vez en cuando una motocicleta cargada con cualquier tipo de mercancía, un camión desvencijado o un bache de esos en los que, si te caes, te tienen que sacar con grúa. En medio de la noche cerrada tuve algo de reparo antes de preguntarle al conductor por la cuestión de la tarifa ("anda que si se cabrea y me deja aquí tirado") Así pues, con algo de aprensión, mientras señalaba la pantallita con los números rojos en el salpicadero, le dije en un rustiquísimo vietnamita: "Disculpe, señor, no taxímetro, doscientos cincuenta mil Dongs" La respuesta fueron una serie de sonidos ininteligibles de los que pude extraer algo así como "taxímetro, taxímetro". "Anh" (señor), "no taxímetro, doscientos cincuenta mil Dongs" (¿qué queréis que le haga? no sé decir mucho más) Y de nuevo la retahíla de sonidos, aunque esta vez con un tono algo más intenso. Acabábamos de adelantar en el límite del impacto a un motociclista que transportaba unos treinta o cuarenta patos "vivos" atados al sillín, y el cariz que tomaba el asunto del taxímetro me empezó a preocupar.

Esperé que nos adentráramos en lo que parecía ser la capital, y entonces llamé a uno de mis compañeros, vietnamita él, y le pedí que le dijera al conductor que yo no soy tonto, que compro en Media Markt y sé que la tarifa son 250.000 VND. Cuando le tendí el teléfono al taxista -que se olería mis intenciones- no quiso cogerlo, pero mi compañero me dio la solución: di claramente "Po-li-ce" Y eso hice. "Anh, police. Po-li-ce" Una mano se extendió desde la parte delantera para solicitarme el móvil. Después, un pequeño intercambio de sonidos, un gruñido sofocado del conductor y de nuevo la mano, esta vez devolviéndome el teléfono. "OK, doscientos cincuenta mil Dongs"

Del día siguiente en Ha Noi, sólo comentaros que justo cuando terminé las reuniones y me disponía a pasar un buen rato paseando por la ciudad, me llamó mi jefe diciéndome que teníamos un correo de los que son más jefes que él, y que había que repasar una oferta a toda prisa. Se acabó Ha Noi. Me fui a las oficinas (por cierto, en el mismo conjunto que el "Meliá Hanoi") y allí me pasé las horas muertas con la oferta y los 60 correos nuevos que tenía al abrir el "Lotus Notes". Llegué al hotel a las 20 horas, cené en un restaurante cercano y me acosté. El avión para Nha Tran salía a las 7 de la mañana, con lo que tenía que estar en el aeropuerto a las 6... ¡con una hora de camino de por medio!

A las 4:30, con un cansancio y una mala leche enormes, me estaba duchando. Eso para los que dicen que estoy aquí de vacaciones.

Cuando bajé a recepción me encontré que los tres conserjes estaban durmiendo en el suelo, pegados unos a otros y tapados con una especie de edredón. "Em oi" (perdone, joven), "Em oi!"... "EM OI!" Al fin, uno de ellos, el mismo que me había prometido que no se le olvidaría despertarme a las 4:30 -y que nunca me llamó-, abrió unos ojos enrojecidos y se levantó torpemente para tardar diez minutos en encender el ordenador y rellenar los datos de la factura. El día empezaba cuando me monté en el taxi.
Llegué al aeropuerto a las 6:05 y, tras toda la parafernalia de los controles aeroportuarios, a las 6:40 me pude recostar en la butaca del avión, que en aquellos momentos me esperaba para acogerme cálidamente entre sus tejidos. Sin embargo, apenas pegué ojo: primero, la gente entrando; después, las azafatas de Vietnam Airlines que pasan con sus Ao Dai (un traje que les queda particularmente bien) y a las que hay que dedicar una sonrisilla, que nunca se sabe; después el despegue... en fin, que cuando quise darme cuenta ya estaba a punto de aterrizar. Iba en pasillo, así que no pude ver gran cosa sobre el paisaje que me esperaba.

Una curiosidad: el aeropuerto de Cam Ranh (Nha Trang no tiene aeropuerto, igual que Cádiz) tiene su historia. Fue construido durante la guerra por los americanos, que utilizaron aquellas instalaciones como importante base de las fuerzas aéreas. Tras la guerra fue utilizado inmediatamente por los comunistas. Hace sólo 5 años que pasó a ser civil, y aunque ostenta la categoría de Aeropuerto Internacional, el maquillaje del tiempo y el uso civil no ha podido disimular su pasado castrense. Aún así, es divertido ver cómo aquí utilizan las inversiones que los EEUU hicieron durante la guerra para, a día de hoy, sacarles dinero a los norteamericanos que, probablemente desconocedores de la historia del sitio al que se dirigen, pasean sus gorras y sus grasas con total indiferencia por esos pasillos de la vergüenza.

A la salida me esperaba el chófer mostrando un cartel con mi nombre. La obra está tan lejos y tan perdida en la nada que hay que contratar transporte concertado, en vez de taxis. Probablemente el taxista se perdería y yo no sabría qué decir ni qué hacer hacer. Tras sentarme en el asiento trasero, y recuperarme del shock térmico (de unos 30º del exterior a unos 18º en el interior) me dispuse a relajarme y disfrutar del paisaje, que tras abandonar el aeropuerto empezaba con una carretera de reciente construcción rodeada de vegetación de media altura. Me habían dicho que el trayecto era muy bonito, y me pegué a la ventana con curiosidad "turistil"

Me desperté unos 50 minutos después, tras haber recorrido más de medio camino durmiendo como un bebé. Cuando miré a mi alrededor me quedé maravillado. La carretera, que había perdido buena parte de la calidad con la que me recibió, discurría ahora junto al mar. A mi derecha, el azul del mar de Indochina me regalaba mil destellos del brillante sol matinal. En aquellos momentos circulábamos al borde de unos magnífios acantilados de piedra, algunas de las cuales asomaban como pequeñas islas en la base del acantilado. Más adelante descendimos varios metros y nos situamos casi al nivel del mar, y la caprichosa frontera entre agua y tierra se convirtió entonces en playas de arena blanca jalonadas de palmeras y otras plantas. Cualquiera hubiese dicho que estábamos conduciendo por Varadero o Punta Cana. Pasaron varios minutos de hechizo marítimo hasta que miré a mi izquierda. Y allí... montañas revestidas de un verde indescriptible delimitaban el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. Me habían avisado, pero aún así, me quedé boquiabierto. El conductor me lanzaba algunas indiscretas miradas a través del espejo retrovisor, imagino que sonriendo ante mi estado de éxtasis.



Intercaladas entre las playas paradisíacas y los verdes valles junto a las montañas, aparecían pequeñas poblaciones pesqueras en las que vi algo que me sorprendió mucho y de lo que después me hablaron con algo más de detalle: Tanto en el agua, como colocadas en las aceras, pude observar unas embarcaciones redondas de unos dos metros y medio de diámetro y algo menos de uno de calado. Jamás había visto algo así, y según parece es lógico: son unas embarcaciones originarias de Vietnam, y según me contaron, su utilidad estriba en que manejadas hábilmente son capaces de resistir sin volcar los temporales más fuertes de la zona. Se me hizo difícil de imaginar cuando repasé las fotos de estas simpáticas barquitas hechas de lo que me parecieron hojas de palma seca. Varias poblaciones más y preciosos paisajes de barcos varados nos llevaron hasta una carretera de unos cinco metros de ancho acosada a veces por pobres y destartaladas viviendas. Tras ellas, grandes parmerales daban paso a las playas y a las islas que se divisaban al fondo. Unos pocos kilómetros más adelante llegamos a la obra.

Tuvimos que atravesar unas decenas de metros de palmeras y otras especies de plantas, y allí, entre el azul del mar y el verde de la vegetación, apareció la obra. Camiones, excavadoras, maquinaria de movimiento de tierras y pilotaje se afanaban en las distintas labores. Para no aburrir a los que no son técnicos, sólo decir que se trata de una planta de distribución de cemento. Posee un pantalán con un punto de atraque a 600 m mar adentro, desde donde los barcos bombearán el cemento hasta los enormes silos pilotados hasta los dientes. Desde los silos saldrán cintas transportadoras con tolvas que llenarán los camiones. Antes de proceder al movimiento de tierras se protegió toda la zona con un rompeolas de piezas prefabricadas.










Tras la reunión con mi personal y con el cliente, nos fuimos a almorzar a un restaurante cercano en el que comimos un marisco y un pescado espectaculares. Espectaculares eran también algunas de las camareras...


He aquí una de mis Excursiones de Trabajo. El cansancio de volar 4000 km en dos días, tener tres reuniones importantes, dormir en camas extrañas, pasar varias horas en coche y vivir a 30º C con una humedad al borde de la saturación no es preciasamente despreciable, pero saber que tras cada rincón te espera una nueva sorpresa compensa con creces todos los sacrificios.








lunes, 2 de marzo de 2009

EL CAODAÍSMO. OTRA LECCIÓN DE INTEGRACIÓN.

No sé cuándo fue la primera vez que utilicé la palabra sorprendente a la hora de describir este país y las costumbres de sus habitantes. Tampoco sé cuántas veces la he usado. Lo mismo me ocurre con otros muchos adjetivos; cautivador, exótico, cálido, acogedor... Los uso y los uso, y cuando ya me olvido de que los escribí semanas antes los vuelvo a usar, pero es que ya no encuentro la forma de describir este encanto que, sin darte cuenta, te va envolviendo poco a poco; desde el primer día, al bajarte del avión y ahogarte con la humedad, hasta el momento en que te das cuenta de que andas descalzo por la casa, disfrutas comiendo con las manos o manejas los palillos como si no supieras lo que es un tenedor.
Hoy quiero hablaros del Caodaísmo. Otra sorprendente lección de afabilidad, convivencia e integración. El Caodaísmo es una religión "de diseño". Surgió hace dos días, como quien dice, cuando en 1926 Ngo Van Chien, funcionario público de la entonces Administración Francesa, dijo haber tenido una revelación de Dios y fundó una nueva religión. A la manera Vietnamita: integró lo mejor de cada una de las principales religiones monoteístas y creó este movimiento que, adorando a un Dios representado por un ojo dentro de un triángulo, une nada menos que a Cristianismo, Islamismo, Hinduismo, Confucianismo y Taoísmo. Para añadirle algo más de peculiaridad, sus súbitos son vegetarianos. ¡Cristianos e Islamistas juntos! ¡Y todos comiendo fruta y verdura!
Ahí es nada.
La sede central del Caodaísmo (Cao Đài en vietnamita) se encuentra en un pequeño pueblo al Este de Ho Chi Minh City, llamado Thay Ninh, cercano a la frontera con Camboya y al que se llega tras un par de horas de autobús por destartaladas carreteras. Y allí me fui hace un par de semanas.
Al bajarte del autobús, lo primero que descubres, con cierta tristeza, es que el Templo se ha convertido en una atracción turísitica más. Una gran explanada entre la frondosa vegetación acoge a decenas de autobuses que
no paran de entrar y salir, repletos de turistas entusiasmados que beben agua con la misma frución con la que sudan ante el inmisedicorde sol subtropical.
Tras andar unos metros aparecen las primeras edificaciones, destinadas fundamentalmente a las viviendas de los súbditos (no sé si llamarlos monjes, sacerdotes, seguidores...) y que no son más que la viva expresión de Vietnam: casas muy pobres repletas de gente alegre y cordial. A la hora a la que fui -aproximadamente las 11 de la mañana-, algunos descansaban tras una larga mañana de trabajo, preparándose para los rezos. Los podías ver tumbados en el suelo, sin almohadas ni nada parecido, mostrando unos pies descalzos curtidos como la suela de un zapato y con la cabeza cubierta con el inseparable Non Lá. Otros yacían en inverosímiles hamacas, y los que ya habían descansado empezaban los preparativos para la celebración de las doce, que se lleva a cabo en el Templo Cao Dai. Y que es impresionante.
El templo es una explosión de colores. Con predominancia del blanco, el amarillo y el celeste, la edificación principal y las que la rodean brillan bajo el sol formando un delicioso conjunto con el cielo azul de fondo. Mirar a los lados te da la sensación de estar caminando por los pasillos de una juguetería. Y el interior es aún más espectacular.
Decenas de columnas con grabados imposibles representando serpientes se alinean en su empeño por sostener una alargada nave repleta de contrastes color pastel. Por si los dibujos del suelo, las columnas, las paredes o el techo -pintado imitando el cielo, con nubes y todo- no fueran suficientes, la distribución de los súbditos y sus vestimentas le confieren al lugar un aspecto indescriptible. Ellas, a la izquierda. Ellos, a la derecha. Ordenados según su relevancia y creencias predominantes, unos visten de blanco, otros de azul, otros de amarillo y otros de rojo, y dispuestos como soldaditos de plomo, se hacen uno a la hora de levantarse y volverse a arrodillar. A su espalda, un coro con unos veinte jóvenes entona canciones vietnamitas que ensalzan la alegría y la unidad.
Al salir de allí pensaba que el Caodaísmo no podía sorprenderme más, pero fue entonces cuando, en un aparte con el guía, me comentó que los caodistas no sólo adoran a los distintos dioses, sino a figuras célebres como Lenin, Shakespeare o Víctor Hugo.

Me vuelvo a quedar sin adjetivos...