lunes, 16 de febrero de 2009

SAN VALENTÍN EN HO CHI MINH CITY



Hoy quiero contaros, muy brevemente porque aquí es la hora de acostarse y porque el tema no da para más, cómo celebran el día de San Valentín los vietnamitas.


Ya sabéis que el consumismo llega a todas partes, la globalización devora cada esquina del mundo, y de esta forma, comunistas, capitalistas, ricos, pobres y en general, todo hijo de vecino, intenta vivir al límite de sus posibilidades, intentando sacar el máximo partido a esos euros, esos dólares o esos Viet Nam Dongs que normalmente tanto trabajo cuesta llevar a casa.


Según me han contado varios antiguos del lugar, lo de celebrar el día de San Valentín es cosa de los últimos 5 ó 6 años. Antes, nadie se preocupaba por ello, pero la llegada de las grandes cadenas de supermercados, la telefonía móvil, los perfumes de París y los trajes de Londres han calado en este rincón del mundo, y ahora el Día de San Valentín es una cita ineludible para todas las parejas de enamorados. Sobre todo por la insistencia de ellas.


Mientras en nuestro país, la paridad, las paridas y los artificios del feminismo oficial inducen a la mujer a no querer ser más romántica que el hombre, ganar menos dinero o a dedicar un minuto más que él a las labores domésticas, aquí ellas aún se centran en tópicos como el día de los enamorados. Y lo hacen a conciencia. Según me han contado, en estos pocos años se ha convertido en una imposición. Me di una vuelta por la noche y pude ver a decenas de parejitas embelesadas; unos, tomándose de la mano por debajo del mantel, otros, sentados en el sillín de la moto, cara a cara, besándose apasionadamente. Otros, sencillamente, caminando de la mano y observando los cientos de motivos colocados ad hoc en los escaparates. Todas ellas disfrutando del momento, pero ellos... pude ver a muchos con caras de fastidio esperando en la cola del restaurante a que quedara una mesa libre, mirando aburridos los corazones de plástico de las tiendas o, imagino, haciendo cuentas sobre el saldo total que las flores, la cena y el pequeño detallito supondrán en su maltrecho bolsillo. Por las noticias que tengo, los vietnamitas son mucho menos románticos, y ellas se las arreglan para convencerlos de que ese día hay que currarse los parabienes del resto del año. O se pasa por el aro, o te olvidas de pasar por ningún otro aro. O cedes hoy, o mañana te acordarás.



Puro romanticismo.



Quizás... ni nosotros nos diferenciamos tanto de ellos ni ellas se diferencian tanto de las nuestras, ¿no?



Abrazos, y perdón por a incorrección política... ( a todos y a todas, ja, ja)


miércoles, 4 de febrero de 2009

LAS FIESTAS DEL TET, O AÑO NUEVO LUNAR


Queridos todos.

En primer lugar, he de pediros disculpas por haberos tenido abandonados durante las casi tres semanas que llevo aquí, pero seguro que comprenderéis que la adaptación al entorno, los horarios, las comidas y el trabajo, unidos a una pésima conexión wifi -en otro momento os hablaré del hotel en el que me alojo- me lo han puesto muy difícil para dedicarme a escribir.

Hoy quiero hablaros de las fiestas del año nuevo lunar (calendario chino), y de cómo se viven en la mayoría de los países de Asia Oriental, aunque quizás de forma especial en Vietnam. El TET se celebra cuando llega la primera luna llena del año, y dura 7 días. Por esto, no existe un día fijo para el TET, pero se viene a producir entre los últimos días de enero y los primeros de febrero. Este año ha tendio lugar el 26 de enero a las 00:00 horas. De nuevo os ruego me perdonéis, pero un contratiempo con la cámara me ha impedido illustrar estas líneas como hubiera deseado.


El TET es una tradición muy especial en Vietnam, y constituye la principal fiesta del año. Esta gente, de natural cariñosa y muy dada a la convivencia familiar y vecinal -más en el sur que en el norte, pero de forma general, en todo el país- se entrega por completo a sus dioses, su familia y sus amigos durante una semana. Durante los días previos a la fiesta, se afanan en limpiar y arreglar sus casas, comprar plantas y ropa nueva y colocar banderas del país en las fachadas, consiguiendo dar un toque colorido y uniforme a esta destartalada y masificada ciudad.




En las casas se colocan ofrendas a pequeñas estatuas de Buda o de una Diosa llamada PHAT BA QUAN AM y que podría recordarnos algunas de las imágenes de la Virgen que se veneran en España. Estas ofrendas son de lo más variado: desde esas velas en forma de varillas que se clavan en recipientes llenos de ceniza hasta dinero, fruta, o la comida que se va a tomar durante el día. Así, no es extraño entrar en una casa y ver que el pollo que tan amable y desinteresadamente te van a ofrecer minutos después, ha sido cuidadosamente colocado frente a una estatua de Buda con algunas velas encendidas alrededor. Es una forma de dar las gracias por los bienes que se tienen y de evitar la falta de éstos durante el resto del año, porque la creencia es que el año discurrirá tal y como ha empezado. Y esto explica muchas cosas: Se felicitan, se hacen regalos, se invitan a comer mutuamente e intentan por todos los medios que en esos siete días la felicidad reine en unos hogares en los que muchas veces un plato de arroz, una gallina hervida y una sonrisa son lo único que se tiene para vivir.

Los vietnamitas ahorran durante meses para poder reunirse con sus familias estos días. El día 24 tuve la oportunidad de ver cómo atravesaba la ciudad un tren repleto de ciudadanos de las provincias del centro y el norte del país. Iban a encontrarse con los suyos, y poco les importaba hacinarse en un tren que parecía salido de una película de los años 40. En su lento discurrir a la altura del paso a nivel, lo que vi tras la sucia y ruidosa locomotora verde me descubrió a la vez la dureza de las condiciones de este país y la grandeza de los deseos de convivencia de sus habitantes. Decenas y decenas de personas se habían instalado en cada vagón, y a través de las ventanas -casi todas abiertas- se les podía contemplar, unos sentados, otros dormidos, otros con niños acomodados sobre el regazo y muchos viendo la ciudad pasar, probablemente soñando con el momento del reencuentro. Más de dos días de viaje entre grandes maletas, bolsas de plásticos, niños cansados y adultos impacientes esperaban a aquellos que se dirigían a Hanoi. La incomodidad del transporte y el esfuerzo económico que supone el viaje hacen que aquellos que vienen de las ciudades del norte sólo puedan ver a los suyos una vez al año.

Otra costumbre -de nuevo os ruego me perdonéis por la falta de fotografías- es quemar dinero en la puerta de la casa. No os preocupéis, el dinero es falso, pero su quema supone una ofrenda simbólica que pocos dejan de hacer. También relacionada con el dinero, aunque esta vez dinero de verdad, está la costumbre de regalar pequeñas cantidades a las personas que quieres. No es dinero para gastos; es un detalle simbólico que como tal ha de ser considerado y tratado: no se puede gastar. Habitualmente se introduce en unos sobrecitos de color rojo (el TET y el rojo están muy relacionados, según veo), algunos de los cuales llevan impeso el mensaje más oído -y leído- en el país durante estos días: chúc mừng năm mới (Feliz año nuevo)

Algo más: Durante la guerra de Vietnam (aquí, guerra americana), las fiestas del TET fueron utilizadas como parte de una meticulosa maniobra de distracción, que incluía pequeñas ofensivas en los días previos a la celebración -con el objeto de desacreditar las informaciones de los servicios secretos norteamericanos- y una operación con más de 84.000 soldados implicados en la que, coinidiendo con el día grande, se atacaron importantes posiciones del enemigo. Os invito a leer los detalles en el vínculo siguiente: http://es.wikipedia.org/wiki/Ofensiva_del_Tet Aquella maniobra militar hizo aún más famoso este evento en este extraño e interesantísimo país.

En cuanto a mí, aprovechando las vacaciones de una semana que se me presentaban, tuve una primera tentación de viajar a Tailandia o Malasia, pero tanto la dueña del hotel (Mien) como uno de mis mejores compañeros vietnamitas me aconsejaron encarecidamente quedarme y vivir las celebraciones.

Y vaya si lo he hecho.

Desde el primer día no he parado de vivir experiencias magníficas. Como os he dicho, una de las costumbres es organizar grandes reuniones en las que la alegría, la generosidad y la buena convivencia han de estar presentes. De esta forma, en mi primer día de vacaciones me dijo Mien que los vecinos la habían invitado a comer, y que me fuera con ella pues querían conocerme. Me había quedado en el país para ello, así que venciendo algunas reticencias sobre la comida y la bebida -los de Sanidad Exterior te meten demasiado miedo en el cuerpo- me dispuse a comer con mis nuevos vecinos. Para llegar a su casa hay que atravesar un solar abandonado que hay junto al hotel, meterse en un callejón de unos dos metros de ancho que tiene por toda decoración la ropa tendida de los vecinos y el elegante marrón anaranjado de una puerta de garaje oxidada, y doblar una descuidada esquina tras la que aparece la poco elegante pero acogedora casa de mis vecinos (ya os contaré, a estas alturas sus hijas me llaman tío, y la madre, hermano menor; ya ni recuerdo cuántas veces he comido con ellos)

Sobre la comida os contaré más cosas en una entrada específica que haré algún día de estos, pero me sigo manteniendo en que es muy buena y saludable. Eso sí, comer en casa de los vietnamitas no es comer en un restaurante del centro, y tienes que habiturate a que todos cojan la verdura con las manos en un mismo plato, que te sirvan con sus propios palillos trozos de comida en tu cuenco y que, la mayoría de las veces, no sepas qué te estás comiendo. Una vez habituado a ello, se pasan unos ratos estupendos. Para ellos, ver que un occidental se sienta en el suelo a compartir la comida hecha por ellos sin menospreciar nada e intentando aprender las costumbres locales es, simplemtente, el mejor regalo que se les puede hacer.

Pues bien, en esa primera comida se encontraban presentes algunos amigos de los vecinos, con los que rápidamente hice amistad, aunque fuera a través de la traducción de los pocos que chapurrean inlés. Y... voila!, todos querían que el extranjero comiera con ellos un día en su casa. Así las cosas, me he pasado una semana comiendo en casas de gente que apenas me conocía, sentándome en suelos de mil colores y tragándome mil variedades de vegetales, platos a base de gallina o pollo y pasteles de arroz.

El 25 por la noche mi entrañable casera, Mien, me llevó al centro y allí, frente a la ópera, vivimos la cuenta atrás hacia el año nuevo, entre los gritos de alegría y felicitación de decenas de miles de personas que colapsaban calles y avenidas ávidos de contemplar los fuegos artificiales y los globos de colores que surcaron el aire tras el último segundo del año. Tras ello, Mien me pidió un favor: los budistas han de rezar exponiendo sus deseos y recordando a sus muertos en cuanto empieza el año. Así, me pidió que la esperara en el taxi mientras ella iba a una abarrotada pagoda a ofrecer una velas y rezar a Buda. Me habría parecido impresentable, tras tantas atenciones, haber despreciado su necesidad, por lo tanto, no sólo no me importó esperarla, sino que me apeé y me fui con ella a acompañarla en sus ritos religiosos. En la pagoda que escogió Mien había cientos de personas. Todas seguían el mismo ritual: compraban esas velas en forma de varilla, las encendían, las iban poniendo ante diferentes altares y se arrodillaban, inclinando el cuerpo una y otra vez hasta casi tocar con la frente las sucias alfombras sobre las que miles de personas rezarían aquella noche.

Las escenas eran sobrecogedoras. El aire estaba totalmente saturado del humo desprendido por las velas, y los olores de las hierbas aromáticas que se consumían en puntos estratégicos se mezclaban con el polvo del suelo y el olor de las masas. Muchos lloraban, otros permanecían totalmente callados, mirando sin pestañear a las figuras que tenían ante ellos. Algunos movían los labios mientras rezaban en voz baja y yo, destacando como un oso negro en un paisaje nevado, observaba respetuosamente lo que hacía Mien y lo repetía con esmero. Sí. Recé. Este país ha conseguido que en dos ocasiones haya rezado. Sin saber a quién, pero rezando, al fin y al cabo.

Además, he paseado. He andado horas y horas, me he empapado en sudor bajo este sol inclemente observando a los saigonitas mientras arreglaban sus casas, hacían sus ofrendas o se sentaban a la sombra bebiendo café helado. Sólo en estas fechas se puede uno encontrar calles semivacías en esta inmensa urbe. El sol, los adornos, ciudadanos quemando dinero a las puertas de sus casas, olor a velas y a comida, silencio en las calles y un extraño extranjero caminando embelesado por las calles más pobres de la ciudad.

Algo digno de vivir.