domingo, 8 de abril de 2012

POR LOS CALLEJONES.

Señora luciendo la típica dentadura oscurecida, de moda hasta mediados del sigo XX en el norte, vende pan, patatas fritas, café y otras bebidas en un callejón que viene a desembocar junto al número 59 de Hang Bo, en el "Old Quarter" de Hanoi.

Ya sabéis que una de mis aficiones es echarme la cámara al hombro y montarme en la bici para encontrar cosas interesantes que contaros o imágenes que mostraros a través de mi pequeña ventanita al mundo.

Como todo es diferente, todo es atractivo, intrigante o pintoresco, y si no es nada de lo anterior -la pobreza y el sufrimiento quizás encajen más con la definición de inquietante-, al menos se pueden sacar lecciones de lo que te rodea en este país cuando te dedicas a husmear en los rincones.

Y eso es precisamente lo que he hecho últimamente. Husmear por los callejones para contaros cosas sobre este micromundo que es el hábitat de la mayor parte de los habitantes de las grandes ciudades de Vietnam.


Ni un metro de ancho. Truong Chin. HCMC.

Como ya sabéis, la ordenación urbana no ha sido una preocupación tradicional en el país. De hecho, a pesar de que empiezan a detectarse los primeros esfuerzos por proporcionar un crecimiento ordenado y sostenible, la falta de medios de control, la popularidad de la construcción ilegal y la cultura arquitectónica de casas estrechas y alargadas, dan al traste con las buenas intenciones, y todavía se ven zonas en construcción donde las casas se disponen en grandes manzanas atravesadas por decenas de estas minúsculas vías que en ocasiones apenas alcanzan el metro de ancho.

La reacción inicial es de respeto o, si me apuráis, de miedo. No es de particular atractivo para un extranjero recién llegado al país el meterse en un callejón oscuro en el que cualquier posibilidad de escapatoria puede ser fácilmente eliminada y bajo cuyas sombras cualquier movimiento adquiere un aire siniestro.

Sin embargo, estos callejones no son más que la única foma de acceder a las viviendas de muchísimos vietnamitas, y esconden bajo su lúgubre apariencia pequeños oasis de zonas frescas que el sol nunca castiga, divertidos pasadizos donde jugar a la pelota o montar en bici puede tener entretenidas dificultades añadidas, o un importante examen de pericia cuando los paisanos hacen pasar por ellos todo tipo de vehículos con inexplicable destreza.

En definitiva, un submundo dentro de la masa urbana donde el sol, el ruido y la polvareda dan una pequeña tregua a sus habitantes, unos puntos en los que los olores de las cocinas, los sonidos de la actividad casera o la impudorosa falta de privacidad dan al observador una oportunidad única para conocer un poco más a estas gentes, sus intereses, sus constumbres, sus inquietudes y sus reacciones.

Espero que os gusten las fotos. Las tomé pensando en vosotros.

Un pequeño toldo, un puesto portátil, y ya tenemos un bar. Un negocio muy
adecuado en un punto de paso obligado para decenas y decenas de viandantes.
Niños juegan a la pelota mientras una vendedora de naranjas se aproxima con su carro.



Vecinos miran al ciclista fotógrafo...
Bonito colorido entre las plantas y una especie de bar. Una escena muy típica.


Los Voladizos, una solución inteligente:

Cuando el espacio escasea, la familia crece y la casa de enfrente se sitúa a poco más de un metro, la única forma de ganar algo de superficie útil son los voladizos de las plantas superiores. Esto, a la vez que da algo más de sombra que es siempre de agradecer, refuerza la impresión de confinamiento y, como en los casos que véis, puede situar tu balcón a sólo centímetros del del vecino de enfrente, en peculiar arcada que cierra tan extraña composición.



El voladizo, la única forma de ganar espacio.



Otro ejemplo.


¡Ups! Nos hemos pasado de longitud, niño...


Personajes entrañables:

Quiero hacer un apartado con algunos de los Saigonitas que en estos días de excursión por los callejones me han dejado un recuerdo especial. Por simpáticos, por amables, por quere salir en las fotos... cada uno por una razón. Todos geniales.

Va por ellos.



Este caballero me pidió una foto... ¡con la bici!



Simpático abuelo que se ha traído el sofá a la calle. Probablemente,
la única manera de aguantar el sofocante calor y echar un cigarrito.


Encantadora esta señora a la que compré un bizcocho. Le dije que iba a salir muy
 guapa, y fijaos que sonrisa más simpática me dedicó.


Esta vendedora me regaló un plátano. Estaba delicioso.

Lo de este paisano fue muy simpático. Estaba tumbado en su hamaca cuando
quise hacerle la foto, pero se levantó y se puso firme como un soldado. No hubo
manera de explicarle que yo prefería hacerle la foto en la hamaca...









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