domingo, 2 de enero de 2011

FIN DE AÑO EN HONG KONG

Hoy os hablaré de esta maravillosa ciudad en la que he pasado cuatro días viviendo experiencias tan distintas como viajar en tranvía por las atestadas calles del centro, en un bosque de rascacielos, navegar a una pacífica y silenciosa isla llena de exhuberante vegetación y relajantes playas de arena blanca, o hacer compras en lujosos centros comerciales rodeados de coloridos anuncios de neón.
Unos días inolvidables.


¡FELIZ 2011 A TODOS!










UN POCO DE HISTORIA.

La historia reciente de Hong Kong explica su actual estatus de Región Administrativa Especial dentro de la República Popular China, disfrutando de una libertad económica y cultural sin parangón dentro del gigante Asiático, sólo seguida por Macao y Cantón. La razón, la dominación Británica que tuvo lugar desde 1842 hasta 1997 (una parte, la peninsular, junto a los llamados nuevos territorios, se incorporaron algo más tarde, en 1898).




Esta influencia británica ha dejado claras huellas: la organización económica, mucho más liberal que la del resto de China, posibilitó el fácil establecimiento de empresas extranjeras y el intercambio económico, lo cual, unido a su estratégica situación en la puerta de China hacia el mar que la conecta con el Sureste Asiático y, en general, el resto del mundo, y su privilegiada bahía de aguas profundas, que permiten la operación de barcos de gran calado, la han convertido en la decimoprimera ciudad entre las de economía más importante, y el segundo mercado de valores más importante de Asia, tras el de Tokyo.
Con este poderío económico, no es de extrañar que se haya producido un
a masiva afluencia de trabajadores de la China continental, especialmente en la última década, lo cual la han convertido en la cuarta ciudad con mayor densidad de población del mundo, factor que, unido a la escasez de terreno edificable, ha resultado en la segunda urbe con mayor número de rascacielos del mundo, tan sólo por detrás de Nueva York.

Ahí queda eso.

Así las cosas, es fácil entender que HK sea una vorágine de gentes que van de un lado a otro sin parar, a una velocidad espectacular y en un entorno continuamente cambiante (como el terreno se revaloriza tanto, edificios que no eran excesivamente altos son derribados para construir en su lugar enormes rascacielos). Su poderío financiero da a HK una apariencia totalmente diferente al concepto que tenemos de China, y es que sus calles están plagadas de tiendas de marcas archi-costosas, boutiques de todo tipo y centros comerciales en los que evaporar los euros es tan fácil como atravesar la ciudad en el rápido y moderno metro MTR.




GEOGRAFÍA. PARA ORIENTARNOS.

Para no extendernos demasiado, como podéis ver HK tiene una parte continental (la península, al norte), y una insular plagada de pequeñas islas con sus más significativas unidades al sur (isla de HK) y al suroeste (isla de Lantau). Lo más destacado en términos de ciudad (compras, espectáculos, restaurantes, cultura) ocurre en el norte de la isla de HK y el sur de la península (Kowloon), que es el área que ocupa la urbe. Esta peculiar distribución a ambos lados de fragmentos del madel Sur de China le proporciona a HK una de sus características más destacables, que es la bahía de HK. Esta bahía puede ser contemplada desde ambas orillas y ofrece fantásticas vistas de rascacielos sobre el agua, que recuerdan a las imágnenes que todos conocemos de la isla de Manhatan. Vista desde la península -en concreto, desde la avenida de las estrellas, cerca del hito número 19 en el mapa- ofrece una espectacular estampa de la zona más densamente edificada asomándose al mar en su continuo e imposible crecimiento.
Todas las noches a las 8:30, desde la mencionada avenida de las estrellas, en su punto más septentrional, tendréis oportunidad de ver un espectáculo de luces, música y narración en el que haces de luz de diferentes colores se combinan con juegos de iluminación de los edificios más significativos. Si bien ecológicamente puede ser considerado una aberración por el consumo energético, lo cierto es que el show es digno de ver, y prueba de ello son los cientos de personas que se agolpan en las zonas habilitadas para ello, tomando fotos, grabando vídeos y arrastrando trípodes por doquier. Gritos de admiración se oyen en determinados momentos (ohhhh).

Hay que verlo.


PLANEAR EL VIAJE.

Para planear el viaje existe una herramienta fantástica en la red, creada por la agencia oficial de turismo de HK, y cuyo enlace os pongo aquí (ya está seleccionada la página en Español): http://www.discoverhongkong.com/spanish/index.html  En este sitio tendréis oportunidad de consultar notas útiles, fotos, referencias, mapas, formas de contacto... pero sobre todo es útil el primer apartado "Preparación del viaje" que con una operativa muy sencilla te pregunta cuándo llegas (día y hora) y cuándo regresas. Y en un momento calcula las visitas que por tiempo, distancia e importancia, te pueden resultar más interesantes. Te hace un programa que puedes imprimir y, si no tienes ganas de complicarte la vida, pudes seguir al pie de la letra para conocer la ciudad.
A mí me sirvió de mucho; un 60% de mis visitas las organicé exactamente tal y como me sugirió la paginita, y el resto lo dejé a la improvisación y la consulta con otros sitios.

ARQUITECTURA DE ALTOS VUELOS.

A muchos de los que hayáis estado en ciudades con rascacielos os habrá venido a la mente la misma idea: ¿Dónde para esto? Está claro que con las técnicas de diseño y construcción actuales -especialmente por los materiales y soluciones estructurales- el límite de altura no está muy lejos de lo que se viene viendo en la última década: no hemos evolucionado lo suficiente para continuar con la evolución de crecimiento que se dio en los setenta y ochenta en EEUU y algunas ciudades europeas como Franckfurt. Por lo tanto, más que competir en altura, se compite en diseño. No sólo hay que ser alto; además hay que ser guapo, elegante y original (conclusión: con los rascacielos pasa como con la tías...) Y esta carrera por la innovación, la elegancia y el deseo de marcar la diferencia hace que en ciudades como Hong Kong -al igual que en Saigón o Ha Noi, por hablar de Vietnam- se puedan ver edificios de inverosímil viabilidad que buscan continuamente la sorpresa del observador. El resultado, un aprovechamiento al límite de la técnica en diseño estructural, los materiales de fachadas y los métodos constructivos para terminar en una estética sencillamente fascinante.  Os dejo unas fotos en las que mi corazoncito de Ingeniero apretó el disparador.

A ver qué os parecen.











EL DING-DING. UNA FORMA GENIAL DE CONOCER LA CIUDAD.

En la página web de la que os he hablado tuve la oportunidad de enterarme de que un simpático tranvía conocido como¨"Ding Ding" recorre la Isla de HK de este a oeste (y viceversa), ofreciendo una particularidad en cada parada que, si se estudia con cierta anticipación, proporciona una mañana encantadora en la que disfrutar de los encantos propios de cada área alrededor de cada apeadero (http://www.discoverhongkong.com/tramguide/eng/index.jsp sólo en Inglés, lo siento). Así, podréis conocer desde barrios obreros en los que entrar a comprar en una tienda es, además de una aventura por la cuestión del lenguaje, una de las pocas actividades que no te dejarán el bolsillo tiritando, hasta los puntos con mejor variedad culinaria, pasando por las mejores zonas de compras de altos vuelos o los mercados callejeros con las gangas más atractivas.

El método es muy sencillo: cada vez que te bajas del Ding Ding tienes que pagar 2 HK dollars (unos 20 céntimos de euro), lo cual puedes hacer usando la cantidad exacta o, mucho más fácil, la tarjeta electrónica "Octopus", de la que hablaremos pronto. De esta forma, el Ding Ding es un medio de transporte muy barato para quienes lo usan para moverse de un extremo a otro, o en largos recorridos, y bajar en cada una de las catorce estaciones, como os propongo aquí e hice yo, sólo cuesta unos 3 euros en total. Más que aceptable en una ciudad donde los precios se sitúan más alto que las cubiertas de sus edificios.

Aquí tenéis un mapa del recorrido con sus paradas. Para el detalle de lo que ver en cada zona, lo mejor es consultar el último enlace que os he dejado, donde veréis fotos, recomendaciones, direcciones, etc.

Esperando al tranvía en la estación "Central"

Una librería en los alrededores de Kennedy Town Stop.
Lo pasé muy bien comprando agendas, calendarios, etc,
a precio de ganga.

Si no estás en el centro, todo aparecerá en Chino. ¿Alguien se
entera de algo?













Pollos que se venden horas después de asados. Algo que
también se come en Vietnam y que es propio de todos los
países de influencia China.

El interior del Ding-Ding


Se venden Serpientes secas en tiendas
de Sheung Wang

Wan Chai, donde puedes comprar aletas de tiburón a prcios
increíbles:hasta 350 euros el kilo.

Yo no sé quién se comerá los caballitos de mar, pero en Wan Chai
los puedes comprar.


Comprando Té en Tin Hau



LA ISLA DE LANTAU




Con 147 kilómetros cuadrados, la isla de Lantau, situada al Oeste de la isla de HK, la dobla aproximadamente en tamaño y es la sexta mayor de China.
Como particularidades de esta isla, decir que el moderno y eficiente aeropuerto Internacional de HK se encuentra en ella, lo que le proporciona infraestructuras de última generación, y que su densidad de población, debido a las distancias con la gran ciudad, es irrisoria (con doble superficie, la isla cuenta con unos 45.000 habitantes, por los 1.400.000  que habitan la gran urbe). Con estos datos, es fácil entender que en Lantau nos encontremos grandes zonas de bosque con maravillosas rutas de senderismo por las que perderse en largas caminatas.
Quizás sea por esta obscena ostentación de terreno disponible por lo que Disney Land Hong Kong haya decidido instalarse aquí, añadiendo uno más a los ya suficientes puntos de interés que la isla ofrece; a saber, el Budha sentado más grande del mundo, un interesante monasterio y una aldea pesquera, a los que se llega a través de un teleférico de casi seis kilómetros de recorrido que ofrece fantásticas panorámicas.
Lo mejor para visitar Lantau es salir temprano y pillar el MTR hasta la parada de Tung Chung, en la línea naranja. Después se caminan unos 100 metros entre una serie de rascacielos residenciales probablemente nacidos a raíz de la construcción de la estación y del teleférico, y se llega a la parada del "Cable Car".

La cola es insoportable.

Existen dos tipos de cabina: la normal y la panorámica "glass cabin" con suelo de cristal que permite mejores vistas, aunque no es nada del otro mundo. La ventaja que ofrece es que se compran en filas separadas, y como la panorámica es algo más cara, menos gente embarca en ella. Es la única forma de ahorrarse algo de tiempo en las desesperantes colas que se organizan...

Otra posibilidad, que de haber dispuesto de más tiempo me habría encantado probar, es hacer el camino a pie, por un sendero de madera que salva el importante desnivel que existe entre la estación del "Cable Car" y la estatua del Budha. Desde el teleférico tuve la oportunidad de ver cómo algunos atrevidos subían por el camino en lo que se me antojó una fatigosa pero encantadora experiencia. El camino aparece y desaparece serpenteando entre los árboles, y tras la altiplanicie en la que podemos visitar la estatua de Budha, continúa hasta, si queremos, llegar al pico más alto de la Isla, a 914 metros sobre el nivel del mar.

No dejéis de hacerlo si os gusta el montañismo y tenéis tiempo.

Es pasados unos cinco minutos, cuando la atención deja de dedicarse a las magníficas vistas sobre el aeropuerto y sus aviones aterrizando al borde del mar, y justo tras un pico que dificulta la visión, que aparece su enorme figura. Con 34 metros de alto y 250 toneladas de peso, el Budha de Tian Tan es, cuando menos, impresionante. Desde que desembarcas del teleférico su presencia lo domina todo, y tienes la sensación de que vigila a cada uno de los visitantes que se mueven por entre las calles de una especie de pueblo que se ha organizado en torno a la llegada de los turistas, con tiendas, restaurantes, juegos...

Tras el acoso consumista, un pequeño paseo lleno de jardineras y estatuas nos lleva al pié de las escaleras en las que 238 escalones nos acercarán a la figura del coloso, que, por razones que ignoro, está orientado hacia el norte, ofreciendo así una expresión eternamente sombría y apenas revelando su silueta a las miles de cámaras que intentan captarlo a diario. A su alrededor, seis estatias de sendas Divas le ofrecen productos que simbolizan las virtudes para alcanzar el Karma... la que véis en la foto está ofreciéndole fruta, cuya virtud asociada para alcanzar el Karma desconozco (¿ausencia de colesterol, quizás?)


Tras bajar de la visita al Budha, en cinco minutos llegamos al Monasterio de Po Lin, donde por unos 10 euros podemos "disfrutar" de un almuerzo vegetariano al estilo del que los mojes -se supone- han estado comiendo durante siglos.
He comido cosas mejores.
Es interesante, sobre todo para aquellos que no hayan estado en contacto con templos o pagodas, la enorme zona de rezos frente al monasterio, donde hay tantas varillas de incienso encendidas que más que en HK te parece estar a las orillas del Támesis en una mañana de invierno. Algunos devotos se paran a rezar con las varillas entre la manos y los ojos llorosos por el humo o la emoción. El interior del monasterio es también interesante, con un colorido al que ya estoy acostumbrado, pero que siempre resulta agradable.

Tras esta visita tenéis dos opciones, que son la visita a la aldea pesquera (al estilo Tailandés, con mercados flotantes) o dar un pequeño paseo por las rutas de senderismo que surcan por doquier las vastas extensiones naturales de la isla. En mi caso, dado que en un par de ocasiones he visitado aldeas pesqueras en Tailandia, decidí darme una caminta por la sierra, a lo cual dediqué dos horas y de lo que no me arrepiento en absoluto. Las fotos hablarán más que yo.


Acceso a uno de los caminos que llevan al punto más alto de la
isla, a casi un kilómetro sobre el nivel del mar.

Las vistas son indescriptibles


Unos postes de piedra con leyendas talladas en caracteres chinos
se yerguen en medio de la montaña, dando un aire prehistórico
tipo Stonehenge oriental al lugar.


EL PEAK TRAM, O TRANVÍA DEL PICO VICTORIA.


La historia de este tranvía es curiosa. A ver si soy capaz de resumir todas las cosas que he leído y oído sin liarme...

El clima de HK es tropical, con gran humedad y altas temperaturas durante una gran parte del año, que lo convertían en ciertamente inhóspito para la mayoría de los malacostumbrados colonos británicos del siglo XIX. Fue por esta razón que ciertas familias adineradas empezaron a considerar el picoVictoria (Victoria Peak), a 552 m sobre el nivel del mar, como una alternativa al bochorno de las zonas bajas durante el estío. Así, en 1968 el Governador Sir Richard MacDonell se hizo construir su vivienda de verano en lo alto del monte, para lo cual contó con el sofisticado medio de transporte que podéis ver a continuación: la Silla Sedán. Dos chinitos con los hombros como tomates cargando con el Sir Governador parriba y pabajo. Toma castaña...
El caso es que la cosa creó tendencia, y las clases altas de la sociedad colonial empezaron a mudarse a la zona (tanto es así que en el año 1904 se declaró el picoVictoria como lugar exclusivo para la residencia de expatriados) Fue por esto que en el año 1881 Sir Jonh ope-Hennessy encargó al ex empleado ferroviario Alexander Findlay Smith la construcción del tranvía que uniera el pico con las tierras bajas.

A este buen señor le llevó tres años construir el kilómetro y cuatrocientos metros, y es que, en primer lugar, hizo una labor de investigación a fondo para dar con el método ideal para la solución técnica del proyecto, viajando a San Francisco, El Vesuvio, Monterrey, Riga... a estudiar soluciones para necesidades similares. Y en segundo lugar, la construcción se hizo penosa, sin más medios que los manuales para transportar la pesada maquinaria o los tramos de ferrocarril bajo la dureza del clima y con pendientes de vértigo (el tranvía salva un desnivel de 400 metros en un recorrido de 1400, lo que significa una pendiente media de aproximadamente un 30%)

El primer modelo del Tranvía, a finales del S. XIX



Colas y colas, en HK he guardado más colas que una perrera.


Para coger el tranvía habréis de llegar a Garden Road en su extremo norte, y enseguida veréis las indicaciones y la enorme cola... de nuevo, un truco: en el pico hay un centro comercial muy chulo con un Madam Tussaud (museo de cera). Pues bien, si compráis ambas entradas juntas, tendréis cierto descuento y... ¡no hay que esperar cola! Estamos hablando de más de una hora, así que ¡ala! ¡todos al museo!

El Tranvía llega a la estación, en Garden Road.


Una vez en la cima, enseñando el tiket se tiene derecho a una visita a la cubierta del edificio, donde lo suyo es llegar al atardecer, de manera que podréis tomar fotos de día y, si lleváis trípode, de noche (como la que encabeza esta entrada, tomada por un servidor) El museo está bien, aunque no presenta nada especial si lo comparamos con los de las capitales Europeas en los que los hay (salvo cierta mayor presencia de personajes célebres Asiáticos, claro)


LA ISLA DE LAMMA.





Sin duda ésta ha sido una visita que me ha sorprendido enormemente. Y es que, antes de recopilar algo de información para el viaje, el nombre de Hong Kong sólo me traía a la mente imágenes de reacacielos, calles abarrotadas de gente o iluminadas noches de neón. Pero no, detrás de la primera impresión se esconde un mundo natural impresionante, que le proporciona a esta masa informe de hormigón y acero decenas de pequeñas islas y cientos de hectáreas de verde paisaje surcado por caminos en los que hacer senderismo y embelesarse con las vistas y los sonidos de una naturaleza que aquí se viste de forma diferente.

Y es que el 70% de la superficie de HK es parque natural. ¿Alguien se lo imaginaba?

El viaje a la isla de Lamma también lo encontré como sugerencia en la página web de la agencia oficial de turismo de HK. Si os levantáis temprano, medio día será más que suficiente para disfrutar de lo más destacado de la isla, dejando hueco a otras visitas hasta que la jornada se apague con la desaparición del sol por el oeste, tras la muralla de edificios.  

El ferry se toma en el pantalán número 4 del puerto situado al noroeste de la isla, y creo recordar que su precio no llega a los 15 HK dolars por cabeza (menos de dos euros). Para llegar allí, podéis tomar el tranvía o el metro MTR hasta la estación CENTRAL, y dar un agradable paseo de unos 15 minutos dirección noroeste. Está bastante bien indicado en los mapas que proporcionan en los hoteles o los puntos de información turísitca, así como en la señalización vial en los alrededores del puerto. Pasarelas elevadas peatonales, recubiertas de brillantes placas metálicas, os llevarán a caminar entre gigantescos edificios mientras calles llenas de vehículos van quedando atrás bajo vuestros pasos.
El Ferry no es el barco de “Vacaciones en el Mar”, y es que, turistas aparte, la mayor parte de la población que se desplaza a la isla son trabajadores o residentes que no pueden permitirse el lujo de vivir en la ciudad, con lo que el ambiente es algo más popular. Tampoco lo disfrutaréis especialmente los que seáis propensos al mareo, porque a la agitación producida por el mar se une la propia de las estelas de los grandes barcos de transporte, que convierte los 20 minutos de trayecto en un sinuoso sube y baja que no fue bien acogido por parte del pasaje que se sentaba a mi alrededor.

Terminada la travesía, un pequeño pantalán de hormigón cubierto de estructura metálica nos espera y nos conduce hacia el interior de la isla. Todo es tan bello como simple. La isla es pequeña y alargada, con lo que un camino la recorre de extremo a extremo, ramificándose en contadas ocasiones y dándonos acceso a los distintos puntos de interés. Al abandonar el pantalán, barcas de pescadores ancladas a ambos lados del mismo hacen conjunto con la maraña de bicicletas amarradas a las barandillas, esperando a que sus dueños vuelvan a montarlas tras la jornada laboral.




El camino es muy estrecho pero con mucho encanto, con construcciones de una o dos plantas a ambos lados, conteniendo viviendas y pequeños hoteles en la planta superior y tiendas y restaurantes en los bajos. Es más que aconsejable disfrutar de una mariscada en uno de estos restaurantes en los que la materia prima recorre sólo unos metros desde las barcas donde han sido pescados hasta los tanques donde serán conservados vivos para solaz de nuestros paladares.

El ambiente es muy agradable y tranquilo, especialmente conforme nos vamos alejando de la zona más densamente poblada y nos encaminamos hacia la playa, siguiendo el
primer desvío del camino hacia la izquierda, que aparece tras unos diez minutos de agradable paseo que aquellos que hayan visitado las aldeas pesqueras de Volendam y Marken, en Holanda, les trerán bonitos recuerdos. A partir de ahí, lo único que hemos de hacer es seguir las indicaciones de la playa, a la que se llega tras otros diez minutos de camino entre frondosa vegetación que, en el azul día que tuve la suerte de disfrutar, se mostraba orgullosa en su brillante reflejo de la luz del sol. Hay varios puntos en los que las ramas de ambos flancos se enlazan, enmarcando el paseo en un bonito verde por el que se cuelan sólo algunos rayos de sol.
Al final del camino que véis a la derecha, cuando ya nos hemos sorprendido con la vegetación, la comida, la coquetría de una ciudad humilde que se ve cada vez más visitada por turistas enamorados de sus encantos, y la tranquilidad que se respira a tan poca distancia de la locura de la ciudad, aparece la playa de Hung Shing Yeh. Una pequeña delicia que, si bien en la actualidad empieza a acusar la continua visita de los turistas y sus consecuencias, todavía conserva cierto aire de pequeño oasis gracias a la aún no demasiado grande afluencia de visitantes. Más que playa, podríamos calificarla como una cala grande. Arenas blancas y finas, árboles que se acercan sin timidez a la orilla y rocas de suaves superficies te obligan a pararte un rato y contemplar los detalles mientras los destellos del sol sobre la superficie te hipnotizan sin que te des cuenta (lo siento, el mar es mi debilidad, y no me importa que se me note). Tuve la oportunidad de compartir parte de mi descanso con una británcia jubilada que vive en la isla desde hace diez años. Me confesó que estaba muy decepcionada con las autoridades, por permitir que la edificación fuera ganando terreno a la naturaleza, y que cuando ella llegó a la isla ésta era un auténtico paraíso al que no llegaba nadie de fuera y en que la vida transcurría mucho más despacio que en el resto del mundo. Su mirada delataba la pena por el cambio ya sucedido en esta zona, y que, me dije para mí, probablemente no ha hecho más que empezar.

Tras un ratito de relax (en el que me hubiera dado un baño de haber tenido bañador y toalla a mano), algunas fotos y un rato respirado ese aire puro aderezado con toques de sal que sólo se puede disfrutar junto al mar, el camino de vuelta se puede hacer más descansado. Es mejor dejar las compras para ese momento, evitándonos así hacer los dos recorridos cargados de bolsas.