sábado, 19 de junio de 2010

SOLSTICIO DE VERANO EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE

Foto tomada el 21 de Junio de 2005. Cala de El Frailecillo. Conil de la Frontera. 21:50 h


Queridos -y abandonados- amigos.

A pesar del cuantioso lastre que arrastro tras de mí en mi cada vez mayor deuda literaria con vosotros, añado hoy otro motivo de espera que introduzca algo de interés a este monolítico rincón al que le sigo teniendo el mismo cariño que al principio, pero del que las cada vez más exigentes tareas a las que me dedico me tienen apartado.

Saben los más cercanos a mí que soy una persona de luz. Seguramente sea una más de las entrañables herencias que mi padre me deja: quiero sol. Me gusta despertar temprano y que la claridad ilumine mis planes, terminar de cenar y tener aún tiempo de ver atardecer. Perderme en el azul del cielo de mi tierra.

Es por esto que resultará fácil entender que para mí el día más especial del año sea el solsticio de verano. A saber, el 21 de Junio.

Ha sido tradición en la última década y media de mi vida acercarme a la playa al atardecer y seguir himnotizado el recorrido del sol hasta sumergirse en el horizonte cercanas ya las diez de la noche.

El año pasado no tuve oportunidad de acudir a mi cita. El mar de mi Cádiz querida no me encontró aquella tarde; en su lugar, el peculiar "skyline" de las afueras de Ho Chi Minh City fue todo lo que pude contemplar en aquel instante.

Este año, la cita se torna más excitante: En vez de ver el sol ponerse tarde, lo voy a ver salir temprano. En el sitio donde más temprano sale. En el punto donde el tiempo empieza a contarse, donde nuestra ficiticia barrera temporal comienza su andanza cada día:

En el Imperio del Sol Naciente.

Me voy a Japón.

Estaré allí cuatro días por trabajo. Espero traer en la mochila alguna foto que pueda interesaros. Entretanto, que alguien se vaya a alguna playa de la provincia de Cádiz y, a escasos minutos de las diez, cuando el sol se vuelva una elipse anaranjada a la que se le puede mirar cara a cara, se disculpe en mi nombre por no estar presente en tan maravilloso evento.

Disfrútelo quien pueda.


Para que veáis que no os miento, fijaos la hora a la que el sol salió en Tokio el día 20 de Junio, de acuerdo con el periódico que me dieron en el avión: las 4 y 27 minutos de la mañana... (reconozco que me levanté un poco más tarde...)









CAMINO DEL IMPERIO.


El vuelo a Japón me obligó a madrugar, pero supuso por ello una experiencia adicional: ver despertar el país desde 35.000 pies de altura a las 6 de la mañana con un cielo en buena parte despejado. Por razones que ignoro, el comienzo de la ruta fue diferente al recorrido habitual cuando se vuela hacia Ha Noi o Nha Trang, hacia el noroeste de HCMC. Durante unos cuarenta minutos sobrevolamos zonas fronterizas con Tailandia, Camboya o Laos. Es impresionante contemplar tanta extensión de vegetación. Las junglas que fueran un día devastadas por los herbicidas arrojados por los americanos ha vuelto por sus fueros, restituyendo a esta maqueta a escala real el musgo que otrora le fuera arrebatado. Los kilómetros se dejan atrás en una interminable sucesión de tonalidades verdosas. Pequeñas concentraciones de viviendas, apenas visibles bajo los árboles, y serpenteantes ríos de color marrón a veces interrumpidos por embalses son las únicas notas discordantes en la uniformidad del paisaje. Ni rastro de carreteras, líneas eléctricas, ferrocarril o parques eólicos; sólo jungla en las llanuras y bosque en las elevaciones montañosas. Cuánto terreno intacto queda todavía en este país.


Un fantástico alabeo de sesenta grados a la derecha y otros diez minutos sobrevolando zonas ligeramente más elevadas, y alcanzamos las costas del Este, en el tercio sur del país. El mar de la China nos recibe abrazado a la tierra en las largas y estrechas playas de Nha Trang. El verde da paso al azul, las montañas y los caminos, a los frentes de olas y las estelas de algunos barcos de transporte de gran calado. Con el zoom de la videocámara puedo distinguir barcas de pescadores regresando a la playa tras una madrugada de pesca, atisbo lo que podrían ser gaviotas revoloteando a su alrededor en busca de desechos que aprovechar.

El mar acapara el horizonte, por lo que deduzco que nos hemos alejado lo suficiente como para no sobrevolar el tristemente famoso golfo de Tokín, donde un turbio incidente dio a los Estados Unidos la excusa para iniciar la Guerra de Vietnam.


Una guapa azafata me pide cortésmente que baje la persiana de la ventanilla. Finalizado ya el desayuno japonés a base de pescado, verduras y fruta, el pasaje se dispone a reponerse del madrugón. Me acomodé la almohada y me uní a la mayoría mientras repasaba con los ojos cerrados las imágenes que acababa de ver. Las frases que ahora os escribo dejaron de acumularse en algún rincón de mi mente cuando sucumbí al sueño.


Desperté sólo cuarenta y cinco minutos más tarde, ayudado por los nada glamourosos sonidos que emitía mientras dormía el señor sentado detrás de mí. Levanté la persiana para comprobar que a mi izquierda, al fondo, impresionantes montañas se elevaban miles de metros, quizás los comienzos del Himalaya. Bajé la persiana justo a tiempo de evitar que la guapa azafata –con mirada reprobatoria, esta vez- me pidiera que la bajara. Empezó a ser menos guapa.

Tras varias furtivas elevaciones de persiana sin grandes descubrimientos, me encontré con que pasábamos sobre un conjunto de pequeñas islas de las que pueblan a millares el Océano Pacífico. Con dimensiones máximas que apenas superarían el kilómetro, playas de arenas blancas y grandes extensiones de agua turquesa envolvían su perímetro. Algunas de ellas mostraban pistas de aterrizaje que las atravesaban prácticamente de punta a punta, y sus aguas eran surcadas por algunas embarcaciones que se me antojaron de recreo. En otras -la mayoría- sólo algunas pequeñas construcciones jalonaban determinados puntos de la costa, dando al resto de la superficie un aspecto salvaje y paradisíaco que me hizo soñar con atardeceres entre palmeras, horas de colorido submarinismo y guapas indígenas de pelo largo y piel brillante…


Necesito unas vacaciones.


El resto del vuelo transcurrió entre capas de nubes bajas y altas, con lo que nos encontramos volando entre un "sandwich" blanco que impedía cualquier visión. Sólo cuando enfilamos la pista en la senda de planeo atravesamos la capa de nubes bajas justo a tiempo de ver aparecer la nayor isla de este archipiélago que es Japón, luciendo unas poco atractivas playas de arena grisácea, enormes superficies de zonas industriales y multitud de campos de golf en los alrededores del aeropuerto internacional de Tokyo-Narita.


YOKOHAMA Y TOKIO. DOS REALIDADES DIFERENTES



Las oficinas de mi empresa se encuentran en Yokohama, ciudad satélite de Tokiyo y acttualmente colindante ésta. Fue ésa la razón por la que la mayor parte de los pequeños ratos de ocio sacados a los cuatro días que he pasado trabajando en el país los haya disfrutado en Yokohama, con sólo una fugaz escapada par cenar a la capital para poder decir que estuve allí...




Tokyo.


Tokyo es una de las mayores y más activas ciudades del planeta. El milagro económico llevado a cabo por los japoneses en los sesenta y los setenta, conviertiendo un país devastado por las guerras en la primera potencia mundial en tecnilogía y la segunda en economía, tuvo mucho que ver con la apuesta gubernamental por el desarrollo tecnológico, las infraestructuras y los negocios de manufactura, que concentró gran cantidad de factorías en torno a la capital y desembocó en un crecimiento desorbitado que la condujo a su actual población en torno a los 13 millones de habitantes (en 1965 era la ciudad más poblada del mundo)

Allí fui por la noche, tras el primer día de las jornadas de trabajo en gestión de construcción, con dos ingenieros muy simpáticos y la secretaria del director general, con el que almorzaría al día siguiente. Lo primero que me impactó fue tener que pasar tres cuartos de hora atravesando ciudad en un abarrotado tren express que no para en estaciones intermedias y que se mueve a aproximadamente 70 km/h. Pero al llegar al centro -cuyo nombre, lo siento, ni recuerdo ni podría escribir por tener sólo un plano en Japonés- un espectáculo de rascacielos, luces, infrestructuras en el límite de lo irreal y miles de negocios con coloridos anuncios me esperaban para recibir mi estupefacta reacción. La ciudad se mueve cual grabación acelerada en un 30%. Vehículos, semáforos, hombres de negocios, gente en bicicleta, peatones... todo parece desplazarse a una velociad superior a la normal. Eso sí, dentro de un orden, limpieza y respeto inimaginables en tal entorno. Sólo puede llegar al atardecer, con lo que la mayoría de las fotos que tomé son de noche. Disculpad la falta de claridad y calidad.



Mis colegas me llevaron a un famoso restaurante en el que George Bush comió en la última visita oficial que prestó al país, y que es foco de comidas de personajes ilustres. Es en los restaurantes de los países de origen donde descubres cuán pobre es la comida que tu tierra te venden como típica de esos lugares. La verdad, anunque similar en algunos aspectos a los restaurantes japoneses que he conocido en nuestro continente, el sabor, el ambiente y la liturgia oriental sólo pueden vivirse aquí.


Los zapatos a un lado, nos acomodamos en el típico entarimado donde un hueco invisible bajo la mesa te permite sentarte normalmente pero hace que, observado desde fuera, parezca que estás sentado en el suelo. Eso sí se ve en los "japoneses" de barrio europeo. Un incontable número de pequeñas fuentes cargadas de pescado crudo, verduras, sopas, arroz cocido con frituras de verduras (tempuras), carnes a la plancha y exquisitas bebidas a base de néctar de flores, acompañadas del fuerte pero digestivo Sake, cambiaron mi concepción de la gastronomía Japonesa en cuestión de un par de horas.


Una curiosidad: al atún que aquí se come crudo y que me pareció exquisito, lo llaman "bonito". ¿Por qué será?


La experiencia fue fantástica, pues a la delciciosa degustación se unió una interesane charla sobre las culturas de tres países: Japón, España y Vietnam. Aprendizaje, camaradería y muchas risas rodearon una noche en la que conseguí olvidar el trabajo pendiente que me esperaba a la vuelta al hotel (no han sido los cuatro días de mayor cantidad de sueño en mucho tiempo, y no precisamente por ir de fiesta).


Al salir del restaurante, el calor del Sake en el estómago, los exquisitos sabores aún acariciándome y la interesante charla fresca en mi mente, aquél aquelarre de colores, luces, ruidos, edificios imposibles y masas ingentes se me antojó más agradable y excitante, a la vez que me hizo recordar la calidad de vida en mi Jerez de la Frontera natal, sin atascos, metros atestados de viajeros somnolientos, precios astronómicos y con cercanas playas adonde llegar en diez minutos.


Yokohama.


Yokohama empezó como anexo industrial de Tokio, y su rápido crecimiento la llevó a la vez a convertirse en la segunda mayor ciudad del país y en un residencia de todos aquellos que prefieren escapar de la locura de la capital y aopstar por algo más de tranquilidad en un núcleo urbanísitico que, a pesar de acoger a casi cuatro millones de personas, se intenta desarrollar siguiendo los modernos patrones de ciudad jardín, con zonas verdes y espacios abiertos tratando de abrirse hueco entre impresionantes rascacielos residenciales o de oficinas. Sólo me moví por el centro, en los alrededores de la oficina, con lo cual no sé si mis conclusiones son extrapolables al resto de la ciudad. Por el momento podría decir de Yokohama que transmite un ambiente equilibrado pero exclusivo: bellos parques, familias paseando en bicicleta, niñeras observando a los chavales jugar sobre el césped y armoniosas proporciones en vías no excesivamente congestionadas. Pero con una pinta de caro que me recordó a los elitistas condominios de Singapur.


Mención especial merece un parque de atracciones desde cuya noria se puede apreciar la ciudad en primer plano y el adyadente Tokyo perdiéndose en el horizonte, todo estructurado por una impecable red de infraestructuras que, a pesar de todo, se queda corta para tanto japonés...



EL PAÍS DE LA ELECTRÓNICA.

Ejemplos podría daros muchísimos. Desde los robots-policía que no son más que muñecos vestidos de policía que hacen determinados movimientos de forma programada para que no los distingas de los de verdad y bajes la velocidad, hasta los taxis cuya puerta se abre y cierra sola para no hacer al taxista abandonar su puesto, pasando por mil detalles sorprendentes.

Pero uno de ellos llamó mi atención sobre todo lo demás. Uno de ellos cambió mi vida durante los días que estuve en el hotel. Uno de ellos me marcó para siempre....

¡EL RETRETE CIBERNÉTICO!

Como os digo, este invento ha marcado un antes y un después en mi vida. En Asia es muy típico que, en vez de bidé, junto al retrete haya una mangerita de pequeña longitud con un grifo de gatillo al final. Se apunta con la manguera al punto elegido y se aprieta el gatillo. Aguita fresca y caudal abundante.

Una solución brillante...

Pues bien. En Japón, como no podía ser de otra manera, tienen este tipo de elementos... pero electrónicos. Cuando, una vez sentadito en el trono, reparé en el cuadro de controles por primera vez, me pareció haber cumplido my sueño y estar sentado a los mandos de un F-18.

Pero no. Era el retrete, que tenía más botones que una camisa de Gasol.

El bicho había detectado mi presencia (la verdad, tengo perfiles más fotogénicos) y se había encendido automáticamente, indicándome con dos luces destellantes que la temperatura seleccionada para el asiento era baja, y que estaba en modo "preparación".

¿Preparación? ¿cómo sabe éste que estoy en modo preparación? ¡Pues claro que estoy en modo preparación, listo, si no no me habría sentado aquí! ¡Llevo en modo preparación desde que me monté en el taxi!

Pero no se refería a mí. Se refería a la preparación de la temperatura del asiento y de los chorritos de agua...
Transcurridos unos segundos, y ya más relajado, empecé a curiosear los botones, ya más consciente de lo que tenía junto a mí. "Control de fuerza del chorro" "Modo ducha" "Modo bidé"
"Bueno... habrá que probarlo, ¿no?" Así pues, mi dedo tembloroso de la emoción se desplazó hacia el botón "ducha".

¡¡¡¡¡¡OOOOOOHHHHHHH!!!!!!!

Un ruidito sibilante delató el comienzo del movimiento de un pitorrito que sale de debajo de la parte trasera del asiento en concienzuda búsqueda de su objetivo. No sé cuántos fisiólogos habrán trabajado en el invento, pero el caso es que el pitorrito se detiene en el espacio en el punto justo para apuntar su chorro y dar en el blanco. ¡Pero justito, justito en el blanco!

Que maravilla...

Entonces me puse a probar otros botones: variación de la fuerza del chorrito, modificación de la temperatura... así hasta que me pudo la curiosidad y apreté el botón "bidé". Sé que no debía haberlo hecho, pues en el botón aparece claramente la figura de una mujer, pero leches, me pudo la curiosidad.

Es en ese instante cuando el pitorrito detiene su flujo limpiador y comienza su denodada búsqueda del nuevo objetivo, obviamente no masculino (empecé a sentirme identificado con el aparatito en cuestión). Para ello, un segundo pitorro con la boquilla más ancha se desplaza unos dos centímetros allende el punto donde su compañero se detuvo para el servicio unisex, y comienza una duchita más suave y calentita.

En mi caso, como hombre que soy, la ducha suave y calentita no encontró el objeto esperado. Por momentos me vinieron a la mente imágnes de esos boxeadores que le pegan rítmicamente a una especie de melón de goma anclado al techo, que como consecuencia de los golpes se mueve armónicamente hacia delante y hacia atrás...

Pitorrito boxeador...

Os dejo una foto en la que se puede ver el cuadro de mandos que confundí con el F 18, y otra en la que los dos pitorritos, en posición de descanso, aguardan pacientemente prestos a realizar su próximo servicio.

Saludos a todos; espero que los vídeos y las fotos os aporten una visión adicional de este país que he de visitar con más tiempo para hacer turismo y contaros cosas interesantes.


Hasta la próxima excursión. Esta vez, un destino espectacular en medio de la jungla del noreste te Vietnam. Os va a encantar.