domingo, 3 de mayo de 2009

LA GUERRA DE VIETNAM II. EL AGENTE NARANJA


Queridos todos, permitidme que hoy me salte el orden lógico de la narración. Permitidme que empiece la casa por el tejado y dé salida a las palabras que llevan toda la tarde hirviendo en mi cabeza. Dejadme prescindir de la lógica en esta noche en la que esa palabra ha perdido el significado.

Llevo unos días leyendo la historia del agente naranja. Quería hacerlo desde hacía varias semanas, desde la primera vez que vi por la calle a una de las víctimas de este horrible producto. Al fin, hace unos días, pude iniciar un viaje por la red con paradas en todas las estaciones de información aparentemente fidedigna. Intentaba así componer una historia coherente, y explicaros cómo el uso de un producto desfoliante para arrasar las junglas que proporcionaban escondite a los Viet-Cong, se convirtió en una de las atrocidades más grandes cometidas en la historia de las guerras. Un capítulo que sigue vivo. Un horror que sigue creando víctimas más de treinta años después de la retirada de los americanos. Ésa que vi celebrar antes de ayer, en Hanoi, ante las luces y espectáculos callejeros que nos recordaban que el día 30 de abril de 1975 el todopoderoso ejército de los EEUU abandonó el país. Perdiendo la guerra y dejando tras de sí un rastro de horrores.

El porqué de no empezar desde el principio es muy sencillo: hoy he estado en el hospital Tu Dú, en Ho Chi Minh City. En concreto, en la Peace Village (aldea de la paz). Donde recogen a los niños que aún nacen con terribles deformaciones como consecuencia de la exposición de sus padres a la tetraclorodibenzodioxina.

Disculpad, pues, el desorden, pero la experiencia de hoy ha pasado por mi mente como una apisonadora. Derribando paredes, rompiendo muebles, arrasando con todo. Tal ha sido el destrozo, que por varias de las paredes destruidas se puede ver ahora el exterior con más claridad. Una claridad cegadora. Una claridad de esas que, aunque cierres los ojos, sigue marcada en tu retina.

Una claridad que produce lágrimas.

Los niños del agente naranja. Los renglones torcidos de nuestra historia.

Llegué sin avisar, y no había nadie esperándome. Tras preguntar cortésmente, me indicaron cómo llegar, bordeando el hospital, al pequeño edificio en el que, con mucha voluntad y quizás no todos los medios, se intenta hacer menos dura la infancia de unos niños codenados a ser monstruos antes de nacer. Caminé solo durante unos minutos, sin que nadie me preguntara ni me impidiera el paso -cosas de ser extanjero en Vietnam-, hasta que un pórtico con banderas de colores, tal y como me habían descrito, me situó ante unas escaleras que me dio vértigo subir.



Fuera del edificio vi al primero de ellos. Mientras titubeaba antes de subir, unos golpes a mi izquierda me hicieron girarme para a ver a un chaval de unos ocho años al que llamaré Paul. Su extraña figura se recortaba en el contraluz del pasillo, dando una pincelada más de irrealidad a su castigada genética. Paul tiene una pierna más corta que otra, y unos hombros estrechísimos que dan paso a unos brazos delgados y de una longitud inferior a la mitad de la que sería normal. Tenía prisa, y su caminar era una combinación de desequilibrios que le hacían zig zaguear en el plano horizontal y ondular su perfil en el plano vertical. Parecía divertido cuando pasó frente a mí para meterse a toda prisa en el ascensor. Justo en ese momento, otra entristecedora figura hizo disminuir la luz del pasillo, aunque a menor altura. Un sonriente chaval de aproximadamente la misma edad corría tras él. Lo llamaremos Jimmy. Sus piernas terminaban unos cinco cm más abajo de las rodillas, sin pies ni tobillos; la velocidad con la que se desplazaba sobre ellas me sorprendió. También reía y gritaba algo a Paul.

Estaban jugando.

Tras subir un par de plantas, y preguntar de nuevo a unas amables enfermeras, caminé por unos pasillos en los que los colores pastel y la presencia de juguetes intentaban compensar el gris de mi ánimo. Allí estaban.

El primero en verme, y en venir hacia mí, fue Jimmy. Con sus cortas pero rápidas zancadas llegó corriendo para regalarme una encantadora sonrisa. Me tendió una mano que estreché gustosamente, a pesar de que sólo tenía dos dedos, pulgar e índice, que sólo le permiten hacer pinza. Me había prometido a mí mismo guardar mis sentimientos para después, y no ser uno más de los que seguramente les hacen sentir como miembros de una galería de monstruos; así pues, le sonreí y le dije, en mi báisco vietnamita "Hola, jovencito" (jovencito, sobrino... es una palabra que se emplea cuando se habla con chavales, suena así como "chau", aunque no sé cómo se escribe) Pareció gustarle, y de repente alzó la otra mano y, haciendo pinzas con las dos, me dio a entender que quería que lo abrazara. Y lo hice. Le di el abrazo más profundo que he dado en mucho tiempo. Me olvidé de la suciedad de su camiseta, de la incertidumbre sobre sus posibles reacciones y de los pequeños golpes que me daba en la cintura con los muñones. Sencillamente me abracé a él, lo alcé hasta mi altura y sentí su calor hasta que, bastantes segundos después, volví a dejarlo en el suelo. Me cogió de la mano y, sin perder la sonrisa, me llevó por el pasillo hasta una habitación llena de cunitas. Lo primero que vi en ella fue a Cindy.

De espaldas, Cindy puede parecer una niña normal, de unos cinco años y algo delgada. Cuando se giró, una sacudida puso a prueba mis propósitos de mantener la serenidad: Su cara era una amalgama de deformidades que le confieren perfil de pescado. La nariz y la boca se alejan en exceso del plano de su frente, dejando atrás unos ojos que en principio me contemplaban con inexpresividad. Se acercó lentamente y, con un aire frágil, alzó una de sus delgaditas manos hacia mi cara. Me agaché y la dejé que alcanzara su objetivo: me acarició la barba. De todos es sabido que los asiáticos, por lo general, no son muy barbudos. y yo, tras cuatro días de vacaciones, luzco ya una considerable sombra oscura con algunas manchas plateadas en mi cara.

Probablemente, era la primera vez que veía o tocaba una barba. Después, sus distantes ojos se volvieron a fijar en los míos, e intenté pensar a toda prisa antes de sentir la presión de las preguntas incontestables que me bombardeaban junto con su mirada. Junto a nosotros había una cortina a la que le habían hecho un nudo para que se mantuviera plegada. Le di un ligero golpe y se balanceó hasta ella. Entonces, la palmeó y la cortina volvió hacia mí. Cuando la palmeé de vuelta hice un sonido con la boca, imitando un impacto, y Cindy soltó una carcajada. Así jugamos unos minutos, hasta que una de las cuidadoras me miró con ternura, la cogió de la mano y se la llevó a uno de los cuartos junto al pasillo.


Por el camino, Cindy miró hacia atrás y su deforme rostro volvió a contraerse en lo que me pareció la sonrisa más delicada que jamás haya visto.




Entonces apareció John. Estaba amarrado a una silla por las muñecas y los tobillos, y el cien por cien de su cuerpo está cubierto de una especie de escamas, como quemaduras. Probablemente le producen algún tipo de picor y por eso ha de permanecer atado, aunque no lo pregunté. Apretando el suelo con las puntas de los pies consigue rotar la silla e ir avanzando lentamente. También él quería ver al recién llegado. Tragándome estupor, compasión, aprehensión y lágrimas conseguí esbozar una sonrisa que fue inmediatamente correspondida. Me aparté de él para fijarme en las cunitas que había visto antes de jugar con Cindy. Por detrás, Paul caminaba con su peculiar juego de balanceos y equilibrios.

En las cunitas descansaban pequeños cuerpos con todo tipo de malformaciones. Ajenos a su cruel realidad, una decena de bebés dormía tranquilamente. Vi algunos miembros más pequeños de lo normal, y adiviné algún rostro horriblemente constituido, pero no quise someterme a más presión y volví a salir al pasillo.


Allí estaban Mike y Allan, dos chicos de unos seis años que mostraban una de las aterradoras características de muchos de estos pobres chavales: unos ojos del tamaño de pelotas de ping pong asoman grotescamente, confiriéndoles un aspecto de criaturas permanentemente asustadas. Ambos mantuvieron la distancia, pero levantaron las manos y me saludaron. Probablemente no vean a extranjeros barbudos todos los días, y el terror de sus rostros adquirió cierto aire de curiosidad.

Jimmy me pellizacaba el muslo derecho para llamar mi atención cuando me dijeron que era la hora de la cena y que debían llevárselos al comedor. Una simpática señora vestida de uniforme blanco me dio un papel con un número de teléfono y, en un inglés suficiente, me explicó que era el número del director, y que si quería volver podía llamarlo para concertar una cita y conocer a más chavales.

En cuanto tenga tiempo libre llamaré, y si me lo permiten, apareceré por allí cargado de dulces, juguetes y golosinas, con una nariz de payaso y un saco lleno de ternura para dar toda la que necesiten a estos hijos de la sinrazón que pagan hoy los pecados que otros cometieron hace cuarenta años.

Mirad a través de estas palabras para que entre todos evitemos que atrocidades como ésta vuelvan a cometerse.

Esta noche, antes de acostarme, me acordaré del casi inmóvil John, de la frágil y juguetona Cindy, del oscilante Paul, de los aparentemente asustados Mike y Allan y del simpático y cariñoso Jimmy. Y de sus padres, y de sus familias, y de sus cuidadores, y de todos los que comparten con ellos esta maldición que alguien esparció alguna vez desde las bodegas de un avión cuando el mundo era aún en blanco y negro, convirtiendo sus vidas en una escala de grises.

Pensemos en ellos. Deseémosles lo mejor. Quizás parte de esa energía cruce el mundo y les aporte algo de ganas de vivir.



Destruir las junglas, el primer objetivo.


En internet podéis encontrar de todo. Desde disertaciones con aparente rigor técnico hasta narraciones afectadas con todo tipo de conclusiones. Yo me limitaré a haceros un resumen de lo que he ido viendo. Cada cual halle su moraleja.

El agente naranja (A.N), llamado así por el color de las etiquetas con el que se marcaban las bombonas que lo contenían, fue concebido como herbicida allá por los años 40, sin embargo, no empezó a utilizarse con fines militares hasta los sesenta. Este herbicida se mostró especialmente efectivo en la destrucción de vegetación de hojas anchas, tales como las típicas junglas que se dan en el Sureste Asiático. De ahí su uso durante la guerra de Vietnam. Se usaron varios tipos de herbicidas durante la guerra (unos 15), conocidos, por idénticas razones, como Agente Blanco, Agente Púrpura, Agente Rosa, Agente Verde... (los Herbicidas del Arco Iris) Pero ninguno de ellos fue tan nocivo como el A.N.

Sin entrar en demasiados detalles técnicos, el A.N. está formado por dos agentes químicos conocidos convencionalmente como D.4.D y D.2.4.5.D, pero, inexplicablemente -algunos dicen que, por error humano-, en las panzas de aquellos aviones también se alojaba un terrible producto conocido como TCDD, o TetraCloroDibenzoDioxina (o Dioxina, sin más) La Dioxina, tras ensayos realizados en laboratorios con animales, resultó ser altamente peligrosa, generando diversos cuadros de cáncer y notables malformaciones y procesos tumorales en la descendencia de los individuos expuestos a sus efectos. Un nanogramo (mil-millonésima parte de un gramo) es suficiente para causar cáncer y deformidades congénitas hereditarias; con poco más de 80 gramos podría exterminarse a más de 8 millones de personas.

En Vietnam, entre 1962 y 1971 se rociaron unos 80 millones de litros de A.N. equivalentes a 400 kilos de Dioxina. Alrededor de 24.000 km cuadrados de superficie del país fueron devastados. En el mapa, las zonas más afectadas pueden verse en gris oscuro.

Arrasar las cosechas, ¿segundo objetivo?




Se dice de todo. Lo único que sé con certeza es que, con las técnicas de camuflaje de la época, se me antoja muy difícil que los campos de arroz puedan servir para esconder personas, armamento u otras utilidades bélicas. Cuando los ves desde la carretera, se presentan como inmensas superficies de un verde brillante que no ofrecen cobijo a nada cuya altura sea mayor que aproximadamente medio metro. Cualquier obstáculo, cualquier objeto, es un blanco perfecto. De ahí que resulten tan bellas las imágenes de agricultores recolectando arroz, vistiendo sus Non Lá en medio del manto que les cubre hasta la cintura.



Sin embargo, también se rociaron grandes superficies de arrozal, destruyendo cosechas que mataron de hambre a miles de vietnamitas.



¿Otro error humano?




El agravio comparativo judicial.



La diversidad de fechas y de nombres me han confundido un poco, por lo tanto, abreviaré esta parte ante el riesgo de dar demasiados datos erróneos. A finales de los setenta comenzó un proceso judicial en el que veteranos norteamericanos de la Guerra de Vietnam, terriblemente afectados por los efectos del A.N., demandaron a las empresas fabricantes de los herbicidas. A mediados de los ochenta, un juez Norteamericano les dio la razón, obligando a las industrias responsables a indemnizar con 93 millones de dólares a los demandantes.

Hace un mes, leyendo el Vietnam News, me enteré de que una demanda similar, hecha en los mismos términos, por enfermos con idénticos síntomas, con el mismo objetivo y ¡a el mismo juez!, fue rechazada.

¿La diferencia? Que yo sepa, que los demandantes eran vietnamitas, y no norteamericanos.

Cada cual que concluya lo que quiera.

Saludos.

5 comentarios:

  1. David, es demasiado duro tu relato, siempre quedan perjudicados los más inocentes e indefensos dentro de cualquier conflicto. Nunca comprenderé el sinsentido del hombre destruyendo a su propia especie, creo que somos el único animal que rompe el ciclo lógico de la Naturaleza, desequilibrándola. Jamás podré con tanta injusticia.

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  2. Ufffff, millones de veces se ha hablado de los hijos de la guerra. En esta ocasión habría que hablar de nietos y hasta bisnietos. En este caso, tus ojos imparciales, esos ojos que no son viet ni yankis, son los que tienen la dura misión de advertir al resto de los mortales que sigue habiendo gente que sufre las consecuencias de la prepotencia de otros. También me gustaría decir que el daño fuerte es para esas víctimas inocentes pero que la gente de a pie como tú, los "normalitos" también sufren los desastres de la guerra. Hay un proverbio africano que a mi me encanta, dice así:
    CUANDO DOS ELEFANTES SE PELEAN LA HIERBA ES LA QUE MÁS SUFRE.
    Un abrazo

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  3. En Onda Cero
    con la Gemio
    has sido un genio,
    un vietnamita torero.
    Mucho arte y salero
    ejerciendo de jerezano
    en un país lejano,
    un vietnamita torero.
    Alto has dejado el listón,
    ¡qué tío más salao!
    nos dejas maravillao,
    ¿un vietnamita? SÍ, ¡TORERÓN!

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  4. Hola David,

    Estoy contigo en tus relatos aunque no te envíe muchos mensajes ni deje reflejados mis sentimientos y reflexiones.

    Sólo decirte que tus escritos me llegan.

    Raquel (te eché de menos en Semana Santa, pues anduve por Valdelagrana)

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