domingo, 14 de diciembre de 2008

NOVIEMBRE DE 2008. EL PRIMER VIAJE.

INTRODUCCIÓN.


Inesperadamente, un día a finales de octubre apareció en mi bandeja de entrada un correo electrónico procedente de Malasia. Una serie de coincidencias habían hecho mi Currículum Vitae viajara por la red hasta transformarse en papel impreso a miles de kilómetros de distancia. Y quien lo había tenido en sus manos, se había interesado por mí. Una empresa multinacional me ofrecía dirigir su Departamento de Construcción en… ¡Vietnam! Es así como empezó esta vorágine de acontecimientos que, por su velocidad, intensidad e implicaciones, aún me causan mareos.

A día de hoy, cerrado ya el acuerdo, aún no sé qué es lo mejor y aún me tiemblan las piernas cuando intento averiguarlo, pues lo cierto es que tras haber solicitado visitar el país –con cargo a la empresa interesada- y haber sido complacido en mi petición, el temible miedo a lo desconocido ha dado paso a un notable miedo a lo conocido, de menor intensidad, pero no por ello despreciable.

Ocurra lo que ocurra, la visita a Ho Chi Minh City ha sido un viaje espectacular que me ha hecho pensar en muchas cosas y que recomiendo encarecidamente a todos aquellos que tengáis la oportunidad de hacerlo. Mientras tanto, os dejo aquí los correos electrónicos que fui enviando durante mi estancia en la gran ciudad. Recopilados, ordenados, comentados y completados. Me he permitido añadir, además, un pequeño anexo con recomendaciones y direcciones de interés. Pase lo que pase con mi futuro profesional, esté allí para recibiros o no, espero que si tenéis oportunidad de visitar el país estas líneas os sirvan de orientación a la hora de conocer Ho Chi Minh City. Saigón.

Disfruté mucho escribiendo estos correos. Espero que su lectura os produzca sensaciones similares.


Saludos a todos,

David.


CORREO Nº 1. LUNES 17-11-08. “BUENO, YA ESTOY AQUÍ”


Queridos todos,

Con un trastorno horario más que considerable, ya me encuentro aquí. Mientras vosotros dormís plácidamente, y mi cuerpo me mira incrédulo preguntándose por qué no lo estoy haciendo yo, aquí son las 7:45 de la mañana. Al final del día, probablemente, os enviaré más fotos. Por el momento, comentaros cómo ha sido el viaje.

1- Los pilotos de Air France se ponen de huelga, y me joroban el vuelo Madrid-París (que en principio se mantenía). A la carrera (lo anuncian 20 horas antes) y tras mil gestiones consigo un vuelo de Vueling Madrid-París... ¡a las 6 de la mañana! Así que a las 3:30 h estaba yo duchándome en el hotel (ahí ya empezó mi cuerpo a mirarme incrédulo) y a las 4:20 h estaba en Barajas.
2- En París, una chica muy amable de Vietnam Airlines me dice que queda un asiento libre en Business (3.000 € por trayecto). Que si quiero ocuparlo... ¿Y tú me lo preguntas? ¡Poesía eres tú!
3- El viaje, por lo tanto, fantástico. Menú a la carta, regalo de bienvenida, regalo de despedida, monitor personal con juegos, un sofá cama en vez de asiento... podría acostumbrarme a esto. Por un momento pensé que las azafatas irían en tanga, porque es lo único que faltaba. En vez de eso, llevaban el traje típico de las mujeres vietnamitas. Mi cuerpo me seguía mirando incrédulo, pero ahora por el "glamour" Sí, lo que veis en los entrantes del "lunch" es salmón ahumado con langosta...
4- Llego a HCM City. Un calor curioso (27 º) y una humedad del 80%. Un vietnamita con uniforme blanco impoluto ondea una pancarta con mi nombre. MR DAVID MARTÍN. Me recogen en una especie de berlina de lujo Toyota que nunca había visto antes y me llevan al hotel.
5.- Dios, vaya tráfico. En hora punta, miles de motos se agolpan por las calles sorteando obstáculos y obviando cualquier norma racional de circulación. Es verdad. Estoy en Ho Chi Minh City...
6- El hotel está bastante bien; diría que para ser un 4* incluso supera los standards europeos. Con cóctel y aperitivo de frutas frescas de bienvenida.

Y ahora que he cumplido con vosotros, dormiré un par de horas para conciliarme con mi cuerpo, y saldré a dar una vuelta. Hasta mañana no tengo que ir a las oficinas de la empresa. Prometo hacer más fotos esta tarde y enviároslas.

Comentarios:

El cambio de categoría en el vuelo no fue casualidad. Días más tarde descubrí, al encontrar junto al pasaporte la tarjeta de embarque, que había sido una cortesía de Air France en compensación por la anulación del vuelo Madrid-París. Nunca pensé que me fuera a alegrar tanto de una huelga de pilotos. Ir en un asiento abatible hasta los 165º y con todo el sitio del mundo entre butacas marca la diferencia. El resto de pijadas puede pasar. Ah, y no era en "Business", sino en "Premier" donde viajaba. El vuelo en cuestión tenía "Economy", "Business" y "Premier" ¡Vaya potra!

El correo es corto porque estaba hecho polvo. Demasiados días de nervios, coronados por casi 15 horas de aviones y varias más de tránsito, unidas a un jet lag brutal, casi acaban conmigo.















Dos tipos de construcción que he visto mucho en HCMC: arriba bloque de infraviviendas en el extremo este de Tan Binh District. Bajo ellas, casas con la arquitectura típica de Saigón. Viviendas muy estrechas y alargadas con apenas ventanas. Excepto en el centro y en los barrios de nuevo desarrollo del sur, la mayoría de los edificios no superan las 4 ó 5 alturas, dando a la ciudad una sensación de pueblo de calles interminables.






CORREO Nº 2. LUNES 17-11-08. “¿UNA CENITA VIETNAMITA?”

Acabo de cenar en uno de los restaurantes del hotel -que sabéis que siempre son más caros, por ser para turistas- y me he tomado una sopa -buenísima- de serpiente marina (serán anguilas, digo yo), un botellín de agua y exquisita sandía vietnamita de postre. Al cambio, unos 4 €.

Algo bueno tenía que tener el país...

Un abrazo a todos. Especialmente a Diego, que no sabía que me venía. Diego: no me lo confirmaron hasta el último día, y preferí ser prudente hasta entonces. El último día no nos vimos.

Más abrazos.

Comentarios:

Veréis que hago continuas alusiones a los precios de las cosas. Por lo que me ha parecido ver, el país –al menos la ciudad- aún no ha desarrollado su enorme potencial turístico, por lo que las comidas, los taxis, las excursiones y otras cosas son muy baratos. No ocurre lo mismo con el alquiler de pisos. La demanda en las zonas céntricas es tremenda y los alquileres de apartamentos servidos rondan los 30 $ por m2 al mes. Creo que he hecho una traducción horrible de Serviced Apartments, que son algo así como nuestros apartahoteles. Una gozada si quieres vivir confortablemente, pero carísimo.



CORREO Nº 3. MARTES 18-11-08. “LA ENTREVISTA, PRIMERA PARTE”


Hola, amiguitos.

Hoy ha sido el gran día, aunque al final se ha convertido en el "primer día" Como sabéis, hoy tenía la primera de las dos entrevistas programadas: con el jefe de Asia Oriental.

Pues mal empezamos, porque la han sustituido por la segunda. Me explico: según parece, un familiar cercano de este señor -que tiene base en París- sufrió ayer un accidente grave, y ha tenido que marcharse para allá esta mañana. La reunión con este señor, por tanto, será durante el mes de Diciembre, con bastante probabilidad en París. Y han sustituido la entrevista con él por otras dos: una con el director técnico de Francia, para ver cuál era mi nivel de conocimiento de temas de estructuras, geotecnia, cimentaciones, etc, y otra con el jefe de Vietnam y el de recursos humanos.

Ambas han salido, creo, bastante bien. El director técnico, un ICCP más o menos de mi edad, es un francés bastante simpático y hemos tenido una charla de más de 2 horas. Seguro que he pasado el examen (me ha preguntado las únicas cosas que sabía...). Después nos fuimos a comer deliciosa comida local a un restaurante de la zona (4 € por cabeza), y por la tarde hemos tenido la segunda charla. Básicamente me han explicado en qué consistiría mi trabajo:

El Departamento de Construcción tiene sólo un año, y lo creó y dirige el actual jefe de Vietnam. El problema es que ya no da abasto, porque está creciendo alrededor de un 10% mensual con respecto al año anterior (sí, a finales de año podría haber crecido un 120% respecto al 2007) Así pues, hay que buscar nuevos ingenieros, formarlos, crear una estructura en la que encajen y vigilar su trabajo (los locales no tienen muy buena fama). Además de tratar con los clientes, volar continuamente a las oficinas del país y muchas otras cosas.
Están gilipollas si se creen que yo voy ha hacer todo eso bien...

Y poco más respecto a la reunión. Le he dicho al de RRHH que ese trabajo requiere una revisión con respecto a las condiciones que inicialmente pedí, y me ha dicho que es comprensible. Dejaremos ese aspecto para después de mi entrevista con el jefazo.

Ahora me voy a cenar una sopa de aleta de tiburón que vi ayer en la carta y se me ha antojado, y después me pillaré un taxi al centro y daré una vueltecita. Si hago fotos, os las mandaré. Por el momento, os dejo una del "patinillo" interior del edificio en el que se encuentra la empresa, y otra de unas banderas omnipresentes que nos recuerdan el régimen al que pertenece el país (la que veréis está sobre la entrada de un centro comercial...)

Saludos, besos, y muchos cariñitos.

David.


Comentarios:

Una precisión: El francés con el que tuve la entrevista, el ICCP, no era tan joven. Ronda los 45 años, pero engaña bastante. Al jefazo aún no lo he visto. No sé si prefiere que se acuerden todas las condiciones antes de la entrevista, o si considera que tras el visto bueno del resto de jefes ya no es necesario otro encuentro.

En cuanto al trabajo, es todo un reto, y unido al ambiente “hostil” que supone encontrarte en un país tan lejano, tan diferente y tan subdesarrollado, entiendo que no va a ser fácil. Pero la vida no está hecha para los cobardes.



CORREO Nº 4. MIÉRCOLES 19-11-08. “MI PRIMER DÍA LIBRE”


Hola a todos.

El que ya acaba aquí ha sido mi primer día libre de verdad. Ya me he adaptado a los horarios, tengo hambre a la hora de comer y sueño a la hora de dormir. Y hoy, que en teoría iba a realizar las visitas a algunas obras, han decidido cambiar los planes y darme el día libre. Así pues, cámara en bandolera, botella de agua en el bolsillo y mapa de la ciudad en la mano, me dispuse a caminar.

Como los que más me conocéis sabéis, pienso que la única forma de conocer una ciudad es andando o corriendo por ella. Con 35º de temperatura, una humedad del 88%, aceras en mal estado y un tráfico horrible, como comprenderéis no era cuestión de morir conociendo la ciudad, así que me puse a andar. Aquí sobreviven unos 7 millones de vietnamitas, y además, salvo las zonas céntricas y las de nuevo desarrollo, los edificios tienen muy poca altura, con lo que os podéis imaginar la extensión tan enorme del sitio. Pues bien, me he recorrido aproximadamente media ciudad (1/4 a la ida, 1/4 a la vuelta). Exactamente lo que separa mi hotel del distrito 1 ó de Saigón (el céntrico, donde viven la mayoría de los expatriados y donde, si me viniera, probablemente viviría yo) En total 5 horas 45 minutos de caminata, más otra hora entre comer y entrar en un par de tiendas.

La verdad es que ha sido la experiencia más bonita desde que he llegado. Mi hotel está estratégicamente situado entre el aeropuerto y la oficina, pero entre él y el centro hay que recorrer zonas más deprimidas. Y por allí he ido, a saborear el verdadero Ho Chi Minh City. Lo primero que me he encontrado han sido los moto taxis. Hay cientos, miles, que descansan en su moto esperando a que alguien contrate sus servicios. Así, algunos están sentados en un banco con los pies sobre el sillín, otros, descalzos, se acurrucan sobre éste y parecen adoptar posturas cómodas y otros -y he visto a más de uno- apoyan los pies en el manillar, la espalda en el sillín, y se echan una siestecita a la sombra. Te abordan pero no te acosan: "Motorcycle, sir?" "Motorbike, sir?" "Where do you go, sir?" Otros, simplemente, levantan la mano con gesto inquisitivo tras haberte llamado, y uno de ellos, el más simpático que me he encontrado, me preguntó de dónde era. Al decirle que era español sacó una antiquísima libretita y buscó rápidamente... ¡una carta de recomendación! un tal Pablo, de Barcelona, escribía que había pasado el día moviéndose con este moto taxi y la experiencia había sido genial. Había decenas de páginas escritas en varios idiomas. La mente humana es maravillosa. El caso es que desde el primero hasta el último minuto, el bombardeo de mototaxis ha sido continuo. No pasaban más de 200 m sin que alguno me abordara, eso sí, amabilísimos, sonrientes y nunca acogiendo tu negativa con desdén "Ok sir, maybe tomorrow"

Poco después de la media hora de camino di con una joya por pura casualidad. Un puente que pasa por encima de uno de los brazos -o canales- del río Saigón estaba en obras, y me vi obligado a abandonar la vía principal por la que iba y meterme en unas callejuelas (tranquilos; la seguridad ciudadana aquí es muy alta, y las calles estaban llenas de gente). Bueno, pues detrás del segundo callejón... apareció un mercado. Un mercado enorme y colorido, lleno de puestos en los que se vendía de todo: frutas nunca vistas, verduras de todos los colores, carne, pescados a miles, moluscos, marisco y, entre otras muchas cosas, semillas. Miles de semillas. Se las ponen a todas las comidas (que ya os he dicho que son una pasada) y tienen una variedad enorme. Lo pasé genial. Al menos estuve 40 minutos dando vueltas por allí, esquivando cubos llenos de frutas peladas, chocando con locales que se apretujaban para comprar o para exponer sus productos, haciendo fotos (siempre pido permiso y nunca me han dicho que no), impregnándome de los olores tan variados... Así hasta que un tirón de la manga me sacó del éxtasis. Se trataba de una niña monísima de unos 9 años; "What's your name?", me preguntó. Le correspondí y me dijo que se llamaba algo así como Briu. No sabía decirme muchas palabras, pero quería que la acompañara. A un par de pasos tras ella, la seguí entre los puestos hasta que se paró en uno en el que vendían pastas y golosinas. Me pareció entender que era el puesto de su padre. Después me guió de idéntica manera hasta la calle paralela, y orgullosa señaló una puerta de colores y me dijo "my school" Le hice un par de fotos y se las enseñé después, y antes de que se le fuera el brillo que le produjo en los ojos verse en la pantallita le di un euro que llevaba en el bolsillo. Al principio lo miró con extrañeza, pero se lo guardó rápidamente antes de que me despidiera de ella. Ojalá la hubiera visto cuando se enterara de que le acababa de dar unos 20.500 VND (la moneda de aquí). Con esa cantidad puedes comer en los puestos de la calle durante un par de días. También me habría gustado besarla en la frente, pero la prudencia manda.






Aquí podemos ver cómo en un mismo puesto se venden productos tan dispares como pescado, verduras, tubérculos o ropa de temporada. A ver en qué piojillo encuentras eso en España...








Bueno, seguí caminando. Ya eran por lo menos las 11 cuando empecé a ver un cambio en el paisaje. Unas magníficas pagodas -el pasado chino es evidente- dieron paso a los primeros edificios altos, la aparición de jardinería en algunos puntos, concesionarios de coches, centros de salud y... SEMÁFOROS. Evidentemente, debe de haberlos en toda la ciudad, pero las zonas por las que me he movido no los tienen, y donde había alguno nadie los respetaba. Más adelante llegaron los colegios privados, un gimansio con SPA, varios edificios oficiales y la zona VIP. Y, una vez allí, tampoco notas excesivamente que estás en Vietnam. Hay grandes centros comerciales, parques muy cuidados, hoteles de hiperlujo y, sobre todo, mucho occidental. Se ven algunos turistas, pero también mucho "Expat", que se caracterizan por ser occidentales pero no llevar cámaras, gorritas con la banderita de turno, camisas de mil colores o pantalones cortos con chanclas y calcetines. Viven aquí. Quién sabe si seré yo uno de ellos...

No pude resistirlo y me metí en un centro comercial que tenía muy buena pinta. Hice algunas comprillas y me bebí medio litro de agua fría de un trago (tenía un hipermercado dentro, en el que por supuesto marujeé todo lo que pude) "Bueno, al menos hay donde vestirse y donde comprar los cereales para el desayuno" Después me metí en un restaurante con muy buen aspecto y me comí un delicioso plato de ranas estofadas. Lo que leéis. Ranas. Y están deliciosas. Siguiendo la liturgia que empiezo a detectar en los restaurantes, primero me pusieron un cuenco vacío muy pequeñito con los palillos -olvidaos de los cubiertos, ¿eh?- otro lleno de arroz cocido, y después llegó la fuente con las ranas. El camarero/a de turno/a desmenuza lo que has pedido (con los palillos no se puede cortar nada), te pone un poco de arroz en el cuenco vacío, y sirve sobre él algunos de los trozos desmenuzados. Después le echa salsita y... a comer. El resto de las veces, la reposición del material la hace uno mismo.

En serio, la comida es de lo mejor que he probado nunca (un poco fuerte, pero deliciosa).

Después, poco más. He visto la catedral y algunos monumentos, y me he vuelto andando de nuevo. A las 18:30 mandaron a un taxi a recogerme al hotel porque hoy cenaba con el que podría ser mi jefe. Nada especial. Hemos hablado de trabajo. Mañana sí, toca ver obras.

Espero haberos hecho viajar con la mente unos minutos. Besos y abrazos a todos. Seguiré informando. (Os reparto las fotos en dos o tres correos)

David.
Comentarios:

Después de unos días he tenido la oportunidad de comprobar que la “r” no se pronuncia demasiado en el complicado lenguaje del país. Es por esto por lo que probablemente el nombre de mi amiga “Briu” tenga poco o nada que ver con el sonido que intenté transcribir.



CORREO Nº 5. JUEVES 20-11-08. “4º DÍA. LOS NEGOCIOS Y EL PLACER”


Queridos todos,

Hoy, como os conté ayer, tocaba "trabajar". A las 9 de la mañana me presenté en la oficina para ir a ver obras. El problema es que como son muy grandes y están repartidas por el país, en un día sólo podía ver dos con comodidad, así que optaron por dos de referencia: una fábrica que Intel está haciendo a unos 35 km hacia las afueras de HCMC, y un edificio con 32 plantas y 6 sótanos en el exclusivo Distrito 1 ("como entre la plaza del arenal y la calle larga", para entendernos)

La fábrica es impresionante, pero fundamentalmente por su tamaño. Se está ejecutando una primera fase que constará de 50.000 m2 distribuidos en planta baja +1 (la misma superficie que 22 torres de RENFURBIS, pero en dos plantas) Y es sólo la primera fase; el solar tiene 500.000 m2 y parece que quieren ocuparlo entero. Técnicamente, lo más interesante son las grandes luces resueltas con celosías metálicas (unos 25 m, aprox) y los forjados alveolares de determinadas zonas. Aparte de eso, lo que impresiona es la superficie y la cantidad de gente que trabaja allí. Sólo el control de calidad, tiene un ingeniero con 19 inspectores a su cargo en unas oficinas enormes in situ. El tamaño importa. Qué le vamos a hacer.



Después de la visita me invitó a almorzar el ingeniero responsable de la obra. Un filipino de 40 años que chapurrea algo de español y es fan de Rafa Nadal (aquí casi todo el mundo conoce a Nadal y al Real Madrid...) Yo, que estaba pensando en el restaurante grill del hotel y en sus fantásticas delicatessen, le dije que tenía algo de prisa, pero me insistió, y me dijo que conocía un restaurante típico filipino en el que me iba a gustar comer. "Coño, un restaurante filipino... venga niño, vamos pa donde diga este señor" Pues el señor me llevó a una especie de conglomerado de restaurantes en medio de la nada, al parecer surgidos allí en los últimos años de intensa construcción industrial en la zona. Y allí, lo que había era una especie de Kentucky Fried Chicken que, al parecer, procede de Filipinas. "It is from Philippines, very big!", me decía orgulloso, el espabilao.

La comida no fue buena, pero sí es cierto que me ocurrió algo simpático: como os he dicho, el polígono industrial está en la afueras, en zona que se puede considerar casi rural. Pues bien, detecté que la gente me miraba. Especialmente la gente joven (allí se concentrarán, imagino, la mayoría de los que trabajan en el polígono y viven en las aldeas de la zona) Se lo comenté al patriota y me dio una explicación muy sencilla: esta gente apenas ha visto occidentales. En Hanoi o HCMC, están más acostumbrados, pero en cuanto te alejas un poquito de su radio... entras en el Vietnam profundo. Y yo, allí, era raro.

En fin, después de una fantástica ración de pollo frito con salsa agujerea-estómagos, y de una agotadora sesión de miradas curiosas, dejé al filipino en su obra y me llevaron a la oficina. Allí me estaban esperando para ver la siguiente construcción.

De la torre del Distrito 1 no os voy a dar muchos detalles; muchos no sois técnicos y os aburriríais. Baste decir que la cimentación alcanzará los 40 m de profundidad. Es interesante de ver. Para mañana, sinceramente, no sé qué me tienen preparado. Es posible que me den el resto de días libres, lo cual acataría con abnegación.

Pero entretanto... vamos con el placer: esta noche tocaba MASAJE TAILANDÉS. Me lo había prometido a mí mismo, y he cumplido. Como sabéis, el masaje Tailandés es parte de la medicina tradicional Tailandesa y fue exportado a los países del entorno (vamos, seguro que hasta en Móstoles hay algún centro de masajes de estos). También sabréis que se trata de masajear el cuerpo usando las manos, los pies, los codos, los antebrazos y las rodillas, y que con él se consigue eliminar la tensión de una manera bastante efectiva; en mi caso, con tensión cero, ahora mismo estoy como si me hubiera tomado un Valium. Pero ha tenido su puntito...

Tras la cena me fui al hotel, me duché y le pregunté a uno de los botones dónde podía recibir uno de esos masajes. Ante su sonrisa picantona le pedí expresamente que no fuera nada de puterío. "No sex, just massage" Además, le pedí que fuera un sitio limpio y seguro, y el tío me llamó a un taxi y se subió conmigo en él. Tras unos minutos y una conversación ininteligible entre taxista y empleado, nos bajamos ante un sitio bastante discreto y elegante en el que dos asiáticas monísimas (con no más de 20 años, seguro) nos recibieron sonrientes. Qué guapas eran.

Aquí ya empecé a arrepentirme de lo del "No sex, just massage".

Le di propina al botones, le pagué los dos viajes al del taxi, compré la entrada y me encontré subiendo en un elegante ascensor junto a un cariacontecido chaval vestido de uniforme. Me acompañó a una sala y me trajeron unas zapatillas y una especie de kimono humeantes (recién lavados y planchados a alta temperatura). Tras ello, el chaval me hizo señas de que me despelotara y guardara todo en la taquilla cuyas llaves guardé en el kimono. Estaba para verme. La parte de arriba no se podía cerrar, así que mi pecho blanco y peludo asomaba a cada movimiento, pero lo peor eran los pantalones: ¿habéis visto los de Rafa Nadal, esos por debajo de la rodilla marcándole el culito? pues lo mismo, pero conmigo dentro. La verdad es que cuando me miré en el espejo me descojoné de la risa. "Adónde irás tú..."

Pues así ataviado me encaminé a una sala en penumbra en la que una guapa vietnamita me sonrió complaciente ("de sonrisa nada, ésta se está partiendo el culo, fijo", pensé yo). Una suave música oriental y una exquisita mezcla de olores quisieron acariciarme antes que nadie, y a fé que lo consiguieron. De nuevo toallas humeantes fueron colocadas en la camilla, y allí me tumbé, boca abajo. "Esto es vida" Al principio todo empezó muy suave, pero de repente notas que la tía... ¡se ha puesto de pié sobre tu espalda! "coño, móntate encima si quieres, mujer, pero no de esta manera!" No sé cómo se las arregló para mantener el equilibrio, pero se hizo un baile de 5 minutos en los que paseó de puntillas sobre mis hombros, mis caderas, mis piernas y cada una de mis vértebras. Me oía crujir bajo el peso, pero el valium y la imaginación empezaban a hacer efecto. "Tienes a una vietnamita encima, tío... ¡qué monstruo!" Y algo similar ocurrió con los codos, las rodillas, los puños, etc. Pero lo peor estaba por llegar.

Tras el paseo, la chica descendió grácilmente, como pajarillo que cambia de rama... y me destapó (pantalones de Rafa Nadal incluidos) "¡joder, menos mal que estoy boca abajo!" Tras ello, se acercó a por unos aceites aromáticos y empezó a untarme cosas que olían muy bien. De principio a fin. Entonces fue cuando empecé a temer que el del hotel me hubiera engañado. "Mira que si ésta me da la vuelta ahora" "menudo papelón" (bueno, dejémoslo en papeletilla, pero papeletilla, al fin y al cabo). "¿Y qué le digo? Mira que yo soy un tío muy decente... David, que estas cosas no están bien" Y la niña seguía y seguía masajeando, y de la espalda a las piernas, y de las piernas a la espalda, y de ahí... a los muslos.

En este momento me puse a rezar. "Dios mío, líbrame de esta niña" "San Pedro, entretenme a Dios un rato, anda"

Cuando el chorrito del segundo tipo de aceite empezó a ser esparcido por la parte lateral de mi muslo derecho, me vi perdiendo las riendas. Intenté tirar de fuerza de voluntad, pero me abandonó: como se abandonan los zapatos viejos, como el alma abandonaba al Pato Donald cuando lo atropellaba el coche, como la virginidad a Madonna, como... como una perra. Allí estaba yo, oliendo a aceites, con el culo al aire, los pantalones de Rafa Nadal en una silla, entregado a mis fantasías y emulando a un mentirosísimo Pinocho. De repente, unos movimientos me sacaron de mis ensoñaciones para atribularme aún más. La chica me hacía gestos. "¿Cómo? ¿QUE ME DÉ LA VUELTA?" "¿PERO TÚ ESTÁS GILIPOLLAS?" "joder, piensa en algo.... los dulcecitos de las monjas, Los atascos de la M-30, Hacienda, ¡El Prínex!"

Pero no. Lo que la chiquilla quería era que elevara un poquito el cuerpo para poder liarme en una toalla antes de darme la vuelta. "Que eleve el cuerpo..." "no hagamos juegos de palabras, no hagamos juego de palabras" En fin, que habilidosamente me lió la toalla sin tocar nada y sobrepasando todos los obstáculos. Y al fin, me puse boca arriba. No sé si fueron los dulcecitos de las monjas, la M-30, Hacienda o el Prínex, pero el caso es que cuando me acomodé estaba de lo más formalito. "Menos mal, cojones"

El resto también estuvo muy bien, y la experiencia, Pinocho aparte, fue genial. Eso sí, hay que asegurarse de que lo llevan a uno a un sitio limpio y saludable. Que si no... tenemos "Happy ending" ¿Que no sabéis lo que es el "Happy ending"? Pues aunque algo había leído, me lo contó el jefe de Vietnam ayer cenando y me partí de risa, os describo: el "Final Feliz" puede ocurrir si vas a uno de los sitios que yo no aconsejo. Resulta que, en determinado momento del masaje, la chica empieza a tocarte los cojones. En el sentido literal. Desplaza sus dedillos allá donde son bien acogidos, y como quien no quiere la cosa, consigue rápidamente que tu voluntad te abandone (como se abandonan los zapatos viejos...) y cuando detecta que la brújula apunta al norte, te pregunta muy displicente "¿Happy ending, sir?"

El resto ya os lo imaginaréis. Os mando un abrazo a todos, espero que hayáis pasado un buen ratito leyendo esto.

Comentarios:

El Prínex, cuyos efectos secundarios sobre la excitación sexual masculina se han demostrado devastadores, no es más que un programa que se maneja en mi antigua empresa hasta la extenuación. Es muy útil, pero un coñazo.

Muchos de vosotros me habéis preguntado cuánto me costó la broma del masaje. Pagué propina al botones, 20.000 VND (1 €), dos viajes de taxi, 32.000 VND (1,5 €), el masaje, 100.000 VND (5€) y una propina a la chica, 50.000 VND (2,5 €). Total, 202.000 VND. Unos 10 €.

Los más guarros me han preguntado hasta la extenuación si tuve “Happy ending”. No lo tuve por diversas razones, pero quiero resaltar algo muy importante: las enfermedades de transmisión sexual no están muy controladas en Vietnam, y hay que ser especialmente cautos con las pasiones pasajeras.

Como aclaraciones derivadas de las mil preguntas que estos individuos me han hecho, comentar que la chica está vestida, aunque lleva pantalones muy cortitos para poder masajearte con los muslos, y algo muy importante: más tarde me enteré, por comentarios, de que el “Happy ending” no consiste en una relación completa. Se trata de una extensión del masaje allende las fronteras de las zonas habituales. Aceites aromáticos y manos expertas.

Toda una tentación.


CORREO Nº 6. VIERNES 21-11-08. “HASTA EL LUNES”


Queridos amigos,

Como aquellos que estáis currando ya no veis mis correos hasta el lunes (vuelvo el martes), os envío un pequeño avance de lo que he hecho durante el día de hoy, aunque aún queda la cena y la fiestecilla de después... (digo yo que, un viernes por la noche... no es plan de quedarme en el hotel, ¿no?)

En efecto, me dieron el día libre. Estuve en la oficina, me despedí del jefe del país (agradeciéndole la oportunidad, bla, bla, bla...), les dije adiós a todos y cada uno de los que allí trabajan (incluida la secretaria personal del jefe, que me mira de una forma "inquietante") y salí a la calle para disfrutar de los últimos tres días que me quedan aquí. Hoy, quería ir a China Town y hacer unas comprillas. Mañana es probable que salga de la ciudad y me acerque a navegar en barca por el delta del Mekong, que me han dicho que es precioso. También quiero visitar los túneles de Cu Chi, que son unos túneles que hicieron en la selva los Vietnamitas cuando los gilipollas de los americanos vinieron aquí a comerse el mundo y se fueron con el rabo entre las piernas. Estos túneles, a varios metros bajo tierra, estaban perfectamente camuflados y tenían entradas y salidas imposibles de descubrir. Forman galerías de decenas de km, e incluían cuarteles, salas de reuniones, hospitales de campaña y todo lo necesario para esconderse y que los yankis no supieran de dónde salían esos Charlis que le indigestaron la sobremesa a la década de los 70. Imagino que iré el domingo, y disfrutaré imaginando cómo esta gente humilló al ejército más poderoso y más prepotente del mundo.

Más tarde, o mañana, os daré detalles del día de hoy. Entretanto, ahí lleváis unas fotitos.

Saluditos a todos.

Comentarios:

¿Por qué no escribí el correo narrando la segunda parte del día? Muy sencillo. Como veréis en el texto que sigue, no me quedó más remedio que regresar en moto-taxi al hotel. En mi familia, por las malas experiencias que hemos tenido, no nos gustan las motos, y si enviaba un correo comentando la experiencia tendría a mis padres sin dormir hasta mi regreso, tres días más tarde.

Así pues, opté por el silencio. Los guarros, como siempre, se pensaban que el viernes por la noche sucedieron cosas inconfesables…

A los túneles de Cu Chi no puede ir. El último día lo dediqué a los regalos y la maleta. Ya iré si finalmente me lío la manta a la cabeza y me voy para allá.


TEXTO Nº 1 (NO ENVIADO) VIERNES 21-11-08. “LA NOCHE DE SAIGÓN”


Bueno, esta tarde de viernes comenzaban mis verdaderas “vacaciones en HCMC”. Una vez me hube despedido de la gente de la oficina, y habida cuenta de que me dijeron que ya no había más actividades programadas para mí, dispondría de aquella tarde, el fin de semana completo y casi todo el lunes para relajarme, olvidarme del trabajo y dedicarme a ver cosas. Y para contároslas.

Deberíais haberme visto la cara de felicidad.

Almorcé en el hotel sobre las 13:00 h –un poco tarde- y subí a ducharme, escribir y echarme una siestecita. Antes de ello, le pregunté a uno de los botones cuál era el mejor sitio para comprar regalos. Me dijo que el “An Dong Market”, en China Town, era el sitio ideal. Tomó un trozo de papel y me escribió la dirección. Serían las 16:00 horas aproximadamente cuando me metí en el taxi blandiendo el papelito.

Tardamos unos 20 minutos en llegar, y cuando me apeé me encontré frente a un gran edificio de hormigón de 4 plantas de altura. Con sus importantes dimensiones, su fachada en celosía y su gran reloj en el centro, en su día debió de ser una hermosa construcción. Hoy, sin embargo, la ostensible falta de mantenimiento, sus anticuados materiales y el exceso de ocupación le confieren un triste aspecto de gigante en decadencia. Pero eso no parece importarles a los que allí trabajan y compran.


El interior es una masa informe de puestos en los que se puede encontrar de todo. Con el semisótano dedicado a la “alimentación”, la primera y segunda plantas consagradas al “textil” y el tercer piso repleto de tiendas de “souvenirs”, subir por sus inmóviles escaleras mecánicas y mirar alrededor me daba la sensación de estar en un fantasmagórico “Corte Inglés” abandonado y lleno de Okupas.

Este sitio haría las delicias de cualquier “Maruja”. Es como un mercadillo a lo bestia. Los puestos han ido creciendo de tal manera que los pasillos apenas tienen un metro de ancho, y caminar por ellos supone ir esquivando centenares de personas que compran, miran o se afanan por colocar en su sitio paquetes de camisetas, bolsos, calcetines y un millón de cosas más. Aquí se puede comprar lo que se quiera, y a unos precios irrisorios. Quizás se deba a que la mayoría de los compradores son locales. Ignoro si será estacional o no, pero a mí me dio la impresión de que había muy pocos turistas.

Caminé, curioseé y fui objeto de mil reclamos por parte de los vendedores “Sir, do you like this?” “What do you want, Sir?” “Where are you from?” Saben que resultando simpáticos tienen más probabilidades de venderte algo, y lo ponen en práctica. El caso es que me apetecía caminar, y cargarme de regalos me lo iba a poner bastante difícil, así que opté por no llevarme nada y dedicarme a memorizar puestos para las compras del último día. Cuando salí eran casi las 18:00h, y el día tocaba a su fin.

Sin rumbo fijo pero con plena confianza en mi sentido de la orientación y mi mapa, me puse a andar. Recorriendo calles y calles, me di cuenta de una cosa en la que no había reparado antes: apenas se veían portales. En las segundas plantas abundaban las ventanas de lo que a todas luces eran viviendas, pero en los bajos sólo había pequeños locales comerciales con mini-negocios de todo tipo. Pasaban decenas de metros y no había señales de entrada alguna a las viviendas. Más tarde tuve la oportunidad de comprobar que, en algunas calles, las entradas están por detrás. En otras, la verdad, no sé cómo accederán a las casas. Imagino que por pasillos interiores traseros. Me pareció curioso.


A los diez minutos o así, guardé mi mapa en la funda de la cámara y me dispuse a dejarme llevar por mi sobrenatural sentido de la orientación. Creo que no pasaron ni otros diez minutos hasta que me convencí de que me había perdido. Quizás iba bien encaminado (quería llegar al centro) pero las enormes distancias y la monotonía del paisaje –que te hace pensar que estás pasando siempre por el mismo sitio- me dieron la sensación de estar caminando sin rumbo fijo en un mar de casitas, locales comerciales y gente que hacía vida sobre las deterioradas aceras. Por supuesto, todo aderezado por el incesante, caótico, ruidoso y omnipresente tráfico de la ciudad. Pero no me importó. Quería caminar y ver cosas, qué más daba saber dónde estaba.

La primera gota me cayó en la nuca, y me dio la sensación de que alguien me arrojaba un vaso de agua fría por el cuello de la camisa. Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, otra gota golpeó mi mano derecha, empapándola por completo. A ésas, les siguieron millones de ellas que crearon una densa cortina de agua que caía con furia sobre todo lo que no estaba a resguardo. Dios mío, no llovía, no diluviaba… ¡el cielo se caía sobre las calles! Gotas del tamaño de garbanzos se estrellaban contra el suelo estallando en mil fragmentos y produciendo un ruido ensordecedor. En segundos, las calles eran ríos de agua y los tejados evacuaban a duras penas enormes caudales a través de los sufridos e irregulares canalones que surcan las fachadas. Jamás había visto llover así, pero la ciudad parecía no enterarse.

Los motociclistas descendían de sus vehículos, sacaban unos tristes impermeables de debajo del sillín, se los enfundaban, y reanudaban su camino como si nada ocurriera. Los tenderos se limitaban a arrimarse a sus puestos para ponerse a cubierto, y aquellos que no disponían de impermeable se colocaban su Non Lá y continuaban su marcha. Desde mi cobijo bajo el alero de una cafetería me entraron ganas de gritarles: “PARAD UN POCO, JODER, QUE ESTÁ LLOVIENDO A MARES” Pero nada. Todo seguía igual, y no tardaría muchos minutos en descubrir una de las razones.

Tras un rato de espera infructuosa en busca de una tregua que nunca llegó, me desesperé e intenté moverme corriendo de alero en alero, refugiándome entre carrera y carrera. Pero fue inútil. En diez segundos a descubierto te calas hasta los huesos, y tras dos carreras me encontré empapado. Al principio temí resfriarme, pero me di cuenta de que, en realidad, con unos 28ºC, y sin viento, estar mojado no era tan desagradable, y fue así como prescindí de todo pudor y seguí andando como si la lluvia no fuera conmigo. Si la ciudad no se detenía, ¿por qué me iba a detener yo?

La gente me miraba divertida. Nunca supe hasta dónde caminé ni por qué barrios me metí, pero lo que es seguro es que no eran céntricos, y un occidental empapado andando indiferente bajo la lluvia parecía ser mayor espectáculo que un eclipse de sol. Cuando noté que me había calado hasta la ropa interior –sin coñas- decidí que era momento de coger un taxi y volver al hotel. Por supuesto, le pedí que apagara el aire acondicionado.







Los de recepción me miraban de soslayo, entre incrédulos y divertidos. Mis zapatos, pequeñas bañeras en las que mis deditos se arrugaban, sonaban a cada pisada. Plash, plash… Media hora más tarde había escampado y yo estaba cenando agradablemente al aire libre.

Sobre las 22:00 h cogí el enésimo taxi –son tan baratos que los coges como si fueran tu coche- y me fui a ver “la marcha” al centro. Si no fuera por los ojos rasgados y los extraños sonidos del lenguaje vietnamita, cualquiera diría que en vez de en el Distrito 1 de Saigón estaba en el madrileño barrio de Huertas o en el paseo marítimo de Chiclana un sábado de agosto por la noche. Estaban haciendo botellón.

Algunos se sentaban sobre trozos de papel de periódico y otros sobre sus motos, y así formaban grupitos donde bebían y charlaban. Anduve por varias zonas y vi algunos bares y pubs, pero centré mi atención en los parques y en las calles con grandes aceras. Allí se concentraban los del lugar haciendo relaciones sociales, como en cualquier otra parte del mundo. Como no tienen coches, no había ningún macarra con el maletero abierto exhibiendo equipos de música y compartiendo sus decibelios con los vecinos de la zona. Tampoco noté los gritos propios de los botellones en los que participé de joven y, sobre todo, no vi basura esparcida por doquier. Así contemplados, daban la sensación de llevarnos dos décadas de ventaja.

Seguí andando unos metros en busca de un local que se veía en la distancia, y empecé a atravesar una silenciosa calle. Aproximadamente a la mitad del recorrido, noté que una motocicleta deceleraba para ajustarse a mi paso. Agarré con fuerza la bolsa con la cámara de fotos y cuando, algo tenso, me giré para ver qué podía pasar, me encontré con una jovencísima chica que me sonreía desde su scooter. Un hermoso pelo negro y brillante le caía sobre los hombros desnudos, y su camiseta blanca “palabra de honor” dejaba adivinar una poco sinuosa pero agradable silueta femenina. De estatura media, pero proporcionada, sus estrechos vaqueros azul desgastado se me antojaron bastante favorecedores. Incluso sus zapatillas de deporte blancas le daban un bonito aspecto al conjunto. En ese momento se estaba quitando el casco, y se agitó graciosamente la melena para darle volumen. “Hello. Where-you-from?”

Soy tan iluso que si no hubiera oído hablar sobre ellas en Internet probablemente me habría pensado que estaba ligando. Pero no. Allí donde haya un hombre y una mujer con intereses complementarios aparecerá la prostitución, y este rincón del mundo no iba a ser una excepción. Eso sí, con cierta gracia: aquí la mayoría de las prostitutas –y eso es lo que había leído en Internet- va en moto. Reconozco que tuve la tentación de aminorar el paso e intercambiar algunas palabras con ella, mas la prudencia me hizo caminar algo más rápido, sonreírle y declinar sus servicios amablemente. Pero yo era un occidental joven y solitario, era viernes por la noche y esta guapa chiquita no iba a dejar escapar el negocio tan fácilmente, así que me siguió durante unos minutos más. Apenas hablaba inglés, pero desplegó todo su repertorio para intentar disuadirme “You like me?” “Where your hotel?”

Aprovechando un rebaje en el bordillo se adelantó e introdujo su moto en la acera, cortándome el paso. “Hey! Hello!” “What’s your name?” Me paré, la miré a los ojos y le pedí que me dejara pasar. Su coqueta sonrisa se esfumó dando paso a una expresión de frustración que me hizo sentirme mal. No debería de superar los 20 años, y ya recorría las calles del fin de semana añadiendo dígitos al cuenta-kilómetros de su cuerpo a cambio de un puñado de monedas.

A lo largo de la noche vi a varias más, algunas de las cuales me pitaron para llamar mi atención. Sin embargo, ninguna fue tan insistente como la primera.

Cuando quise darme cuenta eran más de las 00:00 h, y a la vista no había ni un solo taxi (lo cual, he comprobado después, sería una pura coincidencia, pues ese distrito está siempre abarrotado de ellos). Me acerqué a un hotel y pedí a unos botones que había en la entrada que me llamaran a uno, a lo cual me respondieron que tenían un moto taxi propio, de total confianza y disponible al instante. Y como las calles estaban desiertas –con la consiguiente disminución de riesgo- me armé de valor y tras pactar un precio me subí con él. Por el camino fuimos charlando, y me contó que había pasado 17 años trabajando para el hotel, y que ésa era la razón de que hablase inglés.

En el trayecto divisé un bar con aspecto interesante, y como necesitaba ir al servicio, pedí a mi “chófer” que parara. Me dijo que podía tardar lo que quisiera, puesto que lo consideraba incluido en el precio. No os voy a aburrir. Sólo comentaros una cosa que me llamó poderosamente la atención: la música. Era como retroceder veinte años en el tiempo. Por momentos me vi en el instituto, con mis Levi’s remangados a la moda de entonces, mi corrector dental colocado y bastantes más pelos en la cabeza que en el pecho (tendencia que empezó a invertirse hace unos años). Apenas estuve allí 30 minutos, tomando un refresco y charlando con una pareja de americanos que conocí por casualidad, pero fueron como una recopilación de la música de mi adolescencia. “Black Box”, “24-7”, “Snap”, “Technotronic” y hasta… ¡Sabrina! ¡Sí, el “Boys, Boys, Boys”!

Al salir volví a la realidad, abandoné a la adolescencia y, consciente de nuevo de mis entradas y mis patas de gallo, me monté en la moto para seguir charlando hasta el hotel.

Saludos a todos.


CORREO Nº 7. SÁBADO 22-11-08. “SÁBADO 22. LA EXCURSIÓN EN BICI-TAXI”


Estimados todos,

Anoche -del día de ayer aún no he escrito nada, salvo la breve introducción que hice por la mañana- no me acosté muy temprano, puesto que salí a conocer "La noche de Saigón" (en otro momento os hablaré de ello) Así pues, no me levanté pronto y perdí la oportunidad de hacer hoy una de las excursiones de día completo. Desayuné y tomé un taxi hasta el centro "al menos, compro la excursión para mañana y ya tengo eso hecho". El taxi me dejó justo donde me habían indicado los de recepción: una calle del distrito 1 repleta de agencias de viajes, tiendas de "souvenirs", oficinas bancarias, pequeños cafés y muchos, muchos turistas. Parece que todos estuvieran allí. Rubias enormes con acento tejano quejándose de la calidad del café; repeinados jubilados británicos con pantalones blancos recién planchados y camisitas color pastel, franceses estirados hablando con la boca en forma de "o" y muchos más habitantes llegados de todo el planeta. Hasta yo. El caso es que compré la excursión y me vi libre de mi principal obligación del día. La prioridad ahora era salir de esa calle llena de guiris y volver a perderme -ayer me perdí- en la maraña de calles de esta inmensa urbe. Eran las 10:30 de la mañana.

Fue así como, con mi equipaje habitual (cámara de fotos, botella de agua y mapa de la ciudad) me dirigí al final de la calle y, al azar, giré a la derecha. Tras avanzar unos cientos de metros y fotografiar a algunos chiquillos que jugaban con unas bolas de papel apareció una persona que probablemente no olvide nunca. Su nombre, que me dijo poco después, sonaba así como "Maññ". Con su antiquísima gorra, su sudada camiseta color caqui y su pantalón verde repleto de manchas de grasa, bien podría haber salido de una de esas tendenciosas películas americanas de principios de los ochenta. Sus 41 años habían pasado sobre él arrasando sus rasgos como un huracán. Interminables días de sol, sudor, esfuerzo físico y quién sabe cuántos padecimientos me mostraban a alguien que pudiera ser 20 años mayor. No recuerdo si lo vi yo primero o fue él quien captó hábilmente mi atención; el caso es que, cansado ya tras varios días de emociones fuertes, y bajo un sol abrasador, él y su rudimentario ciclo-taxi me parecieron una carroza real. Con un inglés muy básico pero suficiente -y divertidísimo de escuchar-, me explicó que podía llevarme a donde yo quisiera, y que si no tenía destino fijo él me llevaba a hacer una ruta turística por 80.000 VND (algo menos de 4 €) la hora. Sellamos el trato con un apretón de manos, inclinó su vehículo para que me montara más cómodamente, y me dejé llevar allí donde su experiencia con los turistas considerara más oportuno.




Si viajar en moto o en bici te conecta más con la calle que hacerlo en coche, no os digo nada sobre las sensaciones que te da este peculiar vehículo. Se trata de una especie de bicicleta en la que la rueda delantera ha sido sustituida por lo que podría ser una silla de ruedas cuyo respaldo forma el manillar de la bici. Con esta configuración, te sientas allí y no tienes ningún obstáculo por delante. Sólo ves el pavimento y los millones de motos y coches que se mueven por doquier, y a los que ya les tengo algo menos de miedo porque he comprobado que no son tan peligrosos como parecen, pero esto ya lo hablaremos en otro momento. Así empezó la perla de hoy.

Cuando paramos en un semáforo, sacó un mugriento plano plastificado y me hizo una indicación: "temple Sir. We, temple. Photo camera, photo, camera" Íbamos a un templo chino (una pagoda, vamos) famoso por su arquitectura y por el típico ritual de la ofrenda de varillas incandescentes. Por muy espectacular que fuera el templo, el recorrido en sí ya era toda una experiencia: pasábamos a escasos centímetros de otros ciclistas, que acarreaban enormes cestos llenos de frutas, verduras, herramientas e incluso ¡colchones! En los semáforos nos apiñábamos junto a las motos, y podía contemplar perfectamente las protecciones contra el sol que se ponen las mujeres en la cara, las manos y los brazos para evitar ponerse morenas y parecer campesinas. Me temblaban las manos ante las fotos tan espectaculares que estaba tomando.

Es el medio ideal. Avanzas lo suficientemente rápido como para llegar a los sitios, pero sin esfuerzo y sin dejarte detalles atrás. Mi amigo Maññ -lo llamaré así de aquí en adelante- lo hizo incluso más divertido. Guiado por años viendo a los turistas fotografiar las mismas cosas, haciendo los mismos gestos y exclamando ante idénticas imágenes, a Maññ no se le escapaba ni una. Cuando intuía que algo me iba a interesar, con antelación suficiente para que armara mi cámara me decía "photo, camera, photo, camera", y a la vez señalaba el punto de interés en cuestión. Primero fue una bonita iglesia, después un parque con una pagoda y por último la salida de un colegio de chicas. ¿Por qué un colegio de chicas? pues porque llevan como uniforme el traje típico de las mujeres vietnamitas, y resulta muy pintoresco ver a varias de ellas vestidas igual. Su observación nos condujo a una conversación muy simpática: "Photo, camera, sir, photo, camera" "Where, Maññ?" "There, sir, chicool" "Ah!, yes!, a school!" "Yes, sir, chicool". Pasaron unos segundos durante los cuales aminoró el ritmo para que pudiera satisfacer la ansiedad de mi objetivo y captar algunas imágenes más. Fue tras esto cuando le dije "Maññ, don't say chicool, say school" "Chicool" "No, Maññ, School, SSS-COOL"

"Yes. Chicool"

Llegamos al primer destino de la ruta: La pagoda de China Town. Se subió a la acera y me dejó junto a la puerta. "Maññ wait here, sir" El exterior, repleto de relieves, magníficas esculturas y grandes leyendas en caracteres chinos, daba paso a dos salas contiguas con un pequeño patio intercalado. La paz dentro contrastaba con el bullicio del exterior, y las figuras que me observaban desde pequeños altares me dieron escalofríos.


La penumbra y el olor de las hierbas que se consumían en pequeños recipientes invitaban al recogimiento. De la misma forma que en España se ponen velas a los santos, aquí se prenden unas varillas de unos 30 cm de largo por unos mm de diámetro, se pinchan en unos grandes recipientes llenos de arena o ceniza, y se dejan consumir poco a poco. Ésta es una forma de oración; uno pone sus varillas y expone sus peticiones. Yo compré un paquetito con unas 30 y las fui colocando ordenadamente mientras pensaba en mi familia y mis amigos. Entre ellos, vosotros.





Volvimos a sumergirnos en el denso tráfico, y volví a embelesarme mirando a mi alrededor. Había leído que esta ciudad "derrochaba vida", era "vibrante" y tenía una "gran energía". Al principio me parecieron gilipolleces propias de panfleto turístico o cursiladas dignas de escritores frustrados como yo. Pero no. Ahora las entiendo. Se refieren a la vida que se hace en la calle: En una ciudad con temperatura media anual rondando los 27º, y sin dinero para aire acondicionado, es fácil entender que se salga al exterior. Ello ha derivado en lo que iba viendo a mi alrededor: gente comiendo en la acera, sentados sobre pequeñas sillitas, puestos callejeros vendiendo artículos de todo tipo, grupos de hombres que se sientan en el suelo y, en torno a un tapiz con unos recuadros, juegan con unas fichas a lo que podría ser un equivalente a nuestro dominó; zapateros sin taller que con un generador y una cajita con utensilios te arreglan los zapatos en el instante, improvisados talleres de motos, "top manta" de cascos, kioscos en los que se asan cochinillos y, por supuesto, los moto taxis.

La siguiente parada era otra especie de templo con una enorme estatua de Buda y una pagoda más estrecha pero bastante alta. Hice algunas fotos y dejé que Maññ descansara y bebiera un poco de agua.




Serían aproximadamente las 12, y a golpe de pedal continuamos rumbo hacia el museo de la guerra, adonde llegamos sobre las 12:20 h. Una vez allí, me encontré con que estaba cerrado. Maññ preguntó y le dijeron que había que esperar 10 minutos. Le oí musitar algo y supuse que se iría a descansar mientras yo hacía tiempo y visitaba el museo, pero un par de minutos más tarde me llamó desde la acera opuesta. Había buscado varias sillitas de las que se ven por aquí y, cigarrillo en mano, me esperaba para que me sentara junto a él. A mi llegada, puso sobre una mesita libre un café helado que había comprado en un puesto ambulante. Me lo ofreció amablemente: "I buy you, sir" Con algo de aprensión, di un par de pequeñísimos sorbos, lo justo para comprobar que estaba buenísimo pero que me daba demasiado miedo tomármelo. Y allí sentados dejamos pasar los diez minutos, ora hablando como los indios, ora mirándonos y sonriéndonos. Algunos turistas que esperaban para entrar en el museo me miraban extrañados.







El museo de la guerra es desgarrador. Conocer nuestra historia nos enriquece, pero algunos de nuestros episodios recientes son tan bochornosos que si hubiera un Creador ya habría dimitido. En este lugar se exponen todo tipo de recuerdos de las guerras del siglo XX en Vietnam, contra Franceses, entre ellos y contra los Norteamericanos. Aviones, bombas sin explotar, carros de combate, rifles y una colección de fotos enorme y tan dura que, tr terminar de verla, me hizo prometerme no volver a frivolizar con los típicos comentarios que hacemos sobre la tan traída Guerra de Vietnam (aquí, Guerra Americana). Algunas de las imágenes son tan horribles que aún las recuerdo perfectamente.





Salí de allí bastante afectado. Maññ pareció detectar mi estado, y guardó respetuoso silencio durante unos minutos. Ni siquiera me dijo que la próxima visita era a un mercado hasta que hubimos llegado. Tampoco hubo alusiones a posibles fotografías. Cuando llegamos al mercado eran las 13:45 horas y, por tanto, la hora de comer había pasado. Le pagué a Maññ una hora de más (en total, unos 15 €) y me despedí de él. Tras una ojeada a los puestos, me metí en el primer restaurante que vi.

Sobre las 14:30 horas me puse a andar de nuevo, orientado por mi fiel y ya bastante manoseado mapa, y me encaminé hacia el Distrito 1 para ver qué se cuece por allí los sábados por la tarde. A lo lejos, vi que en el parque junto a la catedral había muchos locales en lo que parecía el comienzo de la tarde de marcha. Como la actividad de los turistas no me interesa demasiado, y la de los expatriados es posible que llegue a conocerla muy bien, me dirigí hacia allí. Quizás pudiera hacer buenas fotos y hablar con alguien. Ambas cosas sucedieron.

Los jóvenes -así me lo contaron minutos más tarde- aunque van a bares y discotecas, también suelen pasar la tarde-noche bebiendo en parques mientras charlan, dan besitos a su pareja o intentan ligar. ¿Os recuerda a algo? Pues sí, el sempiterno botellón. Anoche tuve ocasión de verlo, pero como no he podido describir el día de ayer lo contaré en su momento. Saqué mi cámara y, como buen turista, me puse a hacer algunas fotos a los grupitos que charlaban sentados sobre hojas de papel de periódico.

En zapatillas de deporte, occidental, y haciendo fotos a la gente, era normal que levantara comentarios jocosos, y un grupo de tres chicas de unos 20-25 años me saludaron. Les correspondí, y me preguntaron de dónde era, así que vi el cielo abierto y me senté con ellas. Hablamos unos minutos, y centré mi batería de preguntas en lo que estaba viendo: ¿es eso lo habitual? ¿venir al parque y charlar? Pues sí. Pasa como con el resto de la ciudad; lo suyo es estar en la calle. Así, me contaron que allí quedan con la gente, hablan, conocen a gente nueva y, para beber, hacen señas a unos chavales con moto que traen no sé de dónde unas macetas llenas de "cubatas" que a saber lo que llevan. En ese momento, las chicas bebían café helado como el que le había dejado plantado a Maññ. Me despedí de ellas, les hice algunas fotos y me marché a por un taxi.

No fue hasta que llevaba 20 minutos en el taxi que descubrí que había perdido el billete para el viaje de mañana. "¡Mierda!" -con perdón- "¡ya he vuelto a fastidiarla!" Al principio me cabreé, pero era muy barato, y con sólo llegar a la agencia 10 minutos antes de la salida podría comprar otro. Había empezado a llover, y a través de las gotas que resbalaban por los cristales contemplé la ciudad pasar mientras empezaba a componer algunas de las frases que ahora os escribo.

Al llegar al hotel, uno de los botones se me acercó y me tendió un sobre: "Excuse me sir, someone brought this for you" Era el billete de la excursión. Me lo había dejado en el asiento del ciclo-taxi de Maññ, y en el mismo sobre estaba la tarjeta que abre la habitación, con el nombre y la dirección del hotel impresos.

Si tuvo que regresar al mismo punto en el que me despedí de él, probablemente se hizo más de 14 km pedaleando para devolverme lo que era mío.

Besos.


TEXTO Nº 2 (NO ENVIADO) DOMINGO 23-11-08. “EL DELTA DEL MEKONG”


Hola a todos.

Como habréis deducido por mis correos anteriores no me gusta excesivamente hacer las cosas típicas que hacen los turistas, sino mezclarme con la gente del país que visito; pero siempre llega el momento en el que hay que claudicar y sacrificar determinadas posiciones en pro de otros beneficios. Y eso es lo que he hecho yo hoy. Era el primer día en el que me había contratado una excursión organizada para turistas. De día completo. Desde las 8:30 hasta las 18:00 h iría como un borreguito más a ver lo que todos y a que me trataran como lo que soy: un turista más.

Al menos, eso pensaba yo cuando medio dormido tomé el taxi hasta el punto de donde salía el autobús. Cuán equivocado estaba. Os ruego que leáis hasta el final.

El punto de encuentro era un pequeño caos de guiris despistados que no sabían en qué autobús entrar. Los billetes de la agencia estaban escritos en Vietnamita, y allí no había Dios que supiera cuál de los números era el del asiento y cuál el del autobús. Ya sabéis que todos nos ponemos nerviosos en estos casos, y la gente estaba histérica. Los autobuses llegaban y se iban a gran velocidad, y siempre había alguien con cara de miedo pensando que el que acababa de marcharse debía llevarlo a él dentro. En cierto modo era divertido, pero la verdad es que no estaba muy bien organizado.

Yo llegué con 20 minutos de adelanto, así que tuve oportunidad de que me explicaran todos los detalles antes de que llegara el autobús. La excursión incluía:

- Transporte de ida y vuelta hasta el punto en el que embarcaríamos a 70 km de distancia y… ¡2 horas por trayecto!
- Transporte en barco hasta una de las islas del delta. Comida en una especie de chiringuito de madera y hojas de palma aparecido en medio de la nada.
- Excursión andando de unos 15 minutos por la jungla (no sé si es jungla, palmeral, selva, una mezcla de todo ello o ninguna de las tres cosas, pero no tengo ganas de buscarlo en el Google)
- Transporte en barco hasta otra isla. Paseo de un par de km en carros tirados por burros. - Degustación de frutas y espectáculo de canto en directo (música del lugar, claro)
- Paseo en botes de remo por algunos de los estrechos canales entre los palmerales del Delta.
- Transporte en barco de vuelta al punto donde dejamos el autobús.

Me costó 165.000 VND (8 €). En el hotel la vendían por 70 $.

A las 8:50 arrancamos hacia el suroeste del país. A mi lado se sentaba un chaval joven, oriental, cuyo origen no supe identificar. Nos dimos los buenos días en inglés y apoyé la sien en el cristal de la ventanilla, viendo la ciudad desperezarse en domingo por la mañana y sumido en mis reflexiones. Infraviviendas, talleres, chatarrerías, parcelas libres y descuidadas, más infraviviendas… Pasaron al menos 45 minutos hasta que dejamos atrás las interminables afueras de la ciudad. El guía trataba de contarnos en un inglés ininteligible que la carretera que estábamos siguiendo la hicieron los franceses, y que no se había construido una alternativa desde entonces. Pero yo estaba un poco ido. Acaso dormido, acaso encantado. Acaso ambas cosas.

Una voz tenue acompañada de una cálida sonrisa me sacaron de mis reflexiones: era mi compañero de asiento, y me preguntaba de dónde era. Tras devolverle la sonrisa le conté mi procedencia y me interesé por la suya: era de Vietnam; para más señas, de HCM City, e iba a visitar por primera vez el Delta del Mekong con sus compañeros de trabajo. Me dijo que lo llamara Jimmy.

Tan hablador como yo, en cinco minutos ya me había contado que su empresa se dedicaba a la fabricación de etiquetas para prendas de vestir, y que hacía sólo dos meses que la fábrica en la que él trabajaba, en las afueras de la ciudad, había empezado a funcionar. Su jefe, un coreano de unos 40 años, estaba organizando actividades durante los fines de semana para conseguir que los empleados se conocieran y hubiera buen ambiente en el trabajo. No llegué a contarlos, pero serían unos 12 ó 15. Le dije que mi antigua empresa organizaba magníficos y divertidísimos campeonatos de pádel, y que también tenía estupendos compañeros, aunque para ello tuve después que explicarle en qué consistía el juego. Creo que no llegó a comprender del todo qué interés podía tener una pista de tenis pequeña y con paredes, pero asentía sonriente.

En otros cinco minutos, me había presentado a todos sus compañeros, jefe incluido, que se levantaban de allí donde estuvieran y, autobús en marcha, se desplazaban hasta nosotros y me estrechaban la mano sonrientes. A partir de ahí, increíblemente, pasé a formar parte del grupo. Habían comprado galletas, golosinas, dulces, refrescos y no sé cuántas cosas más, y cada vez que repartían algo me tocaba mi ración. Quise decirles que ya había desayunado, pero sus costumbres se basan en la hospitalidad, y me comí y bebí todo lo que me fueron poniendo en las manos. Enseguida descubrí que Jimmy tenía una segunda intención: quería que le enseñara a pronunciar algunas palabras inglesas (durante el día tuve oportunidad de comprobar que su inglés es muy bueno, pero que le cuesta pronunciar correctamente) Y así empezamos un divertido intercambio de información: yo le enseñaba a pronunciar palabras, y él me enseñaba frases útiles en vietnamita (buenos días, buenas tardes, buenas noches, gracias, de nada, por favor…) y me contaba costumbres del país.

Llegamos al embarcadero y, sobre un gigantesco mapa que como buen turista fotografié, nos dieron una pequeña charla sobre las excursiones que íbamos a hacer. Un minuto más tarde estaba sentado en un barquito a motor bastante cutre con Jimmy pegado a mí y siempre atento por si no entendía algo.






El Delta del río Mekong es enorme, pero desde el primer momento deprime un poco la pobreza que lo rodea. Es una zona en la que abunda la pesca, especialmente la de determinadas especies autóctonas muy cotizadas, por lo que sus aguas marrones son continuamente surcadas por embarcaciones de pesca de todo tipo, las más llamativas de ellas, las pequeñas barcas de remo en las que un solitario pescador –con su inseparable sombrero cónico, el Non Lá- echa las redes hábilmente, rema en busca del punto adecuado o, simplemente, descansa mientras espera que los peces vayan cayendo. Miles de casas flotantes se agolpan en las orillas, como chabolas apoyadas en troncos de árbol que las anclan al cenagoso fondo del río. Hechas de madera, trozos de metal y hojas secas de palma, su visión es impactante. Mientras pasaba junto a ellas pude ver a algunos de sus habitantes calentando grandes ollas en el fuego, tendiendo ropa o vertiendo al río los desechos de sus actividades cotidianas. No debe de ser una vida muy agradable.

A los diez minutos de navegación dejamos atrás las viviendas y empezamos a avanzar junto a zonas con una vegetación imposible. Palmeras y decenas de plantas de otras especies nacían directamente en el agua y daban la sensación de estar contemplando un parque inundado. Poco después llegamos a un pequeño pantalán de madera en el que descendimos y nos dispusimos a caminar. Íbamos por unos estrechos caminos de no más de 1m de ancho en los que habían dispuesto troncos de palmera cortados para evitar el exceso de fango. A ambos lados la vegetación superaba los 2 ó tres metros de altura, y alrededor de todo ello, la omnipresente agua marrón y turbia del Mekong. Sí. Te acuerdas de las películas, porque es así. Sitios como aquél debieron ser un infierno para los todopoderosos soldados estadounidenses.

Del resto de la excursión destacaré una cosa fundamentalmente: en ningún momento mis compañeros vietnamitas me dejaron solo. En los barcos, en las mesas de los chiringuitos, durante las actuaciones… siempre dejaban un sitio libre para mí, y siempre me ofrecían las primeras comidas o bebidas que iban llegando, me daban servilletas de las que llevaban preparadas o me ayudaban a pelar algunas de las frutas que nunca había visto antes. De nada servían mis protestas, me pidieron que lo aceptara y que comprendiera que debían hacerlo.

El paseo en carros tirados por burros, las comidas, las actuaciones musicales y una degustación de té con miel natural fueron espectaculares, pero las fotos los describen y tampoco quiero aburriros. Lo increíble pasó cuando, a punto de embarcar en esas canoas pequeñitas impulsadas por un remero en popa, empezó a llover. Como ya os he contado que llueve en la zona. A gotazo limpio. Al minuto de empezar a llover, mis anfitriones ya me habían comprado un impermeable y me ayudaban a ponérmelo (son como un camisón con capucha hecho con bolsas del carrefú, más o menos) Por supuesto, nada de abonárselo (aunque creo que cuestan unos 10 céntimos de €). Desde luego, en un día soleado, ese tramo ha de ser precioso, pero totalmente empapado y mirando con mucho respeto cómo el nivel de agua crecía en el interior de la canoa, la cosa no pintaba tan bien.

Una curiosidad: ¿os acordáis de Forrest Gump, cuándo decía que en la Guerra de Vietnam había visto tres tipos de lluvia (una vertical hacia abajo, una horizontal, y otra que subía de abajo arriba)? Pues es verdad. Existe esa última lluvia. Las gotas impactan con tal fuerza en el agua que las salpicaduras alcanzan unos 20 cm en vertical. De esa forma, si estás cruzando un canal con el agua hasta el cuello y los brazos en alto para que no se moje el rifle –escena de la película-, al empezar a llover, el agua te viene desde arriba y desde abajo. Como buen guiri, también fotografié la lluvia (¡!).

Al final, empapados, llenos de barro y bastante cansados, volvimos al autobús para hacer lo mejor que se puede hacer en un autobús de vuelta de una excursión: dormir.

Se acercaba el momento de la despedida, y empecé a pedirles las direcciones de correo electrónico (me habían prometido ser mis guías y echarme una mano en lo que hiciera falta si finalmente me vengo a vivir a HCM City). Justo cuando bajamos del autobús, tuve una ocurrencia y le pedí un favor al jefe: que me dejara llevarlos a cenar a un restaurante del centro. Un “homenaje” en uno de los grandes restaurantes del distrito 1 puede salir por 8 o 10 € por cabeza, y la verdad es que me apetecía devolverles las atenciones.

Se negaron en rotundo.

Yo era su invitado, así que me ofrecieron acompañarlos a un restaurante para vietnamitas –quiero decir, no para turistas- al que tenían pensado ir a comer. Os aseguro que era lo último que esperaba haber hecho hoy, y os aseguro que, a un día vista de mi marcha, y teniendo en cuenta que mañana me dedicaré a comprar regalos y hacer las maletas, estoy convencido de que es lo mejor que me ha pasado en todo el viaje.

Tomamos dos taxis –que no me dejaron pagar- y nos fuimos no sé adónde. Una vez juntos, nos metimos por unas callejuelas oscuras (ya era noche cerrada) y algo tétricas, y fuimos a dar a un callejón sin salida al fondo del cual un salón de unos 80 metros cuadrados hacía las veces de comedor. Un fluorescente en la puerta, oculto a medias por el humo que ascendía desde el interior, indicaba tintineante el nombre del local. Era todo un espectáculo: larguísimas mesas metálicas, escasamente separadas entre sí, alojaban a decenas de comensales que se apretujaban mientras comían, reían y hablaban en un tono más alto del que hasta ahora había detectado. Algunas paredes estaban pobremente alicatadas, y en otras apenas quedaban vestigios de lo que un día pudo ser pintura. Cuatro o cinco camareros se apresuraban de un lado a otro y todo el lugar estaba lleno de olores y humo proveniente de las mesas… ¡porque se cocinaba en las mesas!

El sistema es muy sencillo: una vez sentados y provistos de nuestros cuencos y palillos, empezaron a traernos platos de verdura y carne cruda junto con innumerables pequeños platillos llenos de salsas de distintos colores. Inmediatamente, pusieron un hornillo por cada cuatro o cinco comensales, y empezó una actividad frenética. Con una habilidad pasmosa, tomaban con los palillos trozos de carne y verduras y las ponían en los platos metálicos sobre los hornillos. Cuando se empezaron a cocinar, tomaron trozos de pan y mojaron la salsa que se iba produciendo; yo participé encantado en ello. Estaba delicioso, y me trataban como a un rey. No había terminado de comer un trozo de carne o verdura cuando ya me estaban colocando otro en el cuenco.

Tras la carne y la verdura, llegaron unos círculos de algo que creo que era sémola, más platos de verduras frescas (algunas que nunca había visto) y lo que parecían rebanadas de pan frito con ajo. El coreano me dijo que prestara atención e hiciera lo mismo que ellos: ponían el círculo de sémola sobre unos platos de plástico, tomaban con las manos un poco de verdura de cada tipo, rodeaban con ellas las rebanadas de pan y lo ponían todo sobre el círculo de sémola. Entonces, con gran habilidad, enrollaban el circulito y lo cerraban en los extremos. El resultado, un delicioso rollito de verduras y crujiente de pan de ajo. No sé cuántos comí, porque cada vez que estaba a punto de terminar uno alguien me ponía otro en el plato.




De postre tomamos unas gelatinas que elaboran con semillas de frutas muy dulces, y la verdad es que cuando terminamos, apenas podía moverme. No recuerdo una cena más especial en muchos, muchísimos años.

Por supuesto, y aunque lo intenté con insistencia pero sin querer resultar descortés, no me dejaron pagar (creo que éramos unos 15, y el total ascendía a unos 35 €), Jimmy salió a la calle a pedirme un taxi y uno a uno se fueron despidiendo respetuosa y cariñosamente de mí. Tomaban mi mano derecha entre las suyas, inclinaban la cabeza y sonreían. Sólo conseguí arrancarles un compromiso: si al final me iba a vivir a HCMC, me permitirían organizar una fiesta en un restaurante e invitarlos a todos.

Cuando volvía en el taxi, la mirada fija en el respaldo del asiento del conductor, fui rememorando uno a uno los momentos vividos durante el día, la amabilidad y la increíble hospitalidad de esta gente. Los que me conocéis bien sabéis que no miento: se me saltaron las lágrimas.

Besos.


CONCLUSIONES:


Como los que hayáis tenido la paciencia de leer hasta aquí habréis comprobado, este viaje me ha dejado una huella muy profunda. Me llevo recuerdos, imágenes variadas –algunas más bellas que otras- algo más de conciencia de lo pequeña que es la Europa que hace unos días me parecía enorme, y una tremenda admiración por la forma de ser de los ciudadanos de HCMC. Imagino que el carácter amistoso y hospitalario no debe de obedecer a factores regionales, por lo que probablemente estas características serán extrapolables al resto de los habitantes del país.

En el avión, a la vuelta, tras repasar mentalmente lo vivido, te das cuenta de que tienes la suerte de vivir en una sociedad avanzada, con cierto orden y limpieza en tu vida y la de los que te rodean, un sistema de salud muy logrado y acceso a innumerables comodidades que poco a poco se van convirtiendo en necesidades. Pero también reparas en las escenas que en nuestra europea España se viven a diario: nos arañamos la cara porque el de al lado se salta un ceda el paso, maldecimos a nuestro jefe sin pensar en la suerte de tener un empleo y compramos lotería con frecuencia para escapar de lo que consideramos una mísera monotonía y un estado de permanente sacrificio.

Nos peleamos por el mando del televisor, suspiramos porque nuestro coche no tiene sensor de aparcamiento o porque ella no ha podido comprarse ese caro vestido de boutique. En sus cuartos, nuestros hijos lloran porque quieren el último modelo de la Wii.

Somos caprichosos, egoístas e intolerantes, y cada vez nos sumimos más en nuestro mundo de necesidades fútiles y artificiales que nos producen un estado de permanente insatisfacción.

Sin embargo, al otro lado del mundo, gente que tiene lo mínimamente necesario para malvivir, que han sido y son injustamente tratados, que sufren nuestra prepotencia de occidentales aburguesados y que tienen como mayor preocupación subsistir un día más, no escatiman nunca una sonrisa a los demás, y te ofrecen lo poco que tienen. Mientras nosotros contemplaríamos con mal disimulada envidia a quienes disfrutaran de un estatus económico tan abismalmente superior al nuestro, ellos te saludan por la calle, te prestan ayuda desinteresada e intentan hacerte la estancia en su país más agradable y acogedora. Toman tu mano entre las suyas y te transmiten calor a la vez que inclinan la cabeza en signo de respeto y amistad.

Sus ciudades podrán estar más desordenadas que las nuestras, sus aceras menos cuidadas y sus calles más sucias, pero por dentro están mucho más limpios que nosotros y, quién sabe, es probable que hasta sean más felices. Mientras que sigan respondiendo a nuestra altanería con hospitalidad y humildad, deberíamos preguntarnos si realmente somos nosotros los que les llevamos años de adelanto a ellos o la situación es inversa y nos están ganando la batalla de la felicidad. No en vano, casi todos levantan los dedos en signo de victoria cuando los fotografías.

Por algo será.

Saludos a todos.